Las imágenes con conflictos en diferentes lugares de Europa se convirtieron en una postal en el ultimo tiempo. Foto: AFP.
Las imágenes con conflictos en diferentes lugares de Europa se convirtieron en una postal en el ultimo tiempo. Foto: AFP.

Nuestra Región y gran parte del mundo han empezado a tener crisis recurrentes en los últimos meses y, en cada caso, hay causas aparentes y diferentes según la situación particular de cada nación. Sin embargo, creemos que bajo esa superficie existen raíces comunes y profundas que poco o nada tienen que ver con el motivo que encendió la mecha en cada una de las naciones involucradas. Esto no es nuevo, y se ha repetido mil veces en la historia; nada inédito bajo el sol ha ocurrido en pleno tercer milenio.

Hoy, entrando a un nuevo decenio del siglo XXI y en forma fragmentada y anárquica, muchos países viven, de manera simultánea, crisis recurrentes que afloran, aparentemente, por temas menores o superficiales, pero que esconden complejos dramas y carencias, algunos ancestrales y otros nacidos de las expectativas que genera la globalización y el conocimiento, producto del progreso tecnológico.

La salida del poder de Evo Morales y su vicepresidente, Álvaro García Linera, terminó con un gran caos en las calles de Bolivia. Foto: AF.
La salida del poder de Evo Morales y su vicepresidente, Álvaro García Linera, terminó con un gran caos en las calles de Bolivia. Foto: AF.

La cuestión es que ya no importa si en Irak hay centenares de muertes por la crisis económica o por la falta de servicios básicos; o si en Bolivia, la ausencia de garantías democráticas genera tumultos sin fin; o si en Irán, la corrupción y los aumentos del 300% en el combustible provocan caos y destrucción.

Lo que está ocurriendo en el mundo entero es que estas situaciones se desbordan de manera espontánea, sin líderes ni organización previa, como un fenómeno surgido de las redes sociales, que los Estados no pueden controlar, lo que genera tensiones que crecen sin cesar y se expanden como espejos de un país a otro.

Hoy, muchos países viven, de manera simultánea, crisis recurrentes que afloran, aparentemente, por temas menores o superficiales, pero que esconden complejos dramas y carencias, algunos ancestrales y otros nacidos de las expectativas que genera la globalización y el conocimiento, producto del progreso tecnológico.

El periodista y analista de temas internacionales Jorge Elías, habitual colaborador de DEF, caracteriza a los protagonistas de esta ola de protestas como los nuevos indignados que “responden a realidades concretas de sus países, más allá de la analogía de las convocatorias por redes sociales, de los destrozos urbanos, del uso de bombas molotov y, sobre todo, de la insistencia en permanecer en las calles aún después de cumplir sus objetivos a pesar de la represión”. Y añade: “Menores ingresos, escándalos de corrupción, fraudes y rupturas del orden constitucional alientan las protestas”.

La “Primavera Árabe” fue uno de los hechos que marcó esta década. Foto: AFP.
La “Primavera Árabe” fue uno de los hechos que marcó esta década. Foto: AFP.

El descontento con la dirigencia política y con la élite gobernante, sacudida por escándalos de corrupción, también se ha hecho sentir en países tan disímiles, como Rumania, Albania, la República Checa, Pakistán o Haití. En los últimos meses, medidas de ajuste económico y aumento de impuestos a los combustibles y al transporte público han llevado a las calles a miles de latinoamericanos. En Ecuador y Chile, los gobiernos tuvieron que dar marcha atrás con las medidas anunciadas, mientras que, en Colombia, el gobierno de Iván Duque convocó a un “gran diálogo nacional”. Mientras tanto, en los vecinos Perú y Bolivia, ambos conflictos políticos han derivado en un caso, en el cierre del Parlamento y, en el otro, en la salida del poder de Evo Morales y su vicepresidente, Álvaro García Linera, y en el exilio en México y posteriormente en la Argentina.

En Costa Rica, una nación tradicionalmente estable y ajena a los vaivenes de sus vecinos, el presidente Carlos Alvarado afirmó en mayo pasado en su primer informe ante el Congreso que el país se encontraba “al borde de la quiebra” y anunció un duro ajuste que desató las protestas de los sindicatos. Mientras en el resto del continente se expande la inestabilidad, en Venezuela sigue sin resolverse la crisis política iniciada en febrero, cuando Juan Guaidó se proclamó presidente encargado y fue reconocido por más de 50 países como la autoridad legítima del país. Las protestas callejeras de los partidarios de Guaidó continúan, aunque ya no son tan multitudinarias como a principios de año. Lo más sintomático de la mayoría de las protestas que recorren el planeta es que no tienen una estricta filiación ideológica ni cuentan con líderes identificables.

Venezuela sigue sin resolver la crisis política y social que envuelve a todo el país. Foto: AFP.
Venezuela sigue sin resolver la crisis política y social que envuelve a todo el país. Foto: AFP.

Lo que estos grupos comparten es el hartazgo con el statu quo y el rechazo hacia una clase política que sienten fría y distante. La ausencia de una organización descoloca también a las autoridades, que no cuentan con interlocutores válidos que puedan canalizar esas demandas en el mundo entero. En Occidente, en particular, los reclamos democráticos abren el juego a la violencia extrema, nacida de los jóvenes en su gran mayoría, lo que ha dado lugar al enfrentamiento de “pobres contra pobres”. Tiempos violentos con desprecio por la vida, tanto propia como ajena, a los que se suma la protesta de los depredadores sin sentido, los delincuentes, los aprovechadores del momento y los incentivadores del caos para hacer su “propio verano”. Todo ello vuelve a muchos jóvenes escépticos de la política, que se encogen de hombros o la ignoran, o por el contrario, se vuelcan a posiciones combativas y muy virulentas, con masas descreídas por las promesas incumplidas, la corrupción sistemática, las fake news de las redes sociales, las mentiras y la aceptación de que la honorabilidad y la conducta digna están fuera de los códigos de la política.

Lo que estos grupos comparten es el hartazgo con el statu quo y el rechazo hacia una clase política que sienten fría y distante. La ausencia de una organización descoloca también a las autoridades, que no cuentan con interlocutores válidos que puedan canalizar esas demandas en el mundo entero.

Es aquí donde se presenta un fenómeno nuevo, que es anti-ideológico, no es de derecha, ni de izquierda, no es fomentado desde Cuba ni desde Venezuela, ni desde de los EE. UU. ni desde China, como algunos intentan explicar. Por el contrario, el hartazgo no tiene tendencia, ni tiene partido. Es producto de que en la aldea global, en el éxtasis de la hipercomunicación y del conocimiento, es ya imposible tapar el sol con las manos y, entonces, la evidencia de la desigualdad, de la oprobiosa concentración de la riqueza, de la injusticia y de los millones de excluidos del planeta son conciencia viva en personas cada vez más informadas y conscientes de la realidad que vivimos.

Las protestas de los chalecos amarillos sacudieron Francia y buena parte de los países vecinos. Foto: AFP.
Las protestas de los chalecos amarillos sacudieron Francia y buena parte de los países vecinos. Foto: AFP.

Sucede que tal como manifiesta el intelectual y expresidente del Uruguay, Julio María Sanguinetti: “La política no se adapta a los tiempos que corren, y el ciudadano, que ahora se representa a sí mismo, se distancia de la política”. Entonces, cuando uno quiere explicar los climas destituyentes que existen, cargados de arsenales verbales y de situaciones de desbordes permanentes, con una revolución ciudadana constante y en lugares tan disímiles con razones a veces contrapuestas, tendría también que salir de las ideas preconcebidas, ya que como bien dice Miguel Espeche, “las personas le imprimen a su percepción el sesgo de sus ideas previas” y, entonces, tendríamos que aceptar que el mundo que hoy tenemos y el que vendrá requiere de cambios estructurales muy profundos. Si no logramos este cambio, la realidad se volverá mucho más volcánica de lo que hoy la percibimos.

Solo para darnos una idea, Oxfan, una organización no gubernamental que realiza tareas humanitarias en 90 países, nos ofrece algunos índices realmente patéticos que dan cuenta de la cruenta realidad que vivimos:

1. La riqueza de los millonarios se incrementó en 900.000 millones de dólares el año pasado, lo que supone 2500 millones de dólares al día.

2. El año pasado, 26 personas poseían la misma riqueza que los 3800 millones de personas más pobres del mundo.

3. Tan solo 4 centavos de dólar recaudados a través de impuestos corresponden a los impuestos sobre la riqueza.

4. En algunos países, el 10 % de la población más pobre dedica más dinero al pago de impuestos que el 10 % de la más rica.

5. En la actualidad, hay 262 millones de niñas y niños sin escolarizar.

En este nuevo mundo, que para los jóvenes es “su mundo”, pues es el único que conocen, la gente se vincula a través de las redes sociales y rechaza como referentes a los partidos políticos, a los sindicatos, a las instituciones y a la prensa. El extraordinario pensador y conferencista Davis Konzevik sostiene que en la actualidad vivimos en un mundo líquido, de inestables instituciones tambaleantes y manifiesta también, citando a Ovidio (43 a. C.), que “no se desea lo que no se conoce”.

El extraordinario pensador y conferencista Davis Konzevik sostiene que en la actualidad vivimos en un mundo líquido, de inestables instituciones tambaleantes y manifiesta también, citando a Ovidio (43 a. C.), que ‘no se desea lo que no se conoce’.

Entonces, surge lo obvio: vivimos en la explosión de internet y del conocimiento sin límites, en tiempos de desasosiego y de lo que este intelectual define como “la revolución de las expectativas”, teoría que fue pronosticada por la Unesco en el año 2000, cuando auguraba estas rebeliones y revoluciones ajenas a la derecha o a la izquierda, a las dictaduras o a las democracias. Esas expectativas, generadas como el lado B del propio conocimiento, vuelven irracionales los deseos y las necesidades, lo que provoca una inestabilidad política imprevisible, sin importar si quienes las generan viven una situación mejor que la de sus padres o, aún mejor, la que ellos mismos vivían una década atrás.

El mundo repite ciclos económicos conocidos; los tiempos de bonanza han acabado, y las nuevas dificultades sociales son caldo de cultivo de las protestas actuales, pero de ninguna manera son el eje principal de ellas. Si la dirigencia mundial no toma debida nota del descontento general de millones de excluidos, agotados de esperar que el “vaso derrame sobre ellos”, viviremos, muy pronto, una crisis sin precedentes y con costos imposibles de mensurar. Que el 2020 nos depare mejores tiempos y traiga pan y consuelo a los que menos tienen.

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