En 1891, en medio de los profundos cambios sociales y económicos que había provocado la Revolución Industrial, el papa León XIII publicó la encíclica Rerum Novarum, “De las cosas nuevas”. Aquel documento buscaba responder una pregunta que atravesaba a las sociedades de la época. Cómo preservar la dignidad humana en un mundo que empezaba a transformarse aceleradamente por el avance de la tecnología, la industrialización y los nuevos modelos de trabajo.
Más de un siglo después, el papa León XIV vuelve sobre una preocupación parecida. Su reciente encíclica Magnifica Humanitas pone el foco en los desafíos éticos, sociales y culturales que plantea la inteligencia artificial. Cambian las herramientas, cambian las épocas y cambian las tecnologías. Pero la discusión de fondo sigue siendo profundamente humana.
La inteligencia artificial ya empezó a modificar la manera en que trabajamos, aprendemos, producimos información y tomamos decisiones. Y probablemente ese impacto sea mucho más profundo de lo que hoy alcanzamos a dimensionar.
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Como ocurrió con otras revoluciones tecnológicas, aparecerán nuevas oportunidades, nuevos empleos y nuevas formas de desarrollo. Pero también surgirán tensiones, desigualdades y riesgos que exigirán sociedades más preparadas, Estados más inteligentes y sistemas educativos capaces de adaptarse a un cambio permanente.
Por eso la discusión sobre inteligencia artificial no puede reducirse a una mirada ingenuamente optimista ni a una reacción defensiva frente a lo desconocido. El verdadero desafío pasa por cómo incorporamos estas herramientas sin perder aquello que nos hace humanos.
La educación ocupa un lugar central en ese proceso.
Durante décadas, gran parte de los sistemas educativos estuvieron organizados alrededor de la transmisión de información. Hoy el acceso al conocimiento es inmediato, masivo y permanente. Eso obliga a repensar el rol docente, las dinámicas de aprendizaje y las habilidades que necesitarán las nuevas generaciones.
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En este nuevo contexto, enseñar ya no implica solamente transmitir contenidos. También supone formar criterio, desarrollar pensamiento crítico, aprender a distinguir información confiable, trabajar en equipo, resolver problemas complejos y convivir en entornos atravesados por tecnologías cada vez más presentes.
La inteligencia artificial puede automatizar tareas y acelerar procesos, pero sigue sin reemplazar capacidades profundamente humanas como la empatía, la creatividad, la sensibilidad social o el juicio ético. Justamente por eso esas capacidades pasan a ser cada vez más importantes.
En Mendoza venimos trabajando sobre esa idea a través de Edutec, una política pública que impulsa la incorporación de tecnología e inteligencia artificial dentro del sistema educativo provincial. En ese marco desarrollamos programas como Mendoza Aumentada, que integran herramientas de inteligencia aumentada como FlexFlix para fortalecer los procesos de enseñanza y aprendizaje con el docente como guía central.
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El objetivo no es automatizar la educación ni reemplazar el vínculo humano dentro del aula. Buscamos que la tecnología amplíe posibilidades pedagógicas, acompañe mejores aprendizajes y prepare a los estudiantes para un mundo laboral y social que ya está cambiando.
Hoy varios miles de jóvenes mendocinos comienzan a formarse en habilidades vinculadas a programación, análisis de datos, inteligencia artificial y nuevas tecnologías. Pero el desafío de fondo sigue siendo humano. Necesitamos formar personas capaces de adaptarse, aprender de manera continua y tomar decisiones responsables en escenarios cada vez más complejos.
Porque probablemente el mayor riesgo no sea la inteligencia artificial en sí misma, sino llegar tarde a comprender el cambio que está produciendo.
La discusión ya no pasa por si la inteligencia artificial avanzará o no. La verdadera discusión pasa por qué sociedades queremos construir a partir de ese cambio y qué lugar tendrá allí la educación.
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