La felicidad puede parecer impredecible y contingente, pero la investigación científica señala que existe un patrón emocional común que compartimos millones de personas, vivamos donde vivamos, y que influye en nuestra felicidad. Un nuevo estudio de la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER), liderado por el economista David G. Blanchflower, ha trazado con claridad esa trayectoria. Y el resultado es tan desconcertante como revelador: todos seguimos, casi sin excepción, una curva en forma de U.
Según este análisis masivo de datos procedentes de Estados Unidos y Europa, el bienestar humano comienza alto en la juventud, desciende de manera lenta pero constante durante los años adultos y alcanza su punto más bajo alrededor de los 47 años. Después, vuelve a subir con una solidez sorprendente. Blanchflower lo resume en una frase que ya circula en los ámbitos de la psicología y la economía: “La felicidad tenía forma de U con la edad y la infelicidad tenía forma de joroba”. Y lo más impactante del estudio es que este patrón persiste incluso cuando se ajustan factores como ingresos, educación, empleo, estado civil, país o cultura. Da igual el idioma que hablemos, el salario que tengamos o el sistema social en el que vivamos: la curva se mantiene.
El hallazgo es tan consistente que incluso apareció reflejado en un estudio paralelo con grandes simios. Chimpancés y orangutanes mostraron un descenso emocional en la mitad de su vida, muy similar al de los humanos. Esta coincidencia ha llevado a los investigadores a plantear la posibilidad de que la llamada “crisis de la mediana edad” tenga un componente biológico más profundo de lo que se pensaba.
Una aproximación a la curva de felicidad
La caída del bienestar a los 40 años no es casual. Los psicólogos explican este tramo vital a través de la “carga acumulada”. Esto abarca a un conjunto de responsabilidades laborales, presiones económicas constantes y la sensación de que el tiempo es un recurso cada vez más escaso. Es un período en el que se suman compromisos y se restan satisfacciones inmediatas.
Sin embargo, la investigación del NBER ofrece un giro esperanzador. A partir de los 50, la curva de bienestar cambia de dirección y asciende. Y no lo hace de manera puntual, sino de forma sostenida durante décadas. Personas de 50, 60 e incluso 70 años reportan índices de satisfacción que se acercan a los de la juventud. Recuperan perspectiva, se reducen las comparaciones sociales y las prioridades se vuelven más claras. Muchos describen esta etapa como una especie de renacimiento emocional.
Universalidad del fenómeno
Lo más llamativo es la universalidad del fenómeno. Estados Unidos, Alemania, España, Reino Unido, Francia, regiones con culturas y entornos sociales muy distintos muestran la misma inflexión positiva después de los 50. Este ascenso no depende de una sociedad concreta, sino de un proceso vital compartido.
La conclusión del estudio puede parecer incómoda: la fase más dura de la vida adulta es un fenómeno casi inevitable. Pero también es temporal. Los datos confirman que, aunque la felicidad humana toca fondo alrededor de los 47, la recuperación es prácticamente segura. La curva vuelve a subir, siempre.
La ciencia no puede evitar que atravesemos ese valle emocional, pero sí puede ofrecer un mensaje tranquilizador: no nos quedamos en él. Después de la mitad de la vida, llega un ascenso sólido y, según las estadísticas, prácticamente garantizado.