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Paulo Freire, pedagogo brasileño: “La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”

El legado de este pensador revolucionó las aulas de América Latina. La historia detrás de su máxima más célebre, el cruce conceptual con su obra cumbre y por qué su pedagogía crítica sigue interpelando las desigualdades de nuestro presente

Paulo Freire, pedagogo brasileño: “La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”

En tiempos donde los debates pedagógicos parecen atrapados en tecnicismos de mercado, competencias corporativas o la mera adaptación a las lógicas del algoritmo, la figura de Paulo Freire (Recife, 1921 - São Paulo, 1997) emerge desde el pasado con la urgencia de un faro. El educador brasileño, cuya propuesta de alfabetización popular transformó la vida de miles de campesinos desposeídos, sentenció: “La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.

Esta declaración, grabada en murales de universidades públicas, banderas sindicales y manuales docentes de todo el planeta, encierra una de las reflexiones más profundas sobre las posibilidades y los límites reales de la enseñanza. Para entender el contexto exacto de esta frase, hay que derribar un mito bibliográfico generalizado. A diferencia de lo que sostienen miles de publicaciones en internet, la cita no pertenece a las páginas de su célebre tratado Pedagogía del oprimido (1970).

En realidad, la sentencia pertenece al registro oral de Freire, acuñada y pulida durante las conferencias, entrevistas y debates públicos que el pensador brindó a finales de la década de 1980 y principios de los noventa, una época en la que llegó a ejercer como Secretario de Educación de São Paulo tras su regreso del exilio político. Aquel contexto no era menor. América Latina salía de las dictaduras militares y ensayaba sus primeras transiciones democráticas bajo la sombra del neoliberalismo naciente.

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En esas tribunas, Freire recurría a esta potente fórmula para sacudir la modorra de los docentes y desarmar dos trampas ideológicas comunes: el optimismo ingenuo, que creía que la escuela sola podía solucionar la pobreza o la injusticia social sin una reforma estructural; y el pesimismo determinista, que bajaba los brazos asumiendo que el sistema era tan poderoso que la educación no servía para nada. La frase era su tercera vía: el aula no derriba gobiernos, pero despierta la conciencia de quienes sí lo harán.

Paulo Freire es uno de los educadores, pedagogos y teóricos de la educación más influyentes del siglo XX, nacido en Recife, Brasil, en 1921 y fallecido en São Paulo en 1997

Aunque la cita provenga de su oratoria tardía, conecta de manera visceral con los conceptos teóricos que Freire desarrolló en su obra fundamental, Pedagogía del oprimido. En ese volumen indispensable del pensamiento latinoamericano, el autor introdujo su célebre denuncia a la “educación bancaria”, ese modelo tradicional donde el maestro “deposita” conocimientos en la mente del estudiante como si este fuera un contenedor pasivo, domesticándolo para que acepte la realidad sin protestar.

Frente a ese disciplinamiento, proponía una pedagogía problematizadora y liberadora. Su tesis explícita en el libro —“nadie educa a nadie, nadie se educa a sí mismo, los hombres se educan entre sí con la mediación del mundo”— es el verdadero cimiento de la frase que nos ocupa. Para Freire, la educación es un acto profundamente político. Su fin último no es que el alumno acumule datos para conseguir un empleo en el engranaje del mercado, sino que adquiera una “conciencia crítica” de su situación de opresión.

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Al transformarse subjetivamente en el aula, el sujeto rompe el cascarón de la sumisión y se vuelve capaz de organizarse colectivamente para transformar las estructuras económicas del mundo real. Esto, leído hoy, en un presente donde las desigualdades estructurales se profundizan y la educación muchas veces es reducida a un mero insumo de productividad individual, se vuelve una advertencia para recuperar una combatividad extraordinaria: una bofetada al individualismo contemporáneo.

La herencia teórica que se desprende de Pedagogía del oprimido, Pedagogía de la esperanza y Pedagogía de la autonomía nos recuerda que no hay neutralidad posible en el acto de enseñar. Lavarse las manos ante las heridas del presente es, en términos freireanos, ponerse del lado de los poderosos. Así, el maestro de Recife nos devuelve la responsabilidad histórica: la tiza y la palabra siguen siendo las herramientas más peligrosas del mundo, siempre y cuando estén al servicio de la emancipación humana.

En tiempos donde los debates pedagógicos parecen atrapados, la figura de Paulo Freire emerge desde el pasado con la urgencia de un faro

¿Quién es Paulo Freire?

Paulo Freire es uno de los educadores, pedagogos y teóricos de la educación más influyentes del siglo XX, nacido en Recife, Brasil, en 1921 y fallecido en São Paulo en 1997. Criado en el seno de una familia de clase media que conoció de cerca las penurias de la Gran Depresión de 1929, esa temprana experiencia de vulnerabilidad despertó su sensibilidad hacia los sectores más desprotegidos y moldeó su preocupación por el analfabetismo en el Nordeste brasileño.

Tras graduarse en Derecho e iniciarse en la enseñanza del portugués, desarrolló a comienzos de la década de 1960 un revolucionario método de alfabetización popular que permitía a los trabajadores rurales aprender a leer y escribir en tiempo récord a partir de sus propias palabras de uso cotidiano. Esta labor, profundamente politizada, fue considerada una amenaza por el golpe de Estado militar de 1964, lo que le valió el encarcelamiento y un posterior exilio de 16 años por diversos países.

Su inestimable producción intelectual puso las bases de la denominada pedagogía crítica, un enfoque donde la enseñanza se concibe como una herramienta política indispensable para la liberación de los pueblos. Su obra fundamental, Pedagogía del oprimido (1970), escrita durante su exilio en Chile, se convirtió en un clásico de las ciencias sociales traducido a decenas de idiomas, donde desmonta el autoritarismo de las aulas tradicionales y propone el diálogo igualitario como motor del conocimiento.

También escribió influyentes títulos de madurez como La importancia del acto de leer, Pedagogía de la esperanza y Pedagogía de la autonomía, textos donde defendió con vehemencia que la práctica docente jamás puede ser neutral. Reconocido con decenas de doctorados honoris causa en universidades de todo el planeta y galardonado con el Premio UNESCO de Educación para la Paz, el legado de Freire sigue siendo el mayor referente de resistencia cultural y democratización escolar en toda América Latina.

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