Javier Bardem reconoció, en una entrevista a Fotogramas, que los años acumulan inseguridad tanto como experiencia, y que la madurez trae consigo una conciencia nueva —y a veces perturbadora— de los propios límites. “Cada vez me siento menos capacitado”, admitió el actor desde Los Ángeles. “Los años te dan inseguridad, miedo y bastante susto”, agregó.
Los años no dan certeza
A sus 57 años, Bardem describió la madurez como un proceso que amplía la percepción del riesgo antes que la seguridad en uno mismo. A medida que avanza en su carrera, dijo, crece en él la noción de cuántas cosas pueden salir mal si la atención falla. “Eso es porque eres más consciente de las enormes posibilidades que existen de cometer un error”, explicó al medio.
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Esa misma lógica la trasladó a su oficio. Prepararse, sostuvo, es hoy una necesidad más imperiosa que nunca, en parte porque el contexto tecnológico deteriora la capacidad de concentración de manera transversal.
“La falta de atención que están padeciendo las generaciones posteriores a la nuestra está haciendo mella en nosotros también”, advirtió. “Cuesta más leer, más ver una película sin que el pensamiento derive hacia otra parte, empujado por los dispositivos que se manejan a toda hora”, agregó. Para un actor, cuya materia prima es la presencia, eso representa un obstáculo concreto.
El ego del actor: necesario para estar frente a la cámara, peligroso si no se disciplina
Sobre la relación entre ego y profesión actoral, Bardem fue directo: sin una dosis importante de ego, ningún intérprete podría sostenerse frente a una cámara ni subirse a un escenario. “El actor tiene que tener un ego tremendo para ponerse delante de una cámara o subirse a un escenario y sentir que es lo suficientemente interesante como para que lo miren y lo escuchen”, señaló. Ese impulso, afirmó, tiene que estar.
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El problema surge cuando ese ego no se disciplina para retroceder y dejar ver al personaje en lugar del intérprete. Bardem identificó ese equilibrio —presente pero contenido— como uno de los aprendizajes centrales que le transmitió su maestro Juan Carlos Corazza, con quien trabaja desde hace años y que este otoño dirigirá su debut teatral oficial.
La misma lógica aplica, según el actor, al proceso de trabajo sobre el personaje. Al abordar el papel de Esteban Martínez en El ser querido, un director de cine convencido de que puede reparar vínculos rotos con un gesto, el actor se encontró con aspectos propios que creía tener superados.
“Al darle forma aparecieron cosas de mí que me hicieron darme cuenta de que me creía más avanzado, más curtido en ese aspecto”, confesó en declaraciones a Fotogramas. El ego, en definitiva, también opera fuera del set.
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La fama como ruido: “La neutralidad no me vale”
Bardem describió la fama como un terreno donde el ego recibe estímulos constantes y distorsionadores. Quienes rodean a una figura pública, dijo, pueden debilitar sus valores manipulándolos o sumándose a ellos por razones equivocadas.
Ante ese escenario, la única defensa que identificó es la claridad sobre lo que uno considera fundamental. “Siempre tienes que tener claro lo que es importante para ti, eso que llamamos valores, y aferrarte a ellos”, sostuvo.
Las redes sociales, en ese marco, funcionan como un amplificador del ruido. El actor las comparó con “la discusión acalorada en la barra de un bar” y señaló que en ellas se desvirtúa todo con rapidez.
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Su respuesta ante esa dinámica es salir, distanciarse y mantenerse en las convicciones propias, aunque eso genere rechazo. “Hay que tomar posiciones. Esta cosa de la neutralidad a mí no me vale”, afirmó.
Defender esas posiciones de manera pública le trajo, reconoció, algunos costos. Pero los asumió como parte inevitable de una forma de entender la vida. “De lo que se trata es de que tus valores no te hagan daño ni duelan a los demás, sino que sumen, tiendan puentes y sirvan para denunciar aquello que consideras injusto”, explicó.
La muerte de su madre, una pérdida que siente presente
El paso del tiempo tiene para Bardem una dimensión más íntima que la carrera o la fama: la pérdida de quienes lo formaron. La muerte de su madre, Pilar Bardem, ocupa en su vida un lugar que definió como una presencia activa antes que una ausencia.
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“A medida que maduras, reconoces que tus mayores, si tuviste la suerte de haber vivido con ellos una relación de cariño, están todavía más presentes en su ausencia”, dijo en la entrevista publicada por Fotogramas.
“Yo hablo con mi madre mucho y la oigo. Me da consejos y lo que me dice, lo hago”, reveló. Esa certeza de continuidad, sostuvo, lo hace sentir menos solo. “Sé que soy ella”, concluyó sobre el vínculo que mantiene con su memoria.
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