La ciudad de Salta se convirtió en epicentro artístico con la inauguración de Cuatro actos para un ensayo visual, la exhibición que celebra el centenario del nacimiento de Miguel Dávila y recorre más de seis décadas de su obra.
El Museo de Bellas Artes Lola Mora abrió sus salas a este tributo extraordinario, donde más de 64 obras resumen la fuerza y la complejidad de uno de los grandes nombres del arte argentino.
La muestra, curada por Joaquín Rodríguez, se aparta del orden cronológico. La propuesta organizó el espacio en núcleos temáticos, favoreciendo cruces entre distintas etapas y lenguajes. Este montaje incluye una pieza de 2x5 metros —un imponente acrílico sobre tela— que es una de las protagonistas de la sala.
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Lejos de un único relato, la exposición invita a descubrir cómo ciertas formas y gamas cromáticas reaparecen, como pensamientos visuales en evolución constante, a lo largo de toda la producción de Dávila.
Este centenario no solo marca un hito biográfico: ensambla una perspectiva nueva sobre la trayectoria de Dávila, nacido en La Rioja en 1926 y fallecido en Buenos Aires en 2009. La muestra reúne piezas tempranas, desde 1952, hasta creaciones finales, permitiendo visualizar la transición entre escuelas y búsquedas personales.
Dávila fue formado por maestros reconocidos —como Enrique Policastro, Lino Eneas Spilimbergo, Pompeyo Audivert y Lajos Szalay— y supo tomar distancia crítica de los movimientos dominantes: surcó el informalismo, el expresionismo y la nueva figuración, pero nunca se sometió a la rigidez de los “ismos”. “Usaba los lenguajes disponibles y no los dogmas estéticos que limitaran su libertad creativa”, plantea el curador.
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En palabras de Joaquín Rodríguez, este homenaje es más que un recuento: “La exposición revela a un Dávila inabarcable, cuya mayor lealtad no fue hacia un estilo, sino hacia la pintura y a la búsqueda de una verdad propia”.
De acuerdo con Rodríguez, la curaduría estructuró la exposición en cuatro grandes núcleos, cada uno condensando un aspecto central del imaginario de Dávila.
Uno de ellos gira en torno al retrato, la figura y la condición humana. Desde ejercicios iniciales de taller hasta composiciones arriesgadas de madurez, la figura funciona como laboratorio: se deforma, se desdibuja o se fragmenta, pero siempre es el eje de experimentación estética. El cuerpo deja de ser apenas una imagen y se convierte en impulso para nuevas soluciones visuales.
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El segundo núcleo explora el mito y la fantasía. Aquí, la obra despliega relatos atravesados por símbolos y atmósferas enrarecidas; la realidad se filtra a través del prisma del misterio, evidenciando la capacidad de Dávila para abordar emociones profundas y comentarios de contexto desde la alegoría.
La “mirada crítica sobre la ciudad” representa el tercer núcleo: un territorio social y metafísico, descrito en obras de gran formato donde el límite entre lo visible y lo conceptual se vuelve difuso.
Finaliza el recorrido con los paisajes asociados a La Rioja y otros escenarios, impregnados de añoranza. Es en estas piezas donde el color asume el papel central para reconstruir la memoria afectiva de lugares nunca abandonados del todo. “El color toma el protagonismo absoluto para reconstruir una memoria afectiva de los lugares a los que volvió sin necesidad de trasladarse”, destaca Rodríguez en el texto de sala.
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*La exposición estará disponible en el Museo de Bellas Artes Lola Mora de Salta hasta agosto, con entrada libre y gratuita, y luego tendrá sede en la Casa del Bicentenario en octubre de 2026.