“Yo trabajé, hace muchos años, en una estación de servicio en Villa Martelli. Había un tipo que me llamaba poderosamente la atención. Se parecía bastante a Juan L. Ortiz. Era un tipo muy flaco, playero, con bigotito, anteojos y pelo medio raro. Era un lector, sobre todo de una revista:. Una. Tenía un solo número de Crisis, leído, subrayado con distintos colores, con pequeños comentarios al costado. De alguna manera, ese tipo para mí siempre fue la síntesis de la pasión en la literatura. Ese tipo se blindaba frente a un mundo que era hostil.
Con esa escena –la de un playero de Villa Martelli que se atrincheraba contra el mundo con un solo ejemplar de una revista–, el escritor Jorge Consiglio puso un toque de emocion en el debate sobre la crisis del libro y la cultura en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, este jueves.
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La mesa redonda, titulada Escribir en el siglo de la crisis del libro y la cultura. Autores y lectores ante un ecosistema en transformación, reunió a cuatro escritores argentinos: Claudia Piñeiro, Guillermo Martínez, María Inés Krimer y el propio Consiglio, bajo la moderación del periodista Patricio Zunini. El punto de partida fue una pregunta deliberadamente provocadora: ¿hay realmente una crisis, o la crisis del libro es tan antigua como el libro mismo?
Zunini formuló el eje del panel al destacar que su título bien podría haber circulado en cualquier momento del siglo pasado, probablemente desde que Cervantes escribió el Quijote. Guillermo Martínez coincidió. “Hay una crisis económica, social, que la vengo escuchando desde que era chico y mi mamá decía: ‘Hay crisis’”, señaló el autor de Crímenes imperceptibles. Luego, distinguió: la conformación de la obra literaria propia transcurre por un carril; las políticas de distribución y lectura, por otro diferente. Las obsesiones de un escritor, sostuvo, no dependen de los vaivenes del mercado editorial. Lo que sí se modifican son las condiciones en las que los libros llegan –o no llegan– a los lectores.
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El debate sobre la crisis y la economía
María Inés Krimer aportó los datos más duros de la tarde. Según el último informe de la Cámara Argentina de Libreros (CAL), entidad representativa del sector editorial, las ventas de libros cayeron entre un 10 % y un 20 %. El Estado dejó de realizar las compras históricas destinadas a distribuir títulos en escuelas y barrios. Las librerías cierran en la ciudad de Buenos Aires y, aún más rápido, en el interior del país. En el stand de editorial de la flor, sello emblemático de la cultura argentina, fundado por Daniel Divinsky, el cartel ya anuncia su cierre. “Son momentos muy dramáticos y complejos”, dijo Krimer. En un país donde el salario mínimo ronda los 300.000 pesos y el promedio llega a 800.000, comprar libros se convierte, según sus palabras, en “casi una utopía”.
La escritora también introdujo la cuestión del escritor como trabajador. Recordó el tarifario de la Unión de Escritoras y Escritores, la asociación gremial argentina, un logro que definió como inesperado.
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Nuevo contexto: algoritmo y censura
La mirada de Claudia Piñeiro amplió el diagnóstico con dos fenómenos propios de este siglo. Uno es el algoritmo editorial: igual que las plataformas de streaming que producen más series del género exitoso -dijo la autora de Las viudas de los jueves-, las editoriales empiezan a rechazar manuscritos y traducciones que no se ajustan a lo que las métricas consideran vendible. “Nos van a privar de otros textos interesantes por el algoritmo”, advirtió. El otro fenómeno es la censura conservadora, que no actúa con prohibiciones directas sino con presión sostenida: en algunos países, si diez padres protestan por un libro ante una escuela, al año siguiente el docente elige otro título para no tener conflictos. Piñeiro mencionó los casos de Dolores Reyes, Gabriela Cabezón Cámara, Aurora Venturini y Sol Fantin en la Argentina. Señaló que en Estados Unidos la lista de libros cuestionados incluye desde Stephen King hasta la versión ilustrada del diario de Ana Frank.
Jorge Consiglio identificó dos factores centrales que, a su juicio, definen la crisis actual: el desmantelamiento institucional, el recorte del financiamiento público a la cultura, y el impacto de la tecnología. “Te sentás a escribir y estás atravesado por un montón de cosas que son específicamente tecnológicas”, comentó. La aceleración, la presión por la inmediatez, la fragmentación de la lectura sostenida. Leer una hora sin que entre un WhatsApp le parece, hoy, “una pequeña revolución”. Así surge lo que él denomina una “estética del parpadeo”: textos más breves, sintaxis sincopada, oraciones cortadas. Una estética que, sospecha, influye directamente en lo que se escribe y cómo se escribe.
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El rol del crítico y las cifras comparadas
En la siguiente ronda, Guillermo Martínez resaltó otro aspecto crítico del presente: la desaparición del crítico literario. Años atrás, los suplementos culturales contaban con figuras formadas que actuaban como filtro y consagraban ciertos libros, poniendo en juego valores literarios propios. Hoy, las redes sociales han fragmentado la conversación: cada nicho —vampiros, manga, autoficción— lee lo suyo, sin una discusión más amplia sobre qué merece destacarse. “Cuando todo vale lo mismo, todo a la vez, pierde un poco de valor”, planteó. También subrayó la velocidad de circulación: los libros aparecen y desaparecen sin dejar huella, sin que quede claro cuál fue el “libro del año”. Consiglio coincidió y evocó la figura de Beatriz Sarlo y la revista Punto de Vista como ejemplo de un sistema de legitimación literaria extinto: “Busquemos lectores especializados, tipos idóneos, que se metan a fondo”, recordaba decir Sarlo. Hoy, ese rol lo ocupan los influencers, cuyos criterios permanecen inasibles.
A pesar de este diagnóstico, Claudia Piñeiro recuperó un dato valioso: la Argentina cuenta con más librerías per cápita que la mayoría de los países y mantiene una tradición de lectura sofisticada en ficción. Selva Almada y Samanta Schweblin entre los más vendidos, señaló, son cifras que en otros mercados no se repiten. “Hay algo que fuimos logrando en esa comunidad que traspasó todos los gobiernos”, recordó, y remarcó que ese capital cultural, construido durante décadas, podría deteriorarse con ciertas políticas, pero que no se desvanece de un día para otro. Guillermo Martínez subrayó que la caída de ventas en la Argentina contrasta con un incremento del 20 % en las librerías de España durante el último año.
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Perspectivas y cierre de los escritores
Consiglio afirmó que la escritura no se frena ni con un decreto ni con un ajuste presupuestario. “Me parece que hay algo del orden de la pasión que es poderosísimo. Debe haber cualquier cantidad de gente ahora mismo leyendo y escribiendo en e fleje. Haciendo sus textos chiquitos, digamos, que probablemente algunos lleguen y otros no, pero que, sin embargo, están ahí sosteniendo es”, expresó Consiglio.
Zunini cerró la mesa con un dato: un millón y medio de personas pasan cada año por la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. No todos compran. Pero el número, dijo, sugiere que el valor del libro se sostiene.
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La entrada, los horarios, los días
Entrada: La entrada a la Feria del Libro de Buenos Aires costará 8.000 pesos de lunes a jueves y 12.000 los viernes, sábados y domingos.
Con esa entrada, el visitante recibirá un “chequelibro” con el que podrá conseguir descuentos en librerías cuando termine la Feria.
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Gratis: de lunes a jueves desde las 20 h,
Fecha: La Feria sigue hasta el 11 de mayo.
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Horarios: de lunes a viernes de 14 a 22 h. Sábados, domingos y feriados de 13 a 22 h.
Dónde: En La Rural, Av. Sarmiento 2704, Av. Cerviño 4476 y Av. Santa Fe 4201 (Plaza Italia).