El padre de Patrik Svensson nunca habló de la muerte. Tampoco del amor, ni de Dios, ni del miedo. Hablaba, en cambio, de anguilas. Las pescaba en el riachuelo cercano a Kvidinge, en el sur de Escania, cerca de la llamada “costa de las anguilas”. Cuando el hijo creció lo bastante para sostener una linterna sin que le temblara la mano, empezó a llevarlo a la orilla en las tardes de fines de verano. Esos viajes nocturnos, repetidos durante décadas, son el corazón de El evangelio de las anguilas. Con ese libro, el cronista del Sydsvenskan, un diario cultural de Malmö, Svensson ganó en 2019 el Premio August, vendió derechos a treinta y tres países y se convirtió, sin proponérselo, en uno de los improbables fenómenos editoriales del giro contemplativo que la pandemia traería poco después a la literatura mundial.
Libros del Asteroide lo tradujo en 2020 con versión de Carmen Montes Cano. Hace dos años llegó a las mesas argentinas la continuación: Un inmenso azul, traducido por Carolina Moreno Tena.
Empecemos por la pregunta práctica que un lector argentino tiene derecho a hacerse antes de invertir dinero en dos volúmenes de un sueco al que nadie ha oído nombrar: ¿de qué tratan, en realidad, estos libros? La respuesta primaria, uno sobre anguilas y otro sobre el mar, oculta lo que importa.
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El evangelio de las anguilas es la historia de una imposibilidad científica. Aristóteles creía que las anguilas surgían del barro por generación espontánea, ya que abrirlas no revelaba órganos reproductivos visibles. Linneo no se atrevió a clasificarlas con seguridad. Freud, antes de inventar el psicoanálisis, pasó semanas en la estación zoológica de Trieste en 1876 abriendo cuatrocientas anguilas en busca de testículos que nunca encontró. El biólogo marino danés Johannes Schmidt dedicó dieciocho años de su vida, entre 1904 y 1922, a recorrer el Atlántico midiendo larvas hasta concluir que las anguilas europeas nacían en el mar de los Sargazos, a unos seis mil kilómetros de los ríos donde después se desarrollaban.
Y sin embargo: ningún ser humano ha visto nunca una anguila adulta en los Sargazos. Nadie ha presenciado la cópula. Nadie ha grabado la puesta. La especie atraviesa entre cuatro y cinco metamorfosis a lo largo de cinco décadas, viaja miles de kilómetros, y muere donde nació sin haber dejado que ningún testigo verifique el ciclo. La anguila, escribe Svensson, es el animal más documentado por la incapacidad de la ciencia para documentarlo.
El segundo libro abre el campo. La estructura es deliberadamente fraccionada; son ensayos, no un relato continuo. Está Jacques Piccard, ingeniero suizo que en 1960 descendió, junto al teniente Don Walsh, al fondo de la fosa de las Marianas en el batiscafo Trieste. Llegaron a once mil metros. Cuando la luz del foco iluminó el fondo, vieron pasar un pez plano. La existencia de ese pez modificó la ciencia. Está también Enrique de Malaca, esclavo malayo de Magallanes, probablemente el primer ser humano que circunnavegó el planeta (si volvió desde Filipinas a su archipiélago natal, completó el círculo antes que Elcano). Está Robert Dick, panadero escocés del siglo XIX que, mientras horneaba pan en Thurso, recolectaba fósiles en las playas de Caithness y le enviaba muestras a Hugh Miller. Y está, atravesando los dos libros como una sutura, Rachel Carson: bióloga marina, autora de Bajo el viento del mar y Primavera silenciosa, que, con una prosa exquisita y sin perder rigor empírico, se convirtió en una de las fundadoras del ecologismo moderno.
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Lo que proclaman con claridad necesaria estos dos libros no es la extrañeza de una anguila o la insondable profundidad del mar, sino la legitimidad del no saber. La frase que repite, modulada, en distintos pasajes, la anguila convertida en símbolo de lo metafísico, residuo de un misterio dos mil años posterior a Aristóteles, es el centro doctrinal de su evangelio sobre las anguilas: existen entidades en el mundo natural que la ciencia no puede agotar, y aquí lo místico de estos dos libros: la ciencia pareciera ser que no puede llegar al fondo no por insuficiencia técnica transitoria, sino por una resistencia estructural del objeto a ser conocido en sus propios términos.
Svensson sostiene que la ciencia por más rigurosamente que sea practicada, produce, como resultado más alto, la documentación de su propio límite. La ciencia bien hecha no destruye el misterio: lo precisa. Lo localiza. Lo nombra. Y cuando lo ha nombrado con suficiente exactitud, se lo entrega al lector como aquello frente a lo cual una respuesta no científica deja de ser superstición y empieza a ser, simplemente, otra forma legítima de quedarse mirando.
Que el padre del autor sea, en el libro, la figura humana sobre la que esta operación se proyecta no es accidental. Es decisivo. Lennart Svensso, un asfaltador, nacido en una región pobre del sur sueco, sin escolarización más allá de los catorce años, es un hombre sin acceso a las categorías filosóficas con las que el hijo, periodista cultural en Malmö, lee el mundo. No leyó a Freud. No leyó a Aristóteles. No sabe quién es Schmidt. Sabe pescar anguilas. Sabe que las anguilas son extrañas. Sabe que su hijo lo escucha mejor cuando hay un farol entre los dos y silencio en el aire. El libro se encarga de resaltar estas diferentes formas de ver la naturaleza: el padre habitaba con naturalidad el espacio del no saber que el hijo, después de tantos años necesita reconstruir laboriosamente con citas, fechas y referencias.
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Y sin embargo hay momentos en Un inmenso azul en los que Svensson alcanza una nota poética que excede el registro científico: cuando habla del fondo, del abismo, de los once kilómetros de oscuridad bajo el batiscafo de Piccard, su prosa pierde la suavidad reverencial que tantas veces le cuesta la página y adquiere una urgencia que parece sorprenderle al propio autor. Describe, con precisión técnica el espesor del casco del buzo, la presión por centímetro cuadrado, la composición del lastre de granalla de hierro, el modo en que el comandante Walsh, al notar que una de las ventanas de plexiglás se había rajado en la bajada, decidió no comunicárselo a Piccard hasta haber tocado fondo, un descenso que duró cuatro horas y veintiocho minutos hacia un lugar donde la vida humana es, por definición física, imposible. Y allí, en el lugar imposible, los dos hombres vieron un pez. La vuelta de tuerca de este descenso es en la segunda visita que hacen al fondo del mar: entre una y otra la diferencia de profundidad es de solo 9 metros peroné esta segunda bajada lo que vieron fue una bolsa de plástico.
Piccard pasó décadas pidiendo financiación para limpiar el plástico de los océanos y murió sin ver el resultado. Rachel Carson escribió Primavera silenciosa sabiendo que el cáncer la mataba antes de que el libro saliera, y murió dieciocho meses después, en abril de 1964, cuando el debate sobre los pesticidas apenas empezaba. Robert Dick murió en la indigencia en 1866, después de que una tormenta arrasara su almacén en Thurso y le arruinara la harina comprada a crédito. Johannes Schmidt, el cazador danés de larvas, murió en 1933 sin haber alcanzado nunca a comprobar empíricamente la cópula de la especie cuyo origen había localizado. Cada uno de ellos es un mártir de un saber incompleto.
¿Para quién son estos libros, en Argentina, en 2026? Son libros para personas que aceptan el ejercicio de leer con lentitud sobre temas marginales, un pez, el fondo del mar y que lo que Svensson propone, sin decirlo, es que cualquier historia que el ser humano cuenta, la del padre y el hijo en Kvidinge, la del batiscafo en las Marianas, la del panadero escocés con su martillo de geólogo, la de la bióloga marina escribiendo contra los pesticidas mientras se moría, es una historia que empezó hace tres mil quinientos millones de años y que se pregunta hasta el día de hoy por su origen. Svensson no responde la pregunta.
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El evangelio de las anguilas y Un inmenso azul son libros que plantean temas complejos como el misterio de la naturaleza, padres ausentes, anguilas, abismos, mujeres científicas olvidadas. Svensson las encarna sin pretensiones y por eso vale la pena leerlo.