Han pasado doce años desde que la infanta Cristina se sentó en el banquillo de los acusados, una imagen inédita que marcó un antes y un después en la historia reciente de la monarquía española. Aquel episodio no solo sacudió los cimientos de Casa Real, sino que transformó de manera irreversible la forma en la que la institución entendía la ejemplaridad, el protocolo y la separación entre lo familiar y lo institucional.
Para Iñaki Urdangarin, protagonista central del caso Nóos, el momento en el que el juez dictó su culpabilidad supuso un punto de no retorno. “Hasta el último momento pensamos que podíamos lograrlo...”, admite el exduque de Palma en sus memorias. Condenado por varios delitos vinculados a la gestión irregular de fondos públicos, asumió una pena de casi seis años de prisión que alteró su vida personal, profesional y familiar. En sus memorias Urdangarin reconoce el peso social que tuvo a sus espaldas la hermana de Felipe VI: “Si para mí la situación era difícil, para ella lo era más”.
Sin embargo, más allá de su condena, la imagen que quedó grabada en la memoria colectiva fue la de la infanta Cristina declarando ante el juez. La hija menor del rey Juan Carlos defendió entonces a su marido con firmeza: “Confío plenamente en él, en su inocencia y estoy convencida de que ha estado bien asesorado”. Aquella declaración, marcada por respuestas evasivas y reiteradas lagunas de memoria, resonó durante años como símbolo del choque entre la institución y la justicia ordinaria.
Desde ese momento, la monarquía española inició una etapa de transformación profunda. Felipe VI retiró a su hermana el título de duquesa de Palma e impulsó un modelo más reducido, profesionalizado y exigente, en el que la conducta personal pasó a ser parte esencial del protocolo. Se reforzaron los códigos éticos, se extremó la transparencia y se estableció una clara diferencia entre la familia del rey y la familia real como núcleo institucional. Incluso la infanta Elena quedó fuera de ese perímetro, una decisión que evidenció la magnitud del cambio.
Aunque en 2017 la infanta Cristina fue absuelta, el daño reputacional ya estaba hecho. La absolución judicial no logró borrar la huella de un proceso que había expuesto a la Corona a un escrutinio sin precedentes. Mientras tanto, Urdangarin ingresó en prisión, cerrando uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente de la monarquía. “Siempre admití que si existieron errores administrativos, se quisieron subsanar, pero nunca se nos permitió. Hubo una condena desproporcionada y ejemplarizante. La justicia, en mi caso, no funcionó y no fue igual para todos”, reflexionaba el exjugador de balonmano en una entrevista para ¡Hola! esta semana.
Su divorcio de Urdangarin
Con el paso del tiempo, las consecuencias del caso Nóos también se manifestaron en el plano personal. En diciembre de 2024, la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin formalizaron su divorcio tras 26 años de matrimonio. La ruptura fue el desenlace de un largo desgaste emocional, marcado por el proceso judicial, la presión mediática y la reconfiguración vital de ambos, según explica al citado medio: “Fueron años muy duros y la llama se fue apagando”.
Tras cumplir su condena y comenzar una nueva etapa laboral, Urdangarin inició una relación con Ainhoa Armentia, confirmando una separación que llevaba tiempo gestándose. En su libro y en entrevistas recientes, el exjugador reflexiona sobre el fin de su matrimonio: “Habíamos hablado de nuestra situación, pero faltaban conversaciones para saber cómo nos sentíamos cada uno y tomar las mejores decisiones. No hubo tiempo. Las fotos que se publicaron (destapando su nueva relación) dinamitaron todo”.