La científica argentina que busca llevar quinoa al espacio: “Estudiar ciencias es participar en la construcción del futuro”

Pamela Such Stelzer, científica egresada de la Universidad de Tucumán, habló con Ticmas sobre la línea experimental que une agricultura, biotecnología y astrofísica en una sola cápsula

Pamela Such Stelzer junto a una colega delante de una máquina de fabricación avanzada de Angstrom Engineering

La quinoa es considerada por muchos “un superalimento” por su riqueza en proteínas, minerales y hierro. Su cultivo rústico en la Argentina es considerado sustentable y beneficioso e impulsado por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA).

Las semillas que volarán fueron enviadas por la sede San Juan del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y corresponden a Quinoa variedad Morrillos (Chenopodium quinoa Wild), que se caracteriza por su resistencia biológica a condiciones extremas. Se trata de una misión prevista para el segundo trimestre de 2026 (abril–junio) como parte de una línea de investigación iniciada en Canadá en 2019; en colaboración entre la Universidad de York, Lassonde School of Engineering- en Toronto, Canadá- y la Fundación Miguel Lillo de Tucumán, en Argentina.

Con Q-Orbit, por primera vez se pasará de la simulación de germinación y crecimiento en el laboratorio a un entorno real de vuelo espacial que permita analizar su comportamiento fuera de órbita y a condiciones de irradiación energética comparables a procesos espaciales prolongados. Ticmas conversó con la la Dra. argentina Pamela Such Stelzer para conocer cómo surgió este proyecto: “ Q-Orbit no es solo un experimento de cultivo en el espacio: es un estudio sobre resiliencia biológica frente a procesos físicos extremos, conectando agricultura, física de superficies y adaptación futura tanto para la Tierra como para escenarios lunares y marcianos.”

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Numerosas semillas germinan en una placa de Petri, mostrando delicados brotes blancos, rosados y anaranjados sobre papel de filtro húmedo, reflejando el inicio de su crecimiento.

—Tu doctorado en la Universidad Nacional de Tucumán se centró en geología volcánica-sedimentaria submarina. ¿Cómo fue el tránsito intelectual hacia el espacio y la astrobiología?

—Desde que tengo memoria, jugaba a ser astronauta explorando otros mundos; en mi imaginación, ese mundo era Venus. Alrededor de los 13 años, comencé a dedicar horas a sentarme por las noches a observar las estrellas, la Luna, reconocer constelaciones y planetas. Cuando llegó el momento de elegir carrera, astronomía no se dictaba en Tucumán, y mis padres eran reticentes a que me mudara sola a Córdoba a una edad tan temprana. Me sugirieron comenzar con Física. Fui a la universidad en Tucumán y hablé con un profesor de Física, pero esa conversación fue poco alentadora y terminó desmotivándome. Mirando hacia atrás, a veces pienso que mi historia habría sido diferente si no hubiera escuchado esa opinión a los 16 años.

Entonces revisé las carreras disponibles y encontré Geología. Allí volvió con fuerza mi deseo de explorar otros planetas. Entendí que la geología es, en esencia, la ciencia de los mundos: estudiar la Tierra es aprender el lenguaje de todos los planetas. El tránsito hacia el espacio no fue abrupto; fue más bien una evolución natural. Después de una vida académica intensa, un doctorado, una carrera consolidada y ya siendo madre de dos hijos, sentí que era momento de retomar aquel sueño inicial. En San Juan decidí tocar la puerta del Dr. Ricardo Gil-Hutton, a quien siempre estaré agradecida. Primero entre risas, y luego con total seriedad, me dijo algo que cambió mi rumbo: “No necesitas un doctorado en astronomía. Ya sos doctora en Geología, y estamos buscando justamente un geólogo que quiera dedicarse a geología planetaria”. En ese momento él dirigía el CASLEO y trabajaba principalmente con asteroides, exactamente el campo en el que yo soñaba trabajar. Más que un cambio de disciplina, fue comprender que la geología era la puerta de entrada natural al estudio del sistema solar.

—El SETI Institute es reconocido internacionalmente por la búsqueda de vida más allá de este planeta ¿Qué significa representar a Argentina y la ciencia latinoamericana en esa institución? ¿Qué desafíos encontraste como científica?

—En SETI Institute soy científica afiliada. Cuento con el respaldo institucional para presentar proyectos, postular a financiamiento y desarrollar colaboraciones científicas. Representar a Argentina y a la ciencia latinoamericana en ese contexto tiene un valor simbólico y real: demuestra que nuestra formación científica está a la altura de los estándares internacionales y que podemos contribuir desde el sur global a preguntas fundamentales sobre el universo.

En cuanto a los desafíos, curiosamente no han sido tanto técnicos o científicos cuando estoy trabajando en universidades o laboratorios del exterior. El desafío más grande fue personal. Acompañar la carrera profesional de mi esposo, mudarnos varias veces, criar a dos hijos, que hoy ya casi adultos, y al mismo tiempo sostener una carrera científica activa ha sido una tarea compleja. Prioricé la crianza de mis hijos. Puede parecer una decisión sencilla cuando se la menciona, pero no lo es. Implica renuncias, pausas y reconstrucciones constantes. Hoy, con ellos ya grandes, estoy retomando mi carrera con plena dedicación.

Una pieza impresa en 3D con compartimentos numerados se observa junto a componentes metálicos cónicos, indicando el proceso de prototipado o ensamblaje de avanzada tecnología.

—¿Podrías explicar qué es esta apuesta por la biominería y los hábitats autosustentables en el espacio exterior?

—La minería espacial implica la utilización de recursos disponibles fuera de la Tierra (agua, oxígeno, minerales y energía) para sostener la presencia humana más allá de nuestro planeta. Si queremos establecer bases en la Luna o, en el futuro, en Marte, no podemos depender indefinidamente del envío constante de suministros desde la Tierra. Transportar agua, oxígeno o alimentos es extremadamente costoso y energéticamente ineficiente. Por eso el enfoque actual es desarrollar tecnologías de in-situ resource utilization (ISRU): utilizar lo que ya está allí. La biominería consiste en utilizar organismos biológicos (microorganismos o plantas) para facilitar la extracción o transformación de minerales. En la Tierra ya se emplea para recuperar metales. En el contexto lunar o marciano, el desafío es mayor: el regolito es un material extremadamente pobre en términos biológicos, pero contiene oxígeno químicamente ligado en sus minerales. Si logramos activar procesos biológicos capaces de interactuar con ese material, podríamos facilitar la liberación de nutrientes o incluso participar en ciclos de agua y oxígeno con menor requerimiento energético que los métodos puramente industriales.

Por otro lado, los hábitats autosustentables implican sistemas cerrados donde agua, aire y alimentos se reciclan y regeneran localmente. Las plantas son fundamentales en ese esquema: producen oxígeno, capturan dióxido de carbono, generan alimento y contribuyen a estabilizar microambientes. La tecnología aún está en fase experimental, pero el principio es claro: no podemos construir una economía espacial transportando todo desde la Tierra. Necesitamos aprender a integrar geología, biología e ingeniería para crear ecosistemas funcionales fuera del planeta.

—Una pregunta simple, pero que imagino con una respuesta compleja en cuanto a sus dimensiones ¿Por qué la quinoa? ¿Qué la hace especial?

—La elegimos porque la quinoa no es solo un cultivo: es un sistema biológico extraordinariamente resiliente. La quinoa tolera salinidad, sequía, radiación elevada, grandes amplitudes térmicas y suelos pobres en nutrientes. Puede crecer desde el nivel del mar hasta más de 4.000 metros de altitud. Esa plasticidad fisiológica la convierte en un modelo ideal para estudiar adaptación en ambientes extremos. Además, ya contamos con antecedentes científicos sólidos. En 2022 publicamos en Acta Astronautica los resultados de experimentos realizados en laboratorio en York University, donde sometimos semillas de quinoa a condiciones de irradiación energética, vacío y temperatura comparables, en escala, a procesos de exposición espacial prolongada. Desde el punto de vista nutricional, es excepcional: contiene proteínas completas (con todos los aminoácidos esenciales), minerales y compuestos antioxidantes. Es decir, no solo sobrevive, sino que aporta un valor alimentario estratégico.

Pero hay una dimensión adicional: es un cultivo originario de Sudamérica, profundamente ligado a nuestra identidad biocultural. Trabajar con quinoa nos permite proyectar conocimiento argentino al espacio utilizando un recurso que representa adaptación histórica a condiciones adversas. En síntesis, la quinoa es especial porque combina resiliencia extrema, alto valor nutricional y una historia evolutiva que la convierte en candidata natural para pensar la agricultura del futuro, tanto frente al cambio climático en la Tierra como en escenarios de exploración humana más allá de nuestro planeta.

Un grupo diverso de científicos sonríe a la cámara mientras posa al aire libre con un fondo de campos cultivados y majestuosas montañas nevadas bajo un cielo azul claro.

¿Cómo se coordinan cuatro líneas experimentales tan distintas dentro de una sola cápsula? ¿Cuál es la mayor complejidad técnica que tuvieron que resolver?

—Es importante aclarar que nosotros no diseñamos la cápsula en sí. El proyecto se integra a la arquitectura de la cápsula GEN-1 de Genesis Space Fligh Laboratorios (Croacia) dentro del proyecto de ORION Generation Foundation (Hungría), donde vinculamos tres experimentos distintos a lo largo de su trayecto orbital, más un experimento complementario en Tierra enfocado en la germinación en análogos de regolito lunar y marciano.

El mayor desafío técnico fue lograr coherencia científica entre fases que ocurren en entornos completamente distintos: vacío y radiación orbital por un lado, y simulación de regolito en condiciones controladas terrestres por el otro. Esto implicó estandarizar protocolos, asegurar trazabilidad absoluta de las muestras y diseñar métricas comparables entre exposición espacial real y análisis post-vuelo. En conjunto, estos cuatro experimentos no son estudios independientes, sino un sistema integrado que busca ofrecer una de las evaluaciones más completas realizadas hasta ahora sobre la viabilidad de cultivos en futuros hábitats extraterrestres.

¿Qué beneficio concreto podría tener este experimento para el campo argentino e internacional en los próximos 20 años?

—El beneficio concreto no es “hacer agricultura en la Luna mañana”, sino acelerar conocimiento aplicable aquí en la Tierra. En los próximos 20 años, este tipo de experimentos puede impactar al campo argentino e internacional en cuatro niveles muy claros: Desarrollo de cultivos más resilientes, innovación en suelos marginales, tecnología agro- biológica avanzada y posicionamiento científico estratégico.

El beneficio concreto es convertir investigación en ambientes extremos en una plataforma de innovación agrícola avanzada. Lo que aprendemos bajo condiciones orbitales o simuladas no queda en el espacio: vuelve a la Tierra como herramientas para producir mejor, con menos recursos y mayor estabilidad frente a un clima cada vez más incierto.

El equipo de Genesiis posa en un laboratorio con sus innovaciones

—¿Qué necesita Argentina, en términos de política científica, financiamiento e infraestructura, para crecer en tecnología especial?

—Si Argentina quiere crecer en tecnología espacial de manera sostenida, necesita tres cosas muy concretas: visión de largo plazo, inversión estable e infraestructura propia. Primero, una política científica con continuidad real, más allá de los ciclos políticos. La tecnología espacial no se desarrolla en uno o dos años: requiere planes a 10 o 15 años, con metas claras, financiamiento previsible y evaluación por resultados. Sin estabilidad, los proyectos se interrumpen y el talento se dispersa. Segundo, financiamiento estratégico, no solo para investigación básica sino para el paso crítico entre laboratorio y hardware funcional. El llamado “valle de la muerte” (cuando un prototipo debe transformarse en tecnología validada) es donde muchos desarrollos se pierden. Allí se necesita inversión pública inteligente que además incentive la participación privada.

Tercero, infraestructura tecnológica nacional: laboratorios de integración y ensayo (vibración, vacío térmico, radiación), capacidad de fabricación de componentes críticos y centros de procesamiento de datos. Sin estas capacidades, el país depende de servicios externos, lo que encarece, retrasa y limita la autonomía tecnológica. Pero hay un cuarto elemento igual de importante: el capital humano. Argentina tiene científicos e ingenieros altamente capacitados; el desafío es ofrecerles condiciones estables para que desarrollen su carrera aquí y no en el exterior. La tecnología espacial no es solo enviar satélites: impacta en agricultura de precisión, monitoreo climático, gestión de recursos naturales, telecomunicaciones y prevención de desastres. Invertir en espacio es invertir en soberanía tecnológica y en competitividad futura. Lo que Argentina necesita no es solo más presupuesto, sino una decisión estratégica: asumir que el espacio ya no es un lujo científico, sino una plataforma clave para el desarrollo económico y tecnológico del país en el siglo XXI.

—Alguna reflexión que desees sumar

—Este proyecto no es un hecho aislado. En paralelo, estoy trabajando para impulsar la creación de un laboratorio de ciencias planetarias en la Universidad de San Pablo-T, en Tucumán. La idea es que el conocimiento no solo viaje al espacio, sino que también eche raíces en Argentina. Tuve reuniones con directores de CONAE entre otros pero no se avanzo aun.

Y hay algo fundamental: en el espacio no existen disciplinas aisladas. Los equipos son profundamente multidisciplinarios. Argentina tiene una tradición universitaria sólida, pero el desafío hacia adelante es evolucionar aún más hacia modelos interdisciplinarios reales, donde las fronteras entre carreras sean más permeables y colaborativas. Esa capacidad de integración no solo fortalece nuestra ciencia, sino que nos posiciona mejor para competir en la nueva carrera espacial. Si tuviera que hacer una invitación, sería esta: estudiar ciencias hoy no es solo una elección profesional, es participar en la construcción del futuro. El espacio ya no es ciencia ficción; es una plataforma de innovación donde quienes se formen con curiosidad, rigor y apertura interdisciplinaria tendrán un rol protagónico. Y la innovación es el motor de un pais y de la industria.

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