Dicen que el estudio de Bizarrap, nombre artístico de Gonzalo Julián Conde (Buenos Aires, 1998), es el equivalente a una sesión terapéutica para los artistas. No en vano, Shakira destripó los órganos de Gerard Piqué cuando acudió al estudio del argentino en plena campaña de desprestigio de aquel hombre que quedó prendido de su Waka Waka, pero que sufrió un ataque de edadismo cuando conoció a una mujer más joven. Cuatro paredes, un micrófono, una iluminación que llenaría de reclamaciones cualquier mostrador de Leroy Merlin y un sonido que comienza a ser demasiado familiar.
La fama del joven productor subió como la espuma de una cerveza mal tirada al encontrar un nicho de mercado no del todo explotado: voces del género urbano y del trap argentino –y de otros países– apenas conocidas fuera del Río de la Plata. Colaborando con Nicki Nicole, Duki, Trueno, Tiago PZK, L-Gante, Cazzu o Nathy Peluso, la primera artista con la que encontró espacio para albergar lo viral, Bizarrap contaba con un componente sonoro vigorizante que otorgaba a sus composiciones una fuerza especial.
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Conforme ha ido adquiriendo más fama, los cantantes que aparecían en su estudio –que podría ser un plató reutilizado de cualquier reality de Mediaset– iban aumentando el caché. El último ha sido Rauw Alejandro. El puertorriqueño, uno de los artistas más notorios de las listas de éxitos, además de pareja musical y sentimental de Rosalía, ha protagonizado la última ‘sesión’ del productor argentino. Se espera que, en términos numéricos puros, se convierta en un auténtico bombazo de reproducciones.
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La combinación del argentino y el puertorriqueño prometía contar con todos los elementos que los oyentes pedían, pues ambos son capaces de convertir en oro cualquier elemento del que formen parte. Ya sea un hit veraniego, un despecho apolítico o unas barras y tiraderas capaces de inundar las stories de Instagram. La decepción ha sido tremenda, al comprobar, que Bizarrap parece haberse quedado sin ideas. La primera escucha de la canción con Rauw pasa sin pena y sin gloria por los auriculares.
La Brzp Music Sessions, Vol. 56 tiene un problema. Suena igual que muchas de las canciones que Bizarrap ha sacado en el último año. Es más, parecen prácticamente la misma. Lejos quedan esas colaboraciones con artistas como Villano Antillano y con una letra capaz de revivir a un muerto o de convertir el salón de casa en una fiesta underground.
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Al productor argentino le han podido pasar dos cosas. La primera, convertirse en víctima del sistema sonoro que predomina en la coyuntura actual: un usar y tirar, una homogeneización de lo homogéneo, una búsqueda incesante de un número uno. Cuando los éxitos nacen de una necesidad de mantenerse en la ola de lo notorio, quizá resulta más atractivo calcar lo que, con pruebas fehacientes, sabes que ha funcionado. Lo segundo, que las expectativas de haberse convertido en un fenómeno global le hayan pasado factura.
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También puede ser que las últimas colaboraciones respondan más a la fama de éstas que a la idea de conseguir una canción buena con ellos. Es decir, quizá no importa tanto que el tema con Rauw Alejandro o Shakira sea bueno porque son, precisamente, Rauw Alejandro y Shakira. La publicidad está ahí.
En este caso, los dardos han caído con el sencillo del artista puertorriqueño, pero también ha pasado con la canción de Peso Pluma, de Duki o de Arcángel. Encuentran su público, gustarán más o menos, pero no terminan de decir nada. Es más, si me dijeran que está cantando Leticia Sabater, me lo creería, porque no es precisamente la personalidad la que brota de las últimas composiciones del argentino -que también saca una colección de ropa con Bershka, la tienda por antonomasia de las nuevas generaciones y de las ratchets-.
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Los beats que Biza emplea en sus producciones comienzan, poco a poco, a asemejarse a los golpetazos que Tom Hanks asestaba al icónico piano de la tienda Fao Schwarz de Nueva York en la película Big.
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