Luisa Valenzuela atiende enseguida. Estaba esperando el llamado. Son las once de la mañana de un lunes gastado y ella sigue en la cama. “Por fiaca”, dice. Tiene 87 años y tiempo de sobra. Mira el cielo desde la ventana de su casa, en el Bajo Belgrano, y algo en la forma de las nubes la lleva a 1978, la madrugada en que escribió la nouvelle o cuento largo —“debió haber sido de madrugada, cuando esas epifanías me ocurren”— que abre esta vieja novedad editorial que acaba de reeditar Marea: Cambio de armas.
“No le asombra para nada el hecho de estar sin memoria, de sentirse totalmente desnuda de recuerdos”, comienza el relato. Es una mujer, “la llamada Laura”, que no sabe por qué está en un departamento, con otra mujer, que la cuida, con un hombre, que es coronel, que le habla, la besa, la asiente. Poco a poco ocurre la desnaturalización y ahí empieza a asomar un pedazo de la verdad: que “la llamada Laura” no es Laura, que fue guerrillera, que fue secuestrada y torturada, y que esto sigue ahora.
¿También una metáfora de esta sociedad, a esta época? “A ella la están empastillando y de alguna extraña manera a nosotros también: nos están empastillando con las redes sociales, con todo cosa siniestra de las granjas de bots y cómo mueven a la opinión pública. En esa época mucha gente vivía adormecida: te decían que no sabían nada y estaban matando gente al lado. Y después siempre aparece. Como en el final de esa novela. El retorno de lo reprimido: es el gran problema nuestro”, asegura.
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En marzo del 76, cuando se dio el Golpe de Estado, Luisa trabajaba en la revista Crisis, y era ahí, en aquella redacción, cuando a veces abría algún diario de tirada masiva y leía noticias como que “el subversivo detenido anoche portaba un arma calibre 38 y un ejemplar de la revista Crisis”. En 1978 escribió Cambio de armas y decidió guardarlo en un cajón hasta que cuatro años después —ya exiliada en Estados Unidos— el sello de Hanover Ediciones del Norte lo publicó junto a cuatro cuentos más.
La editorial Marea acaba de publicar ese libro ampliado: a los originales de aquel volumen (“Cambio de armas”, “Cuarta versión”, “La palabra asesino”, “Ceremonias de rechazo” y “De noche soy tu caballo”) se le suman cinco más, todos escritos durante la dictadura. Marea, Interzona y Factotum están publicando la Biblioteca Luisa Valenzuela. “En principio, va a ser toda mi obra, pero yo creo que no van a llegar nunca: porque es mucho y porque estoy produciendo cosas nuevas”, dice ahora, en diálogo con Infobae Cultura.
—En la “Nota del Editor” de Cambio de armas se lee que lo que tu literatura tiene para decirnos linda con lo inagotable. Cada época lee diferente el pasado. Pero, ¿cómo es con esta?
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—Eso me da un poco de escalofríos, te confieso, porque de golpe hay cosas que fueron premonitorias. Cuando estaba escribiendo pensaba que era una distopía total y de golpe estamos viendo el cenit de estas distopías y de estas incoherencias que, más que incoherencias, son cosas muy perversas. Es raro cómo uno pesca cosas que están en el aire sin querer, sin darse cuenta.
—¿Qué poder de incidencia le queda hoy a la literatura?
—Yo creo que lo sigue teniendo pero desde otro lugar. Ahora hay una especie de ruptura, otra tendencia de la literatura. Tenemos que leer desde el lugar del desciframiento, de ver qué se dice más allá de las palabras, que es lo que tiene la buena literatura: lo que te está diciendo más allá de la intención de la persona que escribe, eso que está metido en el lenguaje cuando lo estás trabajando muy a conciencia, muy a profundidad. Es el lenguaje el que te va diciendo que eso es lo que te están permitiendo: lecturas instantáneas donde no tenés que interpretar nada. Lo importante es la interpretación.
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—Y está la literatura política y también la literatura que, sin ser estrictamente política, habilita interpretaciones políticas. En tu caso, ¿es algo que te interesa deliberadamente?
—No la produzco con esa conciencia. Es la necesidad de contar, pero más que de contar, de entendernos. Entonces, evidentemente estás en relación con lo inmediato, con lo que pasa, pero no es una cosa para distraerte, porque hay una necesidad de derivar un sentido. Es una necesidad muy interior, no es algo que me propongo voluntariamente. Nace desde esa necesidad. Por eso yo sufría tanto cuando no estaba escribiendo. Me acuerdo cuando estaba Nueva York, tenía mil cosas, enseñaba, daba conferencias, discutíamos la censura, teníamos seminarios sobre el miedo, trabajamos muchísimo. Y sentía que no estaba escribiendo porque no estaba haciendo ficción. La ficción es el lugar donde podés destapar cosas. Y eso es mucho más tenaz que el lugar de la reflexión y de los ensayos. Yo llego a zonas con la ficción que no llego reflexionando.
Luisa Valenzuela nació en 1938. Su madre, Luisa Mercedes Levinson, no solo era una autora de renombre, también hizo de su casa un lugar donde confluían autores y artistas. Con Borges, por ejemplo, escribieron a cuatro manos el relato “La hermana de Eloísa”. Eso fue en 1954 y Luisa, que apenas tenía 16, transformó ese ambiente en algo propio, y enseguida empezó a publicar textos en la prensa local. Se casó con un marino francés, se mudó a París y allá publicó su primera novela: Hay que sonreír.
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En el año 61 volvió a Buenos Aires y entró a trabajar, primero en el diario La Nación, después en la revista Crisis. Vinieron los premios, las becas y finalmente el exilio. Entre sus novelas: El gato eficaz, Cola de lagartija, La travesía y Novela negra con argentinos. Entre sus libros de cuentos: Aquí pasan cosas raras, Simetrías y Donde viven las águilas. En 2017 dio el discurso inaugural de la Feria del Libro de Buenos Aires y habló de “recuperar el rol de los intelectuales” en los tiempos de la “posverdad”.
Ahora, con el teléfono en la oreja, Luisa no saca la vista de la ventana. Su casa es una fábrica abandonada que convirtió en hogar. Tiene un jardín que cuida con esmero y un estudio lleno de máscaras y libros al que llama galpón. “Mis días no son regulares, no soy metódica, pero a esta altura de mi vida son bastante tranquilos. Salgo, camino, vengo, a veces escribo, leo, veo amigos. Lo que hace todo el mundo”, dice. Las cosas cambian cuando se embarca en una novela: “Ahí me agarra un ritmo interior especial”.
“Escribo sin mapa: empiezo y no sé a dónde va la cosa, cómo va a terminar. No sé cuál es el desenlace real, el nudo de la historia, lo tengo que ir buscando”, cuenta. Tal es así que cuando van a reeditar alguno de sus libros se pone a navegar en su archivo y aparece mucho material: textos guardados, relatos perdidos, finales descartados. Así fue como de la novela El mañana salió otro libro: Carta de navegación para El Mañana. “Con La travesía, que va a salir en octubre, estoy haciendo una cosa parecida”, revela.
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—¿Son buenos tiempos para la literatura, para escribir, para leer?
—Desgraciadamente no, pero todo tiempo tendría que ser bueno, porque es un tiempo que se hace uno. El tiempo es una cosa personal: si vos te dejás distraer con todo lo que te tiran, esos anzuelos para llevarte a otro lado, para convencerte de otras cosas, todos esos odios que están circulando, todas esas desagradables historias, entonces no tenés tiempo de nada. Yo también me dejo distraer mucho con los Instagram esos horribles y divertidísimos que hacen. Ahí vas perdiendo el tiempo. Es una lucha interior para reservarte un tiempo. Al fin y al cabo, lo único que tenés en la vida es algún cachito de tiempo; eso es gratis. También es cierto que si tenés tres empleos para poder llegar a fin de mes, el tiempo se te acorta tremendamente. Pero justamente lo que no quieren los grandes poderes es que tengas tiempo para reflexionar, para hacer tus cosas, para ver la verdad.
—En ese contexto vale la defensa de la literatura, ¿no?
—Claro. Con la buena literatura entendés lo que te están diciendo por encima de las palabras vanas con que te tratan de endulzar o putear de la peor manera, porque, ¡Dios mío!, estamos en un mundo donde nos dicen cosas tan atroces.
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—Una de las discusiones con la inteligencia artificial es si la literatura es o no un último bastión humano de reflexión, de sensibilidad.
—Y sobre todo de llegar a ese punto de lo inefable, ese punto donde trascendés una pequeña frontera imposible, donde llegás a puntos inesperados... Cuando estás trabajando y dejando que el lenguaje circule a través tuyo, es el lenguaje el que va haciendo su obra, contando su historia, la historia que querés contar, pero llevada por un ritmo, por una respiración. Las palabras que van surgiendo están diciendo mucho más de lo que uno cree que están diciendo. Ahí es donde la buena lectura te hace entender lo que está subyacente en las normas y las cosas horribles que te dicen los discursos políticos.
La conversación queda en el aire aún cuando cortamos. Son segundos, apenas, cuando aparece un mensaje: “Me quedé con algo”, comienza el audio. “De nuevo tenemos que pedir, como en el Mayo del 68 francés, la imaginación al poder. Por eso me parece tan lindo esto de los Gandalf que fueron a escracharlo a Peter Thiel”, comenta sobre la singular manifestación cosplay frente a la mansión del multimillonario tecnológico en Palermo. ”Volver a ese mundo donde para ver más allá de lo que te quieren inculcar".
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“No hay que dejarse llevar por la imaginación perversa de este tipo que está contra los pañuelitos verdes”, dice sobre Javier Milei. “Si no vemos esto desde un lugar creativo, nos come”, y concluye con algo que vio en un reel de Instagram: “Las hormigas, que son muchísimas, votaron al insecticida porque odiaban a las cucarachas. El insecticida ganó, murieron las cucarachas, las hormigas, los mosquitos que habían votado en blanco y las moscas que no habían ido a votar. Murieron todos. Es una buena fábula, ¿no?”
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