El reciente fallecimiento de la princesa Irene de Grecia ha hecho que salgan a relucir algunos de los episodios menos conocidos de su vida. Entre ellos, el pensamiento de tratar de aliviar el hambre infantil en la India a través de un insólito proyecto solidario. Impresionada por una noticia publicada en Alemania donde se informaba del sacrificio de vacas por excedente de leche, Irene sintió la necesidad de buscar una solución alternativa y humanitaria, especialmente tras su estancia en el país asiático, donde el respeto por estos animales es notorio.
Así se lo explicó la propia princesa a la escritora Eva Celada, responsable de su biografía Irene de Grecia, la Princesa rebelde, publicada por Plaza Janés. La sensibilidad de doña Irene por la situación de las vacas y su potencial para combatir la desnutrición le llevó a pedir el apoyo de don Juan Carlos. Este, según recogió Celada, recurrió al entonces canciller alemán, Helmut Kohl, buscando vehículos diplomáticos para llevar a cabo la idea.
Kohl, tras consultar con asesores científicos, comprobó que un megaproyecto de exportación supondría riesgos sanitarios: el traslado masivo podría causar la muerte tanto de los animales alemanes como de algunos ejemplares indios a causa de un posible choque bacteriológico. Por esa razón, el canciller comunicó al rey que solo estaba autorizado el envío de 50 vacas, una limitación aceptada tras las advertencias especializadas, como explica la biografía.
Las conversaciones de Irene de Grecia con expertos
A pesar de los obstáculos técnicos y sanitarios señalados por los expertos, el papel de la princesa Irene fue decisivo al promover la viabilidad del proyecto. Con la intermediación de Juan Carlos I, Irene mantuvo contacto con especialistas en desarrollo internacional y, lejos de ser disuadida, fue capaz de convencerlos para intentarlo. Los expertos desplazados a la India determinaron finalmente que la iniciativa sería segura bajo dos condiciones: el traslado no podía realizarse en barco, sino en avión, para reducir el riesgo de incubación de enfermedades y, una vez llegadas, las vacas permanecerían en cuarentena.
Superados los trámites técnicos y burocráticos, la princesa se implicó personalmente en el proceso de envío de las primeras 100 vacas a Bangalore, al sur de la India. De acuerdo con el relato transmitido a Eva Celada, las gestiones administrativas incluyeron la expedición de pasaportes específicos para cada animal, que reflejaban sus particularidades morfológicas y su pedigrí. “¡Tenían más pedigrí que yo!”, comentó con humor la princesa a la biógrafa.
Un vuelo de 14 horas con 100 vacas
Durante el viaje, la logística adquirió tintes casi anecdóticos. “Las vacas y yo volamos juntas en el avión” explicó la princesa Irene, que llegó a estar 14 horas junto a los animales. Hubo una escala técnica y el piloto gestionó el aterrizaje con especial cuidado para evitar cualquier percance entre las especies. A su llegada a la India, el inconfundible olor a ganado impregnaba el avión, pero la satisfacción de la princesa era plena.
Cuando las autoridades comprobaron que todas las condiciones se cumplían, se procedió al desembarco de los animales. Irene relató el recibimiento que les dispusieron: “Les pusieron inmediatamente una pintura roja entre los ojos y unos collares de flores”. Tras la cuarentena pertinente, las vacas fueron cedidas a cooperativas locales por un precio meramente simbólico, para favorecer que sus nuevos responsables las valorasen y cuidaran de forma adecuada.
La solución pionera de la princesa Irene, recogida con detalle por Eva Celada, no se limitó al envío inicial. En años posteriores, ella gestionó otros envíos similares no solo a la India, sino también a Bangladesh, incorporando en ellos vacas cántabras y asturianas con el objetivo de mejorar las razas autóctonas y aumentar la producción lechera destinada a los más pequeños.