Doce eran los jarrones que tenía Hércules en la película de 1997 (Ron Clements & John Musker). Unas reliquias de cerámica con detalles de en negro que simbolizaban los doce trabajos impuestos por Euristeo en la lucha del protagonista semidiós contra lo monstuoso y lo caótico. Con un poco menos de fantasía de por medio, un hombre cualquiera ha encontrado cuatro jarrones del siglo XVIII en mitad del bosque con una sorpresa en su interior: 7.000 monedas de plata.
Las reliquias plateadas encontradas, aunque 21 siglos después de que lo pudiera hacer Hércules, pertenecen al Imperio otomano y fueron acuñadas durante el reinado del sultán Mustafá III. Todas las monedas fueron recolectadas en una zona boscosa de la ciudad rumana de Ștefănești, en la histórica región de Muntenia, en Valaquia. Esta zona, junto con Moldavia, era un territorio estratégico para el Imperio Otomano, tanto económica como militarmente. Los alrededores, incluida la cercana ciudad de Pitești, eran una encrucijada comercial y cultural, donde la influencia otomana se entrelazaba con las tradiciones locales.
Según la ley rumana, cualquier descubrimiento que suponga un bien cultural debe ser notificado y entregado a las autoridades en el plazo de 72 horas desde su hallazgo. El hombre que ha dado con los jarrones y las monedas es un apasionado buscador semiprofesional de la zona. Ante la incógnita de si este recibirá alguna contrapartida, la legislación de Rumanía es clara: cualquier ciudadano que entregue un bien cultural en buen estado, podrá recibir una recompensa económica equivalente al 30% del valor estimado. Esta cifra, puede incrementarse en un 15% cuando se trata de tesoros de especial importancia histórica.
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Las monedas turcas que ocultó el bosque
El hallazgo del buscador han sido cuatro jarrones y más de 7.000 monedas. Estas últimas son en su mayoría de tipo kurus, es decir, monedas de origen turco que equivalen a 40 liras turcas. En un primer momento, eran monedas de plata, pero a mediados del siglo XIX su valor había diminuido hasta que comenzaron a circular como monedas grandes de cobre o muy pequeñas de plata. Estas monedas no solo tenían valor para usarse en intercambios económicos, sino también como adornos o elementos decorativos dentro de la cultura tradicional. Además, igual que los jarrones de Hércules, cada moneda narra historias diferentes: sobre mercados, comercios, tributos o, incluso, la compleja relación entre el Imperio Otomano y el sureste europeo.
En relación con la nomenclatura de esta unidad monetaria, aunque no con un dios o semidios, sí parece tener relación con la realeza. Concretamente, con la dinastía de los Habsburgo. Por ello, todo apunta a que proviene del alemán kreuzer, ya que fue ampliamente utilizada en áreas germánicas o con influencia de la familia real de Sissi la emperatriz desde finales de la Edad Media hasta el siglo XIX. Fue tal el alcance que la moneda en cuestión fue utilizada en el norte de Italia y en los territorios imperiales, incluyendo Suiza y Hungría. El Imperio austrohúngaro o de Austria-Hungría fue un Estado europeo creado en 1867 tras la derrota del Imperio austríaco en la guerra austro-prusiana. Cuna de grandes cabezas pensantes como el pintor Gustav Klimt, el filósofo Sigmund Freud y el músico Wolfgang Amadeus Mozart, entre otros muchos.