El Mundial empezó a jugarse mucho antes del primer partido. No en la cancha, sino en las casas, en las góndolas y en las decisiones cotidianas de consumo. Un informe de Worldpanel by Numerator deja en claro que, en la Argentina, el torneo se va a vivir intensamente puertas adentro.
El dato es contundente: el 88% de los argentinos planea ver los partidos desde su casa. No es solo una preferencia, es un patrón que ordena todo lo demás. Qué se compra, cuándo se compra y dónde se compra. El hogar se convierte en el centro de la experiencia mundialista y, al mismo tiempo, en el principal motor del gasto.
En ese contexto, el consumo no aparece como un fenómeno expansivo en términos tradicionales, sino como una reorganización. El Mundial no cambia tanto cuánto se gasta, sino cómo y cuándo se gasta. El momento del partido define el ritmo de las compras. El 48% de los argentinos asegura que va a abastecerse apenas unas horas antes del encuentro y otro 38% lo hará el día previo. La lógica es clara: menos planificación de largo plazo y más decisiones en caliente.
Esa dinámica no es casual. Responde a un consumidor que ya venía cambiando sus hábitos. Después de un 2025 marcado por caídas en el consumo, con canastas más chicas y menor frecuencia de compra, los hogares llegan al Mundial con una lógica más cautelosa.
Dónde se harán las compras
En ese escenario, los canales de compra también se ordenan según el grado de impulso. “Los más impulsivos prefieren abastecerse en el canal tradicional, los autoservicios y almacenes, en cambio, las compras más planificadas se resuelven generalmente en cadenas de supermercados”, explicó Paulina Argimón, Advanced Analytics Manager de Worldpanel by Numerator en Argentina.
La escena es conocida: minutos antes del partido, filas en el almacén del barrio, compras rápidas, reposiciones de último momento. Y, en paralelo, compras más estructuradas en supermercados para quienes organizan encuentros más grandes.
El delivery también juega su partido. El 17% de los consumidores afirma que pedirá comida a domicilio durante los encuentros, mientras que un 14% señala que alguien más llevará la comida. No se trata solo de comer, sino de compartir: el Mundial sigue siendo, ante todo, una experiencia social.
En la mesa, hay un podio claro. La pizza lidera con el 45% de las preferencias, seguida por la picada (38%), los snacks (34%) y las empanadas (28%). Son elecciones que combinan practicidad, costo compartido y facilidad para el consumo grupal.
Pero hay otro dato que explica por qué el consumo puede moverse, incluso en un contexto de ajuste: el entusiasmo. Argentina es el país más apasionado por el Mundial en la región. Más del 80% de los encuestados planea ver todos o algunos partidos, y apenas un 4% asegura que no verá ninguno.
Ese nivel de interés tiene impacto directo en las marcas. El 76% de los aficionados declara que estaría dispuesto a probar nuevas marcas durante la Copa. Es una ventana poco habitual: en un contexto donde el consumidor se vuelve más racional, el Mundial abre un espacio para la experimentación.
“En un contexto donde los encuentros sociales se multiplican, resulta clave que las marcas estén presentes en los canales correctos y en el momento justo, para capitalizar ese entusiasmo y convertirlo en resultados concretos en la góndola”, señaló Argimón.
El impacto en la macroeconomía
Hay una dimensión del consumo que no pasa por el supermercado ni por el almacén. Y que puede tener un impacto incluso mayor en términos económicos. El Mundial de 2026 tiene un componente especial para los argentinos: todo indica que será la última participación de Lionel Messi con la Selección. Ese factor, según distintos análisis, puede impulsar un fenómeno que trasciende el consumo cotidiano: el turismo internacional asociado al torneo.
La posibilidad de ver a Messi en su despedida mundialista está generando una expectativa que se traduce en decisiones de gasto de alto impacto. Viajes, entradas, estadías y consumo en el exterior configuran un flujo de salida de divisas que podría escalar a cientos de millones de dólares.
En ese marco, el Mundial no solo dinamiza el consumo interno, sino que también tensiona el frente externo. Cada argentino que decide viajar para ver los partidos implica un gasto que se realiza fuera del país, en un contexto donde la disponibilidad de divisas es un factor sensible.
El contraste es claro. Mientras puertas adentro el consumo se reorganiza en torno a compras pequeñas, cercanas y muchas veces impulsivas, puertas afuera se proyecta un gasto significativo concentrado en una minoría que decide vivir el Mundial en vivo.
Son dos caras del mismo fenómeno. De un lado, el consumo masivo adaptado a un contexto económico más restrictivo. Del otro, un gasto extraordinario impulsado por un evento irrepetible.