La desconfianza hacia el otro “es el nuevo instinto” del ser humano: el 70% de la población se muestra reacia a confiar en el otro

Solo el 32% de las personas cree que la próxima generación vivirá mejor

El 70% de la población se muestra reacia a confiar en el otro. (Enrique Calvo/Reuters)

Algo se está desplazando en la sociedad global de manera silenciosa y lenta, atravesando relaciones personales, decisiones políticas y dinámicas laborales. Ahora, confiar en el otro ha dejado de ser lo habitual. Según el Edelman Trust Barometer 2026, el 70% de la población mundial no está dispuesta o se muestra reacia a confiar en personas distintas a ellas en valores, experiencias de vida, información u orígenes.

El estudio, basado en 37.500 encuestas en 28 países, revela un fenómeno transversal que no distingue edad, género, nivel de ingresos o religión. “Un estado mental insular de confianza prevalece ahora a nivel global. Siete de cada diez no están dispuestas o son reacias a confiar en alguien que es diferente a ellas”, señala el informe.

El estudio denomina este fenómeno “insularidad”, una tendencia creciente a concentrar la confianza en círculos cercanos y homogéneos mientras se retira del espacio público. No es una ideología explícita, sino una reacción defensiva frente a la incertidumbre económica, cultural y tecnológica.

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“Estamos eligiendo un ecosistema cerrado de confianza que impone una visión limitada del mundo, un estrechamiento de opiniones, estasis intelectual y rigidez cultural”, advierten los autores. Solo un tercio de los encuestados confía en la mayoría de las personas, lo que lleva a concluir al informe que “la desconfianza es el nuevo instinto predeterminado”.

La confianza se guarda para lo cercano

El Barómetro detecta un desplazamiento claro de la desconfianza desde las instituciones hacia los vínculos personales. Como resultado de un gran evento social en los últimos cinco años, se ha ganado “confianza en mis vecinos, familia y amigos”, mientras que se ha perdido “en líderes gubernamentales nacionales y en las principales organizaciones de noticias”, recoger el estudio.

Además, el rechazo no suele expresarse de una manera abierta. No se grita, se protesta o se insulta. Se manifiesta como sospecha preventiva, distancia automática y preferencia de “los míos”. No se trata de xenofobia clásica, pero opera de manera similar: trazar fronteras invisibles.

Y la misma lógica se traslada al plano político y económico. El informe detecta un avance del nacionalismo incluso en sociedades profundamente globalizadas. Frente a la complejidad del mundo interconectado, crece la preferencia por lo conocido y local. “Optamos por la seguridad de lo familiar frente al riesgo percibido de la innovación. Preferimos el nacionalismo a la conexión global. Elegimos el beneficio individual sobre el avance común, el Yo sobre el Nosotros”, resume el documento.

Este repliegue se traduce en rechazo a acuerdos internacionales, hostilidad hacia instituciones multilaterales y una preferencia creciente por marcas nacionales frente a multinacionales.

El informe destaca que la confianza tiende hacia los más cercanos. (Freepik)

Una fractura que se origina en 2008

La pérdida de confianza no es un fenómeno reciente. El estudio muestra un deterioro sostenido en los últimos 25 años, con el punto de arranque tras la crisis financiera de 2008. Desde entonces, los sectores de mayores ingresos recuperaron confianza, lo de menores ingresos no. “La desigualdad entre los el 25% de mayores ingresos y el 25% de menores ingresos se duplicó desde 2012”, señala el informe.

La insularidad tiene efectos concretos en la vida cotidiana. En el ámbito laboral, el 42% de los empleados trabajaría menos para un líder con ideas políticas distintas, y el 34% preferiría cambiar de departamento antes que reportar a alguien con valores diferentes.

El miedo actúa como catalizador del repliegue. El 76% de los encuestados considera la insularidad un problema relevante en su país, y el 45% la percibe como una crisis. El 65% teme la injerencia extranjera en los medios nacionales, mientras solo el 39% accede de forma habitual a información con orientación política diferente.

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El futuro deja de prometer

Pero quizás el indicador más alarmante no sea el político ni el económico. Solo el 32% de las personas cree que la próxima generación vivirá mejor, y en ningún país desarrollado esa cifra supera el 23%. Incluso economías tradicionalmente optimistas como India, China, Singapur o Tailandia registran caídas de dos dígitos en la percepción del futuro.

No obstante, se puede actuar. La principal vía es la “correduría de confianza” (trust brokering) definida como “un conjunto de prácticas y comportamientos que contrarresta la insularidad facilitando la confianza entre personas diferentes”. Entre las acciones más efectivas, el estudio destaca fomentar identidades compartidas, mezclar equipos diversos, promover proyectos de largo plazo con comunidades locales y recuperar conversaciones francas sobre el futuro.

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