Gustavo Ferreyra nació en Buenos Aires en 1963. Comenzó escribiendo poesía en su adolescencia y a los treinta y un años publicó El amparo, su primera novela. “Tengo a Luis Chitarroni por mi mentor: el tipo que me descubrió y me dio el lugar para sentirme un escritor. Igual, me cuesta mucho decir que soy escritor todavía”, le dijo a Luciano Sáliche en una entrevista reciente. Y siguió: “Cuando me preguntan, digo soy profesor, y chau. Nunca digo: soy escritor. En esta sociedad donde la literatura es tan inexistente, ser escritor es como una petulancia. ¿Qué ganás como escritor? No vivo de eso. Está tan frágil la literatura hoy, tan evanescente para la gente”.
A aquella primera novela apadrinada por Chitarroni le siguieron el libro de relatos El perdón y las novelas El desamparo, Gineceo, Vértice, Piquito de oro, Piquito a secas, El director, Los peregrinos del fin del mundo, Piquito en las sombras, Piquito en los vientos y La familia, por la cual Ferreyra recibió el segundo Premio Nacional de Novela. Además de escritor, es sociólogo y docente.
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En 2010, Ferreyra recibió el premio Emecé por Dóberman; fue un gran jurado el que consagró esa novela. Lo integraban Tununa Mercado, Fabián Casas y Martín Kohan. Dóberman fue recientemente reeditada por Editorial Godot –que está reeditando la obra completa de Ferreyra– con un muy buen prólogo de Aníbal Jarkowski.
El protagonista es Joaquín Riste, alguien que de chico soñaba con ser un showman y que en el comienzo de la novela se queda sin palabras en el centro del escenario, en medio de un show, ante los rostros mudos y anhelantes de los espectadores. Riste es él mismo un dóberman en un mundo poblado por dóbermans, topos, conejos y humanos.
La narración de Ferreyra arrasa con la lógica de las formas y de las cronologías. Riste vive en un dos ambientes de un monobloc junto con su madre pedigüeña y su hermana Celia, escritora y guionista de poco vuelo, unos años mayor que Joaquín. Es también el chofer confidente y hombre de confianza de un diplomático de clase alta durante el menemismo y viaja enviado por él a Varsovia como enlace para una misión ultrasecreta que incluye un radical cambio geopolítico. Pero Riste es también el perverso tullido que vive encerrado y humilla a sus sirvientes, fue un enfermo psiquiátrico internado en una clínica y también un extranjero roto de lengua que languidecía en un hospital polaco.
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Joaquín Riste es un hombre que a partir de quedarse sin palabras en público cae en picada y el lector asiste a ese colapso. Lo que sigue es la transcripción de una charla que mantuvimos con Ferreyra hace unos días para la grabación de un episodio del podcast Vidas prestadas.
— Tenés lectores, pero también fans. Es curioso: nos conocemos hace mil años, pero hasta ahora nunca te había entrevistado.
— Caigo fácil en el olvido, te voy a decir. Realizo el ideal borgeano de caer en el olvido. Sin llegar al recuerdo, caigo en el olvido.
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— Me hacés recordar la frase de Charlie Feiling, aquella de “¿Por qué, si no tuvimos apogeo, tenemos decadencia?” (Risas). Hay algo que tiene que ver con tu obra y con tu proyecto. Porque hay un plan, hay un proyecto literario y no es casual que seas uno de los grandes escritores elegidos por otros escritores.
— Sí, tuve la suerte de ser leído desde El amparo por escritores un poquito mayores que yo y otros algo más jóvenes. Ahora se da, obviamente, que son más jóvenes. Que, en parte, fueron formando con el tiempo una suerte de red que me sostiene un poco a través de sus lecturas, de sus comentarios. Bueno, me sostienen el ánimo un poco para estar birome en ristre, escribiendo.
— ¿Seguís escribiendo a mano?
— Sí, sí. Es muy difícil de abandonar un hábito que se adquiere en la adolescencia. Y bueno, en mi caso fue eso. Y, aparte, que me da toda esa flexibilidad del papel que es lo que me gusta, escribir en los márgenes.
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— Pero para la corrección es más complicado. ¿O te acostumbraste?
— No, me acostumbré y, bueno, después paso en la computadora y termino corrigiendo ahí. Pero en principio me da esa libertad de la rapidez de los márgenes. Como las fichas de Proust, que escribía por todos lados. Así que es una forma a la que no voy a renunciar.
— O sea, no intentaste lo otro, en realidad.
— No, no, jamás escribo directo. Es muy raro. Tiene que ser una nota. Un artículo, quizás. Si no, tiendo siempre a un borrador en manuscrito.
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— Me impresiona algo que leí en una entrevista que te hicieron y en la que decías “busco historias para mi escritura”. Porque, en realidad, una suele pensar que lo que se busca es la forma que le conviene a una historia. Sin embargo, en tu caso es al revés.
— Tengo, sí, una escritura y también esto que vos insinuaste. Vos hablaste de un proyecto, pero siento como que hay una obra que se concatena, que de alguna manera es como si yo intentara cavar en mí para sacarla, ¿no? Y, entonces, en cierta forma las novelas van apareciendo como una suerte de artificio pero con trazas de naturalidad, de inevitabilidad, digamos. Como que lo que escribo necesariamente emerge o va a emerger. En cierta forma escribo un poco así. Por eso digo que es un artificio, en la medida de que es una creencia; es un artificio que uno cree, qué sé yo, que eso debía ser así y no de otra manera. Por ejemplo, me ofrecieron en algún momento, en los comienzos, incluso, escribir alguna novela histórica por la cual me pagaban anticipos y estas cuestiones y yo decía que sí pero sabía que era imposible que yo escribiera algo por encargo. Porque no nace en mí, ¿se entiende? Es decir, es como que yo siento que lo que escribo emerge de algún lado y es lo que hay que escribir. Perdón, lo que tengo que escribir. A eso me refiero.
— Pero vos, al mismo tiempo, sos sociólogo y docente, y te toca a veces escribir otro tipo de cosas.
— Sí, pero bueno, no es creativo, ¿no? Como sociólogo, soy docente. Así que profesionalmente soy profesor y esto supone al mundo de la docencia como un ejercicio que mantengo como aparte, es decir, totalmente escindido. Obviamente hay puentes y transversalidad, pero básicamente son mundos separados.
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— ¿Cuándo supiste que ibas a ser escritor?
— A los catorce años.
— Cuando empezaste con la poesía.
— Cuando empecé a escribir poesías. Creo que antes de escribir alguna poesía ya soñaba con convertirme en esto de dar un poco lo que yo recibía en mis lecturas, en este acto de leer. Me parecía que los autores que me gustaban eran generosos, como que daban dones y me dije: bueno, si uno escribe, quizás también pueda darle a los lectores algún don alguna vez.
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— Es interesante lo que decís, porque eras como la figura del lector que quería escribir.
— Y sí, yo creo que sí, en el escritor hay un lector.
— Por lo menos en el escritor que te interesa.
— Sí. Que de repente salta el mostrador, ¿no?
— ¿Y ese lector qué leía? Kafka, a lo loco, imagino.
— Bueno, quizás no a los catorce, un poquito más, quince, dieciséis, empecé Kafka. Pero estaba ahí. Creo que el primer libro de adultos que leí a los trece años fue El túnel, de Sábato. Tendría trece años cumplidos recién y ahí estaba el libro, por mi casa. Leí El túnel entendiendo no tanto, se me hacía un poco complicado, pero creo que fue el primer libro más serio, después de todos los libros infantiles. Bueno, ahí empecé. Quizás a los quince ya empecé con La metamorfosis, de Kafka. Todos estos libros de adolescencia que te empiezan a marcar, ¿no? Flaubert, recuerdo también. Con dieciséis o diecisiete leí La educación sentimental.
— Amo esa novela.
— Yo también amo esa novela. Más que Madame Bovary, que reconozco su belleza estilística pero, bueno, desde el punto de vista sentimental y moral, La educación sentimental es una obra maestra. Woody Allen decía que a él también le encantaba La educación sentimental.
— Creo que lo decía en Manhattan, cuando habla de las cosas por las que vale la pena vivir.
— Las diez cosas por las que vale la pena vivir y nombró La educación sentimental de Flaubert.
— Es una cuestión generacional la nuestra, Gustavo, te das cuenta.
— Debe ser. Seguramente leímos lo que se leía en los 50, 60.
Joaquín Riste y Varsovia
— Creaste personajes como Piquito, y tenés en La familia a Correa Funes. En Dóberman está el personaje de Joaquín Riste. Para tus lectores, son de esos personajes que quedan. Dóberman fue reeditada recientemente, y al releerla, no pude evitar leerla en clave actual. Por más que es una novela que remite al menemismo, hay un montón de sueños para algunos, pesadillas para otros, que de algún modo regresan en términos sociales, aunque la política y lo social siempre en tus novelas están, pero de modo bastante lateral, digamos. Pero en esta novela aparece eso fuertemente. Me gustaría preguntarte un par de cosas. Por ejemplo, ¿por qué Polonia? ¿Por qué Varsovia para esa especie de misión de Riste?
— Creo que tiene que ver más que nada con el papa polaco de aquella época, con Juan Pablo II, y el rol aparente que tuvo con respecto a la caída del bloque soviético. Y luego, de alguna manera, ese supuesto armado posterior con respecto a Cuba, que podía tener a Polonia como un nexo. Bueno, en realidad está un poco en el humo de la novela o en la neblina de la novela, dado que este diplomático, creo que es el tercer hombre de la Cancillería en ese momento, lo manda a Riste como hombre de confianza ya en una misión que se nos hace muy turbia, obviamente. Y más por el personaje. Pero creo que tiene que ver con esos juegos internacionales que podrían haber existido post caída del Muro.
— ¿Te acordás de esa foto de Fidel con el papa, cuando llegó a Cuba? El papa Wojtyla ya había sufrido el atentado y entonces, aunque le llevaba pocos años, parecía muchísimo más viejo y a Fidel Castro todavía se lo veía muy entero.
— Claro. Yo creo que la novela casi no lo explicita pero en algún momento tengo presente que la misión de Riste en Polonia fracasa justamente por el giro del papa con respecto a Cuba. Es decir, él va en función de este armado, que da la impresión de que supuestamente países de Europa del Este van a invadir Cuba, o sea, no los norteamericanos sino los viejos comunistas, como Hungría, para poner fin a ese horror. Y al final el papa da un giro y traiciona toda esa historia, es decir la deja de lado y entonces la misión de Riste en Cuba se malogra y él queda, digamos, librado a su suerte, perdido allá en Varsovia. Entonces, abortada la misión, él termina en un instituto psiquiátrico porque era un tipo que ya venía tecleando feo, ¿no?
— Y persiguiendo mujeres. Las de la pantalla de cine y las de la calle. Completamente demente.
— Sí, sí mujeres vestidas con tapados.
— Tapados raídos.
— Tapados raídos, mujeres más bien cuarentonas, ¿no? Que de alguna manera lo atraen y casi ni siquiera uno sabe si sexualmente o maternalmente.
— O fraternalmente también.
— O fraternalmente. Podría ser.
— Porque, finalmente, toda la cosa incestuosa no deja de ser una pesadilla, más allá de lo que le pase al perverso en el momento. Te decía que lo leía en clave de hoy porque, de pronto, en la trama de esa novela ya habían ocurrido los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA, se habla de guerra antiterrorista y lo que es como una alianza de los países “buenos” para pelearle al terrorismo. Y si lo mirás en la actualidad, todavía estamos viviendo como en sintonía con aquello, ¿no?
— Sí, evidentemente, sobre todo mirando Latinoamérica y Sudamérica, luego del periodo 2003-2020 del progresismo latinoamericano, hay un revival de la derecha pro norteamericana, muy feroz desde ya, así que hay de alguna manera un intento de regresar a ese universo noventista, incluso mucho más descarado.
— Mucho más obsceno, sí.
— Más obsceno. Pero también en otras condiciones geopolíticas, ¿no? Bueno, por ahí vos sabés mucho más que yo de todo eso.
— No, no, pero es cierto. Pero por eso te digo que lo que es muy impresionante es cómo uno puede bajo signos contemporáneos cosas que leyó en su momento también en clave contemporánea. Pero la contemporaneidad era otra. Te preguntaba lo de Varsovia, además, porque me tocó estar en Polonia cubriendo la muerte de Juan Pablo II.
— Ah, mirá.
— Y estuve un par de veces más. Antes hablábamos de una cuestión generacional, entonces, el recorrido de Varsovia que hace Riste, para uno está también marcado por ese cine polaco que habíamos visto como adolescentes, o siendo muy jóvenes.
— Sí, obviamente aquel cine de Wajda, de Zanussi, Kieslowski, que es el que más me gustaba. Incluso Roman Polanski, que se va a Estados Unidos y filma El bebé de Rosemary. Y esos grandes cineastas polacos de la época del comunismo y uno dice: bueno, cómo brillaban. Y Stanislaw Lem, este escritor brillante. Hasta en fútbol eran buenos, no sé cómo era el comunismo ahí, que era terrible…
— En la novela, en un momento hay una conversación que tienen dentro del auto Riste con el diplomático que me resultó muy interesante. Riste tiene 28 años, es un pibe joven y lo escucha embelesado a ese hombre de clase alta de San Isidro, que le dice que el mundo va a cambiar, que él va a estar muy satisfecho de ser argentino. Y hay unas frases ahí que son alucinantes porque habla de la importancia de una buena mentira. Dice que es mucho más importante una mentira a la que se le tiene fe que una verdad en la que nadie cree, o algo así. Y también dice que con el éxito uno puede ser generoso, que uno solo es generoso en el éxito. Pero que con el fracaso somos mezquinos.
— Y, sí, el periodo noventista fue de alguna manera fuertemente, quizás más que ahora, como una promesa de una Argentina nueva. Fijate que en general la derecha siempre aparece con estos boatos de la nueva Argentina. “Dimos vuelta a la página”. Hay frases que se van expandiendo y cada época tiene la suya. No recuerdo exactamente la menemista, pero era algo como de la nueva era que emergía.
— Bueno, el “Síganme, no los voy a defraudar” en realidad es la que quedó.
— Claro, fue lo que quedó. Pero había siempre como esa especie de la Argentina nueva, que intenta a veces incluso llevarse a símbolos. Macri con la doble A en la patente…
— O los billetes.
— La doble A, los billetes. Es decir, toda una nueva época. Que ahora se repite, ¿no?
— Como una pulsión fundacional.
— Claro. Exactamente. Entonces, este hombre, el diplomático, de alguna manera representaba ese discurso de “vas a estar orgulloso de ser argentino”. Que creo que también es como vos decís, es lo que siguen prometiendo, pero de acá a 30 años. Es decir, como una cosa de: tené fe.
— Confiá.
— Confiá. Sí, sí, sí. Pero dame un indicio para que confíe. Si crecimos, bueno; pero si vamos para atrás…
— No sé si vamos para atrás, por momentos la sensación es “nos hundimos”. Pero volvamos a tu literatura. ¿Cuándo tomaste conciencia de esa fuerza de la escritura que te interesaba volcar?
— Me parece que con la primera novela que publico, que es El amparo, yo llego a una suerte de estilo que se me hace propio. Se me impone, en alguna medida. Y, por eso, en una especie de texto que escribo al final de esta nueva edición de El amparo, me ferreyricé, es decir que de cierta forma adquirí un estilo, una escritura, que después traté, en parte, de aligerar. O sea, también fui contra ella de alguna manera.
— ¿Como tratando de demostrar que podías ser versátil o qué?
— No sé, quizás era una novela atemporal El amparo, con una ambientación, digamos, decimonónica o como perdida en el tiempo. Y esa escritura era bastante densa. Remitía a ciertas palabras del pasado, si se quiere.
— Pero esas marquitas…
— Quedaron.
— “Ora tal cosa. Ora tal otra”, esa forma de la lengua.
— Alguna quedó o aparecen eventualmente. Bueno, trato de evitarlas y se me imponen, en cierta forma.
— Se cuelan.
— Se cuelan, sí. Es esa ambición del lenguaje, del lenguaje vasto y de la palabra que va ahí, de la frase como sale, ¿no? Y de alguna manera da cuenta de una forma de percibir el mundo. Y también la novela, la escritura, la prosa, donde, bueno, no trato de ser tan actual, que supone restricciones también para mí. La actualidad supone un poco ese carverismo de la frase corta, algo sentenciosa, en algún caso.
— Me gusta llamarla “la literatura del punto seguido”.
— Claro, el punto seguido, digamos. Bueno, yo me formé como lector en este siglo XIX, XX. A caballo de estos dos siglos. Y en cierta forma me veo como un escritor que retoma toda esa tradición, que justamente nace un poco en Flaubert, Balzac, todo esto que ha sido 1830 en adelante, ¿no? Y que da cuenta de una forma de narrativa, de escritura, que abarca todo lo que hoy es y llamamos novela. En la cual yo me siento muy identificado, muy cómodo como novelista y como escritor que toma la prosa en su amplitud, ¿no? Y el lenguaje, y la escritura. Así que hay momentos en que caigo en un tono más seco, a veces, más punto y seguido, pero poco. Después me desbordo un poco.
— Bueno, hay mucho diálogo, también. Pero yendo a ese desborde del que hablás, es interesante porque, en el prólogo de la nueva edición de La familia, Mariana Enríquez dice que es como si el flujo narrativo intentara romper el papel. Me gusta esa imagen para tu prosa porque hay algo de eso. Es como una especie de catarata de lenguaje.
— Y de romper, sí, un poco ese más allá, si se quiere. A veces se es escritor por sustracción, por ejemplo (Jorge) Consiglio, ¿no? Más bien hay sustracción y es muy bueno. Yo quizás sea por adición, es decir, romper ese más allá que, de alguna manera, busco, me atrae.
— Bueno, es detenerse mucho también en las cosas... Mencionabas la literatura del siglo XIX y pensaba en las descripciones en la narrativa. El realismo francés, ponele, o incluso los rusos. En tu novela, el hombre está persiguiendo a una mujer pero se va deteniendo en lo que aparece en ese camino, o va detrás de un perro que le va a marcar un lugar que él cree que es donde va a encontrar lo que está buscando, y se va deteniendo en cada una de esas cosas, larguísimas páginas, hasta que aparece, o hasta que no aparece, lo que tiene que aparecer.
— Sí, tiene que ver un poco en mi caso más con cierta subjetividad que aparece del personaje. En el siglo XIX era mucho más descriptivo en términos de los paisajes, el escenario, que, en general, no me sale. No es que tampoco lo evitaría, pero no es algo en lo que estoy tan metido, digamos, en describir un poco.
— Pero sí la subjetividad que es, en realidad, lo que llega a la narrativa al comienzo del siglo XX.
— Claro, sí, en realidad es mucho más la subjetividad de los personajes donde me detengo porque en cierta forma, es lo que a mí también me ha enriquecido como lector. Y a veces da ese lugar justamente de la novela donde va cayendo en ciertas reflexiones acerca del mundo. Bueno, en Piquito eso ya es desbordante y llega a esas pretensiones filosóficas mesiánicas. Pero bueno, es un mundo que me atrae, digamos, como escritor. Y me da para romper ciertas cosas.
— Los clichés.
— Sí, romper, claro, los clichés del lenguaje, de la frase, de la misma narrativa convencional.
— Eso te iba a decir, las convenciones.
— Las convenciones de la narrativa. Bueno, yo lo hago a mi manera, a mi modo. Es decir, cada uno encontrará las suyas.
— Ahora, ¿vos te acordás cómo surgió Dóberman? ¿Qué fue lo primero que apareció?
— Y yo creo que esta especie de metamorfosis extraña entre el hombre perro y el hombre. Es decir, el ser humano y el dóberman. Y esta especie de metamorfosis; un poco no sabés qué pasa con Riste: si es un hombre que sueña ser perro o un perro que sueña ser hombre. Esa imagen, digamos, de una novela que va por partes y que en una aparece como showman, en otro como chofer. Bueno, todo este rompimiento de lo real, que yo venía también, creo, de un realismo mayor con El director, con Vértice, más situada en la Argentina pero con mayor grado de realismo. Ésta está situada justamente en los 90, la época del menemismo. Pero empieza esa idea del fracking de las mentes. Me acuerdo que esto que antiguamente se había llamado surmenage, si vos querés en los años 20 o 30, el colapso mental, aparece como fractura, quiebre. La palabra noventista era estrés. La nueva época también supone nuevos individuos hechos para esta dinámica de la lucha mezquina, de todos contra todos, donde los triunfadores van a emerger. Y fue como si vos dijeras: largamos los 90, todos los individuos corriendo como locos a alcanzar sus metas económicas, de prestigio social y del éxito.
— De esa época es también American Psycho.
— Claro, sí. Y la cuestión entonces de los que se iban quebrando, vamos a decir. En el camino iban quedando los que ya no daban más, como dice Charly García en “Viernes 3 AM”, los que no pueden más se van. Bueno, y estos a veces se van a estos desquicios mentales, ¿no? Entonces estaba el tema del desquicio mental que provocaba esto. Recuerdo a una señora chilena que me decía: “voy a Chile y es tal la furia de la gente de clase media por triunfar y las gerentas, o mujeres u hombres del mundo de la empresa, que se desesperan a tal punto que terminan en estos quiebres mentales, fracturadas”. Entonces, a partir de estas cuestiones aparecen también un poco estos quiebres de Joaquín Riste.
— ¿Te acordás cuánto demoraste en escribirla?
— Y, dos años, más o menos.
— ¿Con interrupciones? ¿Escribías otras cosas? ¿Sos de interrumpir o cuando estás con una novela te dedicás solo a esa novela?
— Me dedico a la novela, sí. Me es muy difícil salir de eso y es como que la tengo en algún sótano del cerebro, ahí, tejiéndose, y en cierta forma no puedo dedicarme a otras cosas. Porque aparte no releo lo que he escrito anteriormente y todo en ese momento es una gran concentración en esa historia.
— ¿A qué te referís cuando decís que no releés? Si te ponés a escribir y estás dos años con esa novela, vas leyendo lo que fuiste escribiendo.
— No.
— Ah… ¿Y cómo sería eso?
— Work in progress. Es decir, avanzo. Avanzo y todo lo otro está en la cabeza. Ojo, da lugar a algún error alguna vez.
— Porque además lo de escribir a mano también te permite eso.
— Claro, sí. Es cada día una página y media, una hoja y media de cuaderno que avanzo. Ponele, una hoja por día más o menos avanzo y avanzo, y no voy releyendo. Toda la novela la tengo en mente, digamos.
— ¿Y cuándo ponés el punto final? Porque en esta novela además hay una estructura completamente atípica porque son cuatro partes que tienen dos capítulos cada una, pero no se leen: Primera parte, capítulo 1 y 2, Segunda parte, capítulo 1 y 2 y así, sino Primera parte, capítulo 1, Segunda parte, capítulo 1... Todo eso hace que la novela, es decir, lo que el lector lee, sea el rompecabezas de una cabeza rota, ¿no?
— Claro, porque en realidad está armado como en temporalidad las partes y después remite a uno y dos capítulos, lo cual sí, quizás, complejiza.
— ¿Pero cuándo surge una cosa así? Si te poné a escribir cada día sin recordar lo que está antes, ¿en qué momento decidís “bueno, pero esta novela va a tener cuatro partes, dos capítulos cada una de las partes y va a ser así de loca”?
— No, quizás en el plan previo. Hay un plan previo que en las primeras novelas era muy breve, casi inexistente, pero que en estas novelas fue adquiriendo más importancia, más tiempo.
— ¿Te armás cuadros con los personajes?
— Sí, no tanto cuadros porque no soy tan ordenado, pero sí voy tomando notas y voy haciendo una especie de plan de novela, que cada vez se extiende más porque cada vez pretendo escribir una mejor, que no falle, vamos a decir, entonces recurro a un plan previo más extenso. Pero en general el plan previo llega al primer tercio o ni siquiera a la mitad y ahí ya la novela navega sola. Podríamos decir que es una suerte de barco que uno construye, un bote, que uno construye precariamente y rema. Y al fin, bueno, ya va solo.
— ¿Y qué le pasa a un escritor cuando de pronto crea personajes turbios, mala gente, dañinos, perversos? Porque, en general, uno a su criatura la quiere. ¿Y cómo es querer a personajes así?
— No sé si desde el punto de vista de la empatía, la tengo. Por ahí me resulta difícil querer a los personajes masculinos, creo yo, pero en mis novelas los personajes más queribles siempre han sido mujeres, me parece. En general creo que tiene que ver también con que, bueno, en la lucha por la vida, todavía en aquellos tiempos la mezquindad era más masculina. Cierto rasgo de generosidad estaba más en la mujer, casi te diría. Pero, bueno, a veces no es tanto querer, es un poco compartir, ¿no? Compartir el tiempo de la vida que aparece. En la narración hay una vida que se construye. Es un simulacro de vida donde ésta adquiere otras dimensiones. Y yo creo que sirve para la exaltación de esta vida. La narrativa tendría que exaltar ésta, en cierta forma.
— Nuestra vida, decís.
— Y, algo así. Tendría que exaltar nuestra vida. Pero eso no quiere decir no marcar lo execrable de esta vida en la que vivimos. Por eso Aristóteles hablaba del tema de la tragedia como forma de elevar el espíritu, de esos personajes tétricos, de la tragedia. De ahí sacamos la fuerza de la vida. Al ver la tragedia de los otros. Bueno, las desgracias ajenas nos consuelan, también (risas).
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