En estos días se hizo la Feria del Libro de Santa Fe, en una antigua estación de tren en la capital de la provincia. Una Feria chica, de esas en que los editores y los libreros se ponen uno al lado de otro en mesitas, con los libros encima, cuerpo a cuerpo con el público. Y el público... ah, un enjambre. Un hervidero. Una multitud. Una belleza. Según los organizadores, pasaron por este espacio 60.000 personas este año, y es récord. Mi visita empezó en esta idea y terminó en un susto, pero eso lo contaré después.
En Santa Fe pasaban cosas como que el ilustrador Istvansch presentaba Un pez dorado, un librito exquisito que hizo hace años con la escritora Laura Devetach, que reeditó con su estilo rústico y económico la editorial Vera Cartonera, un proyecto de la Universidad Nacional del Litoral (UNL) y el CONICET, y que ahora sale en una edición “regular”, con tapa blanda, también por la Universidad. Porque así, pensaron, habría más libros, llegarían más fácil a todo el mundo. Y, por si acaso, colgaron el pdf para que cualquiera lo descargue. Un libro delicado, con mil detalles, para el que tuvieron que investigar sobre los indios abipones, que habitaron en lugares como Santa Fe, Chaco y Formosa.
“Si los blancos golpean con la dureza del granizo ustedes serán el caparazón de la tortuga”, advierte el jefe. “Si soplan como el viento norte, serán semillas voladoras”. Y “Si tienen la fuerza del río, ustedes serán peces”. Peces eligen ser, entonces. “Viviremos en el río porque es nuestro”. Y ahí andan los dorados, concluye un pescador en el cuento, meta vivir en el río.
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Las escenas que dejó la feria
Esas cosas pasaban en una sala, en Santa Fe, mientras que en el mundo exterior sonaban todas las formas de la palabra “mierda”.
En otra sala, con gente parada contra las paredes y gente sentada en el piso, la escritora Dolores Reyes hablaba de sus personajes, Cometierra y Miseria y de su experiencia de vida. “Hemos hecho la vida en la escuela”, dirá Reyes con el llanto en la garganta. Es que la autora, que tiene siete hijos, fue maestra toda la vida en el conurbano bonaerense. Conoce bien a esos adolescentes que retrata en sus novelas. Conoce bien a esas mujeres y a esos hombres. En la charla, sin embargo, elogia el casting con que se hizo, en Prime Video, la serie Cometierra. La protagonista es Lilith Curiel, una mexicana. ¿Una mexicana haciendo un personaje tan tan conurbano? Reyes recuerda que este continente no está hecho solo de inmigrantes. Señala la presencia indígena. Esos rasgos, esos colores de piel, están bien. Después lee la escena del parto de Miseria, su miedo, su dolor, su esperanza. Lee porque le piden que lea y lo hace sin afectación, sin efectismo, con fuerza. La sala está muda, el aire se queda quieto. Algunos lloramos un poquito.
Cuando Reyes sale de la sala, la espera una cola infinita para firmar libros, dedicar, escuchar las pequeñas historias que ocurrieron alrededor de sus personajes. Una hora, sin parar, firma: hasta que la Feria cierra y hay que irse.
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Gente que camina con libros. Gente que se emociona por palabras y personajes. Gente que trata de entender una historia. Ahí nomás en otra sala, el académico Santiago de Luca presenta Estanislao López, una novela sobre el caudillo que gobernó Santa Fe entre 1818 y 1838, cuando murió. Y que defendió la autonomía provincial frente a Buenos Aires. Lo publican Eudeba, la editorial de la Universidad de Buenos Aires, y la provincia de Santa Fe. No es lo único que se presenta acá sobre López: la provincia también editó Caudillo de una provincia invencible, un relato histórico de esa figura. Lo escribió el historiador Ignacio Martínez, investigador del CONICET.
Durante un largo rato, y con un público atento, Ignacio, “Nacho”, Iraola, exdirector editorial de Planeta Argentina y actual librero cuenta el salto de un gran grupo a poner una librería en un barrio -Villa Ortúzar- y cómo es ir haciéndola parte de la vida de los vecinos. Y por qué no es lo mismo una librería que un negocio donde se vende papel higiénico, qué lazos se crean en estos espacios.
Mientras, a la mañana, un recorrido “Juan José Saer” sale del Bar Tokio Norte, donde empieza Cicatrices, una de las novelas más reconocidas del autor, que le dio a la ciudad una existencia literaria. Frente a unas cien personas Javier Mendiondo, Fiama Serra y Juanjo Conti hablan de “Juani”, de las 21 cuadras que caminan los personajes de Glosa, de cierta escalinata descripta con cuidado y que acá, en la calle que ahora es peatonal, podemos ver. El paseo termina en la casa donde el autor vivió algunos años, una puerta cualquiera, una escalera altísima, un cuartito en la terraza donde todavía están algunos de sus libros. En la terraza de enfrente, del otro lado de la calle, un vecino hace asado: parece un homenaje.
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Hay clima de alegría alrededor de los libros. Alguien se ríe de la rivalidad entre la ciudad y Santa Fe y Rosario. Alguien cuenta que vivió en Buenos Aires pero “extrañaba el calor y los mosquitos”. Se siente la fuerza y el orgullo de un país.
Cuando vuelvo, las seis horas de micro se transforman en más de siete por la congestión de tránsito de un domingo a la noche. Me tiro del vehículo en Aeroparque, pensando en cortar camino, pero no logro subirme a ningún taxi ni Uber ni nada. Camino, camino, camino al lado de la pista de aterrizaje. Cada vez más oscuro, cada vez más sola estoy y me acuerdo -ay- de que en la mochila tengo una computadora. De que por detrás tengo una locura de autos y por delante, puentes y nada. Ningún taxi pasa, ningún auto de aplicación viene, ningún colectivo para. Estoy regalada.
De pronto aparece una pareja de chicos jóvenes, del brazo. “¿Puedo caminar con ustedes?”, pregunto. Me dicen que sí. Él es de Tucumán, ella de Corrientes, los dos están trabajando ya hace mucho en Capital. Charlamos, me cuidan. Hacemos muchas, muchas, muchas cuadras hasta un lugar donde ya hay más gente y el tránsito es más normal. Es la solidaridad porque sí, el cuidado porque sí. Argentina, domingo, 9 de la noche. No veo ninguna mierda por ningún lado.
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Y, como lo que veo es lo mejor de nosotros, y como esto que vi en estos días pasa también en otras partes, alguien que se va volviendo una amiga escucha el relato y me recuerda una frase de Calvino: “Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno”. Eso.
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