En octubre de 1924, el cineasta alemán Fritz Lang caminaba obnubilado por los grandes rascacielos neoyorquinos que le parecieron “espléndidas escenografías”. De aquella experiencia de tiempos de entreguerra, surgió la idea inicial de una súper producción situada en 2026, estrenada en 1927, futurista, que fue destrozada por la crítica y a la que el público le dio la espalda, un filme que fue censurado por nazis, partido en pedazos para ser vendido en distintos mercados y que tuvo y tiene con Buenos Aires una historia especial: Metrópolis.
Lang era ya un director con cierto renombre en su país, con alrededor de 10 filmes, entre largos y cortos, varios de ellos escritos por su esposa y guionista, Thea von Harbou, quien se haría cargo de la nueva historia: arriba, las clases altas viviendo en el lujo; abajo, los obreros; trabajo mecánico, deshumanización, vigilancia, discursos de odio que movilizan a las masas y un mensaje final, algo ingenuo, que continúa siendo polémico.
Metrópolis es la piedra basal del cine sci-fi: refuerza el cliché del científico “loco”, así como pone en escena al hombre-máquina (cyborg) o la relazión con la tecnología del humano jugando a ser dios que ya había planteado Mary Shelley en Frankenstein o el moderno Prometeo, mientras todo sucede en una ciudad imposible, caótica, voraz, interminable, magnánima. Sin dudas, Blade runner (1982) y sus replicantes o El quinto elemento (1997), por nombras algunas, bebieron mucho de este clásico del cine mudo.
En números, tuvo un presupuesto de 6 millones de marcos (más de USD40 millones) lo que la transformó en una de las películas más costosas de su tiempo; el rodaje involucró a más de 37.000 extras y empleó un total de 620.000 metros de celuloide, que se redujeron a 4.189 en el primer corte de edición, proceso que requirió más de 310 días y 60 noches de filmación, y se realizaron, además, 25 mil efectos especiales.
El filme, en la transición entre el expresionismo teutón y la Nueva Objetividad, se apoya en gran parte en su puesta arquitéctonica, en esa icónica torre Nueva Babel que domina el paisaje urbano, en esa ciudad dividida en dos -donde la parte superior vive la clase alta y en la subterránea, la baja- donde las máquinas, los grandes pistones, regurgitan sudor humano, donde cada una de las miniaturas de coches y aviones se movieron con stop-motion y en el que las columnas humanas se multiplicaron con un sutil juego de espejos desarrollado por el técnico de trucaje y director de fotografía Eugen Schüfftan.
Detrás de la coordinación de toda esa magia estuvo Otto Hunte, uno de los escenógrafos más importantes de los 20 y 30, un veterano de la Gran Guerra que tras el ascenso al nazismo supo acomodarse para los filmes propagandísticos y, tras la caída, para los antinazi.
La realización no fue sencilla, más allá de lo técnico, ya que Lang solía repetir las escenas y, en muchos casos, esto acarreaba peligros para el reparto. Por ejemplo, en una escena para la que se requerían hombres pelados no se logró contratar a los suficientes. ¿La solución? Rapar a mansalva. Tras horas de trabajo bajo el sol, muchos terminaron con ampollas en la cabeza. O durante la inundación, los extras pasaron horas bajo el agua, con serios casos de hipotermina. Incluso, la actriz principal, Brigitte Helm, que hizo los papeles de María y la psico-cyborg, debió saltar sobre fuego real en la escena de la hoguera.
A pesar de este despliegue industrial, la película fue un fracaso de taquilla y apenas se recuperó una séptima parte de su producción, lo que llevó a su productora, UFA, a la quiebra. A los seis meses se relanzó una versión recortada, que sería el primer paso a una mutilación sin fin. Tras un acuerdo de UFA con la MGM y la Paramount siguió siendo cercenada para exportación y que por ocho décadas se creía perdida para siempre el 25% de la original, hasta una sorpresiva reaparición en Buenos Aires.
Paramount contrató a Channing Pollock para simplificar la narrativa, eliminando secuencias centrales como la lucha final y escenas clave de la inundación subterránea. La versión estadounidense, de 115 minutos, debutó en Nueva York el 5 de marzo de 1927. En agosto de ese año, otro corte —de 117 minutos— fue presentado en Alemania tras una censura religiosa. Bajo el régimen nazi, la UFA promovió una versión aún más corta de apenas 91 minutos en 1936.
Estas mutilaciones respondían tanto a presiones económicas como a motivos ideológicos, incluyendo la eliminación de elementos percibidos como afines al comunismo o contrarios al nacionalismo alemán.
El ascenso del Partido Nazi agravó la situación fílmica y personal de Fritz Lang, quien terminó escapando hacia EE.UU. Tras recibir una oferta de Joseph Goebbels para dirigir la UFA a pesar de sus orígenes judíos, Lang huyó de Alemania esa noche, abandonando incluso a su esposa Thea, quien sí respaldó la política de Hitler y se convirtió en una ferviente defensora del nacional socialismo. Ya en el exilió, el director mantuvo una carrera destacada en Hollywood, aunque antes de marcharse realizó otra obra maestra estrenada en 1931: M. El vampiro de Düsseldorf o El vampiro negro o M, el maldito, según el país.
La crítica también fue impiadosa con la película. Entre ellos el autor británico de sci-fi H.G.Wells, que la consideró “una concentración inaudita de casi todas las tonterías, clichés y simplezas posibles” y el español Luis Buñuel, quien si rescató la parte escenográfica, pero apuntó contra el guion de vos Harbou.
Años después, Lang, en ese sentido, aceptó la crítica, a medias: “La tesis principal era de la señora von Harbour, pero yo soy responsable al menos del 50 por ciento porque yo hice la película. En aquella época, no estaba tan concienciado políticamente como ahora. No se puede hacer una película social diciendo que ‘entre la mano y el cerebro está el corazón’... Quiero decir que, realmente, es un cuento. Pero a mi me interesaban las máquinas...”.
El simbolismo religioso judeocristiano es otra de las estructura del relato y la organización social en la película, donde se integran los conceptos de redención, pecado y profecía bíblicos. La Catedral Gótica como refugio espiritual dentro de una ciudad dominada por las máquinas, contraponiendo el recogimiento religioso al universo tecnificado. En este escenario, María asume un papel de guía mesiánica y promueve la paz entre los trabajadores, mientras Freder encarna la figura de mediador que une a los líderes (“la cabeza”) y a los obreros (“las manos”) a través del “corazón”.
La película emplea iconografía directa de la Torre de Babel, la Ramera de Babilonia, y el demonio Moloch, una deidad antigua de Oriente Próximo asociada con sacrificios humanos y devoción fanática en culturas, que se presenta a través de los artefactos industriales como falsos ídolos.
Una cita con Buenos Aires
El martes 7, la versión restaurada y más completa de Metrópolis se presenta en el Teatro Empire, Hipólito Yrigoyen 1934, con una propuesta inusual: el ensamble El Juego Infinito acompaña la proyección del filme con música experimental en vivo. ¿Cómo puede un filme con 100 años convulsionar hasta los huesos? Primero, teniendo una historia profundamente actual y, luego, con una presentación a la altura de estos tiempos hipermodernos.
La combinación entre el cine de Fritz Lang y la experimentación sonora del grupo formado por Sami Abadi (violín), Rosa Nolly (saxo), Hernán Kerlleñevich (sintetizador) y Jerónimo Naranjo (guitarra y efectos), redefine la experiencia.
Con este acompañamiento, el filme se actualiza en lo sonoro y logra así un acercamiento mucho más profundo. La marcha zombie de los obreros durante el cambio de turno, un recurso que tomaría Chaplin con la escena del redil de ovejas ingresando al subte al inicio de Tiempos Modernos (1936), otra oda sobre la explotación laboral, la tecnología y las clases sociales, cobra una potencia con la melodía punzante y grave.
O cuando los trabajadores causan una inundación en su parte de la ciudad, olvidándose de los niños, motivados por los discursos de odio de la cyborg, que se vuelve profundamente drámatica. Y mientras ellos danzan en ronda, felices por haberse vengado de los que ostentan el poder, no comprenden que en realidad lo que han destruído es el futuro de sus hijos.
La versión que se presenta es emblemática, porque corresponde a una copia casi completa que permitió recuperar 25 minutos de metraje desaparecido durante más de ochenta años, que se encontró en Buenos Aires durante 2008.
El archivo hallado en el Museo del Cine de Buenos Aires contenía material fílmico en formato de 16 mm, considerado irrecuperable desde 1927. La copia, gestionada por el coleccionista y programador Fernando Martín Peña, incorporó escenas y subtramas que habían sido suprimidas en la versión internacional lanzada luego los múltiples recortes y censuras.
La destrucción física de los negativos originales durante la Segunda Guerra Mundial redujo por décadas la existencia a copias fragmentarias. Según la Fundación Murnau, durante más de medio siglo solo estuvo disponible una versión de 80 minutos resguardada en el MoMA de Nueva York, con una narrativa incompleta y personajes desdibujados.
Desde la década de 1970, distintos esfuerzos de restauración intentaron devolverle su complejidad original. En 1984, Giorgio Moroder sacó una versión tipo videoclip con música pop acortada y coloreada, lo que volvió a hacerla visible, mientras que en 2001, la Fundación Murnau realizó una versión considerada “definitiva”, aunque aún presentaba omisiones significativas.
La historia de este gran regreso puede verse en el documental Metrópolis refundada (2010), que recorre el camino de la copia desde su llegada al país en 1928, incluyendo testimonios de los restauradores Paula Félix-Didier, entonces directora del Museo del Cine, y de Peña, quien la encontró siguiendo un viejo registro familiar y también escribió un libro que lleva el nombre de la película.
La restauración encabezada por la Fundación Murnau en Alemania, tras el descubrimiento argentino, permitió que la versión original volviera a proyectarse, cerca de un siglo después de su estreno en Berlín.
Finalmente, en 2010 la versión restaurada con el metraje hallado en Buenos Aires tuvo su “re-estreno mundial” en el Festival de Cine de Berlín (Berlinale). El evento marcó la reintegración de la visión original de Fritz Lang a la memoria fílmica universal. Las nuevas secuencias, aunque de calidad visual inferior, restauraron la profundidad psicológica de personajes secundarios, ampliaron la narrativa política y recuperaron la tensión visual de la secuencia final.
La recuperación de Metrópolis devolvió al cine mundial una parábola fundamental sobre el conflicto social e industrial del siglo XX y que mantiene una triste vigencia. Un filme que se anticipó su época, no solo por proponer un futuro distópico, sino por plantear temas que luego se observaron durante la Segunda Guerra y, décadas después, regresan con fuerza: la estupidez ante la tecnología, la alienación, los grupos de poder dirigiendo el destino del resto, los discursos de odio como hiladores de desiciones desafortunadas para el bien común y el amor-desamor como gran motor, más allá de las máquinas.