Hay pueblos donde las leyendas nacen de una sola frase repetida hasta el cansancio: “yo lo vi jugar”. En un rincón de la Patagonia, esa frase circula desde hace años entre vecinos que aseguran haber presenciado algo irrepetible: al mejor futbolista de la historia argentina, alguien que nunca salió de su pueblo ni buscó la fama y que, sin embargo, terminó convertido en mito. Ese es el punto de partida de La estrella y la memoria, la nueva novela del escritor argentino radicado en Francia Eduardo Berti, cuyo prólogo está escrito por Martín Kohan.
El protagonista es Eliseo Alegre, un hombre callado dotado de un talento que jamás reclamó y que jugaba al fútbol solo porque los demás se lo pedían. Berti elude el relato lineal y opta por una estructura coral: la voz del narrador se retira para dar paso a vecinos, excompañeros, rivales y familiares que, décadas después, todavía discuten si Alegre fue un genio auténtico o una invención colectiva. El resultado es una novela que se mueve entre la ficción, la crónica y el documental oral, y que indaga en cómo los pueblos fabrican a sus héroes cuando el propio héroe no quiere serlo.
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En su prólogo, Martín Kohan describe a Alegre como una combinación “de un Mozart con un Bartleby”: un prodigio marcado por la resistencia íntima a ejercer aquello para lo cual había nacido dotado. Es esa tensión, entre el don y la voluntad de no usarlo, la que sostiene el pulso trágico del libro.
A continuación, el texto completo del prólogo de Martín Kohan para La estrella y la memoria, publicado por Híbrida Editora.
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Prólogo a ‘La estrella y la memoria’
De la nada, nace un genio: nace un genio y tiene un don. ¿Qué otras cosas, sino bendiciones, pueden derivarse de una circunstancia así? Y es lo que ocurre, en efecto. De ese genio, que es un genio del fútbol, surgirán hazañas de asombro, tardes dichosas, mil formas de la felicidad. Es una bendición, qué duda cabe. Lo es para muchos, pero no lo es para otros. Lo es para muchos, pero no para él. Para él esa bendición, sin por eso dejar de serlo, resulta una maldición total. Y es que ese don que lo hace único a él lo deja indiferente. La cosa para la cual es un genio no le importa para nada. No le gusta jugar al fútbol. Pero ahora lo va a tener que hacer. Y no solo lo va a tener que hacer: no va a poder dejar de hacerlo. Eduardo Berti creó un personaje fabuloso, combinando con maestría a un Mozart con un Bartleby. Su Eliseo Alegre es todo un niño prodigio (y luego, ya directamente todo un prodigio), pero signado por la impronta inconmovible de un preferiría no hacerlo. En La estrella y la memoria consigue tramar entonces un formato de tragedia, con un destino ineluctable del que no va a ser posible escapar; pero acá nadie habrá de matar o morir, acostarse con quien no debía ni arrancarse desgarradamente los ojos: acá lo que hay son goles, jugadas notables, partidos y campeonatos ganados. Vividos, no obstante, por el héroe que forja tales hazañas, como una fatalidad que se le impone sin alternativa, y en ese sentido lo condena.
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La historia transcurre en un pueblo como tantos, y por eso Berti apuesta al formato de la novela coral (que es a la vez la hoja de ruta para un documental futuro), porque los pueblos de esa índole son el espacio por excelencia para la circulación de versiones, rumores, chismes, los “se cuenta”, los “dijeron”. Pero el pueblo y sus alrededores (que incluyen por cierto a un pueblo rival) le otorgan a Eliseo Alegre su carácter fundamental, el de ser héroe en esa escala, la de un pueblo, la de una zona; uno de esos ídolos populares tan frecuentes en los equipos de pueblo, en los equipos de barrio, en los torneos regionales, en el fútbol de ascenso, que son a la vez famosos y un tanto secretos, más cortos en su radio de alcance pero más intensos, por eso mismo, en el fervor de su mitología. Los mundiales, el fútbol globalizado, rutilante pero remoto, son apenas un telón de fondo en La estrella y la memoria. Eduardo Berti es de nuevo sensible (lo fue por caso en La sombra del púgil) a esa modulación singular con que se forjan ciertas leyendas. Y leyenda, como sabemos, significa antes que nada esto: que debe ser leída.
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