
¿Puede un disparo alterar la Historia? El hombre en el castillo, la distopía en la que Philip K. Dick imagina un mundo en el que las naciones del Eje ganaron la guerra, tiene su origen en un disparo. En este relato Franklin Delano Roosevelt muere asesinado en los años 30 y Estados Unidos pierde al líder fuerte que le habría puesto límites a Hitler. Estados Unidos tiene una larga historia de magnicidios, comenzando por el de Lincoln en 1865; Dick no podía saber que un año después de publicar su novela, Lee Harvey Oswald mataría a John F. Kennedy.
Sin Roosevelt, los nazis avanzan sin oposición por Europa y los japoneses toman Asia. Los aliados capitulan en cada batalla hasta que son vencidos definitivamente en 1947, y Estados Unidos queda dividido en dos: la costa bajo el control de Alemania y, la oeste bajo el control de Japón. Una franja neutral divide las dos colonias: un algodón entre dos vidrios.
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Una mirada a la oscuridad
Hace unos años, Amazon Prime Videos recreó esta ficción en una serie que tuvo cuatro temporadas. Escrita y producida por Frank Spotniz —que en los años 90 hizo Los expedientes secretos X—, la producción tomaba muy libremente la historia de Dick. Estaban todos los personajes principales —Nobusuke Tagomi, Frank Frink, Juliana, Joe—, pero los arcos narrativos eran más extensos, había tramas y subtramas, nuevos personajes y líneas de acción. Era esperable: no habría modo de extender un libro de 300 páginas en 40 episodios.
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Carlos Gamerro escribió en Ficciones barrocas que el cine solía mejorar las historias de Dick y daba como ejemplo El vengador del futuro, la película de Paul Verhoeven protagonizada por Arnold Schwarzenegger, que es una adaptación del cuento “Podemos recordarlo por usted al por mayor”. Se podría decir lo mismo de Blade Runner de Ridley Scott —con Harrison Ford, Daryl Hannah y Rutger Hauer— en relación a la novela Sueñan los androides con ovejas eléctricas.
En cambio, no está tan claro lo que pasa con El hombre del castillo: tal vez novela y serie convivan como dos universos paralelos que se complementan, se buscan, se contradicen. La diferencia principal es que la novela se ocupa del lado japonés, mientras que la serie explora la complejidad del territorio ocupado por los alemanes. Por eso en la serie de Amazon hay un jerarca nazi llamado John Smith que carga con el peso del american dream convertido en pesadilla. (¿Su nombre será un guiño al protagonista de La zona muerta, de Stephen King, que descubre a quien podría desencadenaría la tercera guerra mundial?).
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Y, luego, Dick se ocupa de los dramas personales: en la novela no hay insurrección ni resistencia, no hay rebeldes ni confabulados, no hay grandes escenas de tormentos. El hombre en el castillo es una novela aparentemente ganada por un pesimismo monolítico que encierra el ideal de una paz que está muy lejos de alcanzarse en la trama; y mucho más lejos aún de alcanzarse en la realidad: fue escrita durante la Guerra Fría y pocos años antes de que comenzara la guerra de Vietnam.
El sueño de la razón produce monstruos
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El presente de la novela es 1962. El mundo, totalmente dominado por la técnica y el control total sobre los cuerpos, ya no les alcanza a los nazis. Las purgas étnicas se han perfeccionado; la sociedad se ha estratificado y se ha convertido en una máquina fría y cruel. Hitler es una figura mítica retirada de la vida política, pero sus hombres —Bormann, Goebbels y Heydrich, entre ellos— siguen desempeñando sus funciones con la firmeza y la inclemencia que les dan la confianza y el fanatismo.
Los japoneses se mueven en la misma línea, pero no siguen aquella lógica mecanicista y se rigen por el I Ching, por lo que su camino es más lento y derivativo, y eso los lleva a tener un progreso menor que el de los nazis, quienes ahora los ven como adversarios vulnerables. (Philip Dick aseguraba haber escrito la novela siguiendo al oráculo, lo que más de una vez hizo que se perdiera en recorridos que no le convenían a la trama). Y mientras los nazis se lanzan a la conquista del espacio, los japoneses empiezan a temer una nueva guerra. No hay —no puede haber— paz en un régimen totalitario: la sangre lubrica los engranajes del poder.
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“Quieren ser agentes, no víctimas de la historia”, escribe Dick sobre los nazis. Y más adelante: “Se identificaban con el poder divino, y se creían semejantes a los dioses. Esta era la locura básica de todos ellos. Habían sido dominados por algún arquetipo. Habían expandido psicóticamente su ego, y no sabían dónde terminaban ellos y dónde comenzaba lo divino. No era una cuestión de arrogancia, de orgullo. La inflación del ego hasta sus límites extremos, una confusión era el adorador y el objeto adorado”.
Philip K. Dick es un novelista de ideas y su fuerza reside en la profundidad de sus indagaciones filosóficas. En sus libros hay momentos de acción, pero casi siempre están abordados desde la elipsis. Son sus observaciones sobre el comportamiento humano, en cambio, las que lo convierten en un autor imprescindible. Como Kurt Vonnegut, como Aldous Huxley.
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La langosta se ha posado
La novela toma el nombre de uno de los personajes que, evanescente, construye y vertebra el relato: Hawthorne Abendsen es un hombre misterioso que vive en una suerte de castillo, y es el único que propone algo que podría hacer tambalear al régimen más poderoso de la historia. Abendsen escribe un libro. (“Los seres humanos son los únicos animales que matan por ideas”, escribe Siri Hustvedt en Los espejismos de la certeza, “de ahí que sea prudente tomárselas en serio, y preguntarse cuáles son y cómo han surgido”).
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Con el título de La langosta se ha posado —un versículo del Eclesiastés—, Abendsen imagina un mundo donde Roosevelt vive y Hitler fracasa. Un mundo que podría ser muy parecido al nuestro, sólo que en ese mundo el liderazgo de las naciones está destinado a acabar con la miseria y el hambre. La novela de Dick, entonces, es mucho más que un ejercicio descorazonador.
Si es tan fácil imaginar un mundo de pesadillas, también, parecería decir Dick, es posible imaginar uno donde el progreso esté puesto al servicio del hombre. Para conseguirlo, sólo hay que tener la decisión de soñar.
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