Askola es un municipio rural de Finlandia algo menos de 5.000 habitantes. Es conocido, básicamente, por ser un pueblo y por estar en Finlandia. Pero ahora se ha hecho fugazmente famoso gracias a la generosidad de uno de sus vecinos, que ha donado toda su fortuna, más de 1 millón de euros, a la localidad. El responsable de este acto, un hombre que prefirió permanecer en el anonimato, dejó instrucciones claras: el dinero debía beneficiar exclusivamente a los ancianos de su comunidad natal.
Según cuenta el medio finlandés Seura, como es lógico en un pueblo tan pequeño, a pesar de la petición de anonimato, todos saben quién es el donante. Una mujer mayor entrevistada por ese medio, Tuula Tuutti, evita dar su nombre, pero recuerda la historia personal de este héroe local, marcada por la tragedia: su único hijo falleció en un accidente de tráfico antes de los 30 años y su esposa murió a principios de siglo, por lo que vivió solo durante casi 25 años.
La ayuda ya se está empleando para mejorar la vida del lugar. La herencia ha permitido destinar casi 100.000 euros a actividades concretas: gimnasia semanal, antideslizantes para calzado, traslados en taxi y el salario de una empleada, coordinadora sénior de los programas para ancianos en Askola y otro pueblo vecino.
El impacto de la donación se refleja también en el respaldo a las asociaciones locales. La activa Unión de Jubilados de Askola, con 474 miembros, ha recibido recursos para apoyar su labor social. “Es el 10% de la población total del municipio”, explica en el medio finlandés Juhani Haapala, el presidente de la asociación.
La alcaldesa, Annu Räsänen, también ha subrayado la relevancia de este dinero para el bienestar colectivo. Para Räsänen, los aportes testamentarios de este tipo permiten prevenir problemas asociados a la soledad y el envejecimiento, y contribuyen a que quienes han formado parte de la comunidad sigan disfrutando de ella.
“Se paga con gusto”
El programa Tupatuki, destinado a los ancianos, se mantiene gracias a la herencia, permitiendo visitas domiciliarias realizadas por un grupo de unos veinte voluntarios, en su mayoría personas mayores. Durante estas visitas, se evalúan necesidades básicas como detectores de humo y monóxido de carbono, además de identificar casos de soledad. Ainola señaló que “las personas se atreven a involucrarse mejor cuando ya hay algo familiar y seguro. Luego, al hacer amistades a través de las actividades, se fortalecen. Hemos visto grandes historias de crecimiento”.
La logística diaria de los ancianos también se ha beneficiado. El llamado “transporte de pueblo” lleva a los mayores de un punto a otro por solo 3 euros cada miércoles y viernes, y los traslados a otro pueblo los sábados cuestan cinco euros. “Pero sí que es un transporte económico, se paga con gusto”, comentó Anneli Mäkinen, participante habitual.
La memoria del benefactor sigue presente en la comunidad. Su tumba, ubicada junto a un serbal en el cementerio local, permanece sencilla y cuidada por la parroquia, tal como dispuso en su testamento. Sobre la lápida, varias velas encendidas atestiguan el agradecimiento de amigos y vecinos, que no han olvidado el legado de solidaridad de este hombre reservado, pero profundamente generoso.