“Lo que queda de la luz”, de Tessa Hadley: una novela sobre el matrimonio, la amistad y el peso de las renuncias del pasado

Con un estilo sutil y elegante, la escritora británica narra la historia de dos parejas inseparables durante más de tres décadas y cómo una muerte inesperada lo cambia todo

"Lo que queda de luz" es una novela delicada sobre preguntas que todos en algún momento nos hacemos.

Si nos preguntaran por el mejor momento de nuestras vidas, seguramente tendríamos esa postal a mano. Es porque en general asociamos esa idea de “mejor momento” a tiempos felices que tienen que ver con el amor, la belleza, la familia, la amistad o los logros personales o profesionales de cada uno. Hay algo de idealización en las escenas del pasado ya sea porque a la distancia les damos valor a cosas que cuando eran puro presente se pensaban naturales o, simplemente, porque como la juventud lo tiñe todo, lo que en realidad extrañamos de esa escena es que éramos jóvenes. A medida que nos hacemos viejos, tendemos a pensar que lo mejor ya fue. ¿Puede acaso el mejor momento de la vida llegar cuando la mayor parte de nuestra existencia ya es pasado? ¿Es posible disolver un conflicto estructural, un trauma paralizante o una fobia cuando el tramo que queda es infinitamente más corto que el que ya vivimos? En su novela Lo que queda de luz, publicada originalmente en 2019 y publicada un año después en español por la editorial Sexto Piso, la inglesa Tessa Hadley (Bristol, 1956) reflexiona sobre esa pregunta crucial para todo ser humano.

La historia arranca con una muerte inesperada. Zachary, un londinense cincuentón rico, amante y promotor del arte, marido ideal y entusiasta, sufre un infarto en su galería de Clerkenwell una noche de verano. Es Lydia, su esposa, la que llama desde el hospital a su amiga Christine para avisarle en pleno shock lo que acaba de suceder. Christine estaba con su esposo Alex disfrutando de una noche tranquila y escuchando música cuando llega ese llamado que va a cambiar todo en sus vidas y sus destinos. Amigas las mujeres, amigos los hombres, amigas las parejas y hasta las hijas jóvenes de ambos matrimonios, acaba de morir la persona que mantenía en pie las amistades y hasta las identidades de todos. En la novela, Hadley irá desmontando pieza a pieza la construcción de esos vínculos de más de tres décadas que aparentaban ser inquebrantables.

"Lo que queda de luz", de Tessa Hadley, fue publicada en español por editorial Sexto Piso.

Lo hará a través de un narrador en tercera persona que contará a través de siete capítulos los acontecimientos del presente de duelo pero también cómo se desarrolló aquello que unió para siempre a los cuatro amigos mayores. Así, el lector podrá saber que las acciones y sentimientos del presente estaban montados sobre hechos fundamentales del pasado y que, como suele ocurrir, ciertas brasas que parecían apagadas para siempre en realidad nunca habían dejado de arder.

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Un pasado que es presente

Zachary era muy rico y su mujer, Lydia, bella y sensual, después de nacer en una familia sin recursos y a partir de su pareja con Zachary, desarrolló una severa adicción al ocio, pero también a la dependencia. Alex es director de un colegio y fue poeta, nació en República Checa y llegó a Londres a los 9 años con su familia, huyendo del régimen comunista; pasó toda su vida queríendo ser local y buscando no cometer errores provincianos. Aunque su padre fue un gran escritor, él siempre tuvo dudas acerca de su propia literatura o, al menos, no consiguió la legitimación de la crítica y los pares que podría haberlo hecho feliz. Christine, su mujer, es una pintora que que tiene miedo de pintar: no consigue explotar como artista. Su esposo ignora su obra, la menosprecia. En sus cuadros, Christine –una persona muy inteligente e ilustrada– aborda cuestiones clásicas del día a día de las mujeres como los cuidados y el mantenimiento del hogar (es admiradora de la portuguesa Paula Rego) y eso siempre ha sido visto como algo menor, en el mejor de los casos, como arte menor. La mayoría de las veces, ni siquiera como arte.

“Christine tiene una mente muy literal –dijo Alex–. Le gusta el arte de lo cotidiano”.

"Los amigos", de Oskar Kokoschka.

Tanto Lydia como Christine no consiguen terminar de ser ellas mismas; todo lo que son tiene que ver con sus esposos. Ellas son alguien en cuanto están en pareja: “Sus vidas íntimas estaban protegidas por la fuerte coraza de popularidad y el saber hacer de sus maridos”.

Las mujeres se conocieron muy jóvenes, fueron compañeras de colegio y Alex fue su profesor de francés. Alex y Zachary se conocieron también en la adolescencia. Ya en la universidad, Christine vivió un romance con Zachary y Lydia estaba profundamente obsesionada con Alex, quien por entonces estaba casado con su primera esposa. Pese a que Lydia hace todo por conquistarlo, Alex finalmente elige a Christine y todo conduce a Lydia a terminar con Zachary para consolidar el “happy together” del grupo.

Volvemos al presente. El bueno de Zachary, que no confiaba en su atractivo (“Soy como el hermano de todo el mundo, ¿verdad?”), el que realmente creía en el arte de Christine y el mismo que le daba a Lydia todo lo que parecía necesario para ella se sintiera feliz y valiosa, muere sorpresivamente y deja a todos huérfanos de amor y humanidad. Lydia no puede quedarse sola y acepta mudarse a la casa de su amiga para atravesar el duelo en grupo. Mientras se recuperan del impacto, los tres sobrevivientes comienzan entonces a preguntarse por sus propias decisiones del pasado y actúan con la cabeza puesta en el presente, tal vez para extenderlo todo lo posible ya que, a la luz de la muerte de Zachary, el final de sus vidas se percibe más cercano que antes.

Tessa Hadley en el Festival de Edimburgo de 2013. Foto: Pako Mera (Grosby)

El matrimonio en esta novela no es una institución, tampoco un contrato: es una costumbre. Hadley parece observar a sus personajes casados como a esos objetos que ya no vemos, de tanto usarlos. Christine, en uno de los momentos más lúcidos de la novela, dice que para ella el matrimonio es simplemente “aferrarse al otro a través de la sucesión de metamorfosis. O fracasar en el intento”.

Esta amarga definición ilumina el problema central del libro (y de tantas vidas): los cuatro protagonistas se casaron siendo personas distintas a las que son ahora, y la distancia entre esas dos versiones de sí mismos es el fantasma que recorre la novela. No hay nostalgia por la juventud perdida, sino algo más duro: la lucidez que llega cuando empezás a ver que ya no es posible deshacer nada de lo que hiciste.

Cuando esto sucede, las mujeres de la historia terminan de ser concientes del modo en que organizaron su existencia en función de los hombres que las eligieron. Pasado el shock, la muerte y luego la ausencia de Zachary llevan a Christine y a Lydia a preguntarse por sus propios deseos. En la novela hay también espacio para pensar en los conceptos de traición y lealtad, pero prefiero no abundar en eso.

"Dos mujeres", de Edgar Degas.

El tiempo, protagonista silencioso

El gran tema sobre el que se construye la novela de Hadley es el paso del tiempo aunque no como drama sino como la fuerza que va esmerilando los cuerpos, los deseos y las ambiciones. El título original es Late in the Day (Al final del día) pero el título en español parece concentrar mejor la idea madre de la novela. En Lo que queda de luz nos encontramos con ese resto, ese cachito vital que aún tienen por delante los personajes, algo que en el título original se pierde. Y entonces volvemos al comienzo de esta nota: ¿qué queda cuando la luz del día ya pasó? ¿Qué forma van adoptando los amores, los sueños y las frustraciones para quienes ya no tienen todo el tiempo por delante? ¿Cómo se hace para dedicar lo que queda para sostener la ilusión y la confianza en uno mismo?

A través de formas narrativas clásicas que bucean en profundidad en las características de sus criaturas, Hadley consigue que los personajes de esta novela, que tienen alrededor de cincuenta años, sean concientes de que si bien aún queda tiempo por delante, el margen para redireccionar o reinventarse ya es muy estrecho. Algunas críticas se detuvieron en una escena clave: transcurre en Venecia y todavía están los cuatro, por momentos todos juntos, a veces no (y no siempre sabe el lector qué está pasando entre ellos). En un momento, Christine le dice a Zachary: “A veces pienso que puedo prescindir del presente. El pasado es suficiente para mi vida”. En ese pasado, ya sabemos, siguen vivas todas las Christine que pudieron haber sido, aquellas a las que ella renunció por temor, por inseguridad, por falta de acompañamiento.

La historia de Lo que queda de luz no avanza en línea recta sino en espiral y a la manera de pentimento: cada regreso al pasado añade una capa de comprensión que permite ver el presente de otra manera. Es interesante porque la estructura de alguna manera reproduce el modo en que se activa la memoria cuando alguien muere: no es una cronología sino una acumulación de imágenes que pelean por buscar un sentido que no existe.

Tessa Hadley en el Hay Festival de 2022 (Grosby)

Una escritora de perfil bajo

Tessa Hadley publicó su primera novela a los cuarenta y seis años, luego de varias décadas de escritura privada y una larga carrera académica. Ese trayecto alejada del sistemadefinió la madurez de su obra. No parecen interesarle los fuegos artificiales de la lengua así como tampoco la frivolidad y por eso su novela se lee como un intento de exploración de los sentimientos y los deseos humanos. Tal vez allí esté la herencia de Henry James, el escritor al que le dedicó varios años de su vida en sus trabajos académicos.

Sin embargo su prosa no se parece a la de James. Hadley escribe como sin esfuerzo, tratando de iluminar rincones de la historia y las experiencias que podrían quedar ocultos si no estuviera ella ahí, observando. No hay en su escritura alardes ni gran experimentación formal; hay, en cambio, una gran atención a los detalles —la ropa, la comida, los gestos— con los que construye el mundo social de sus personajes. La crítica Johanna Thomas-Corr encontró la fórmula justa para describir esa particularidad: “Su prosa —mesurada, irónica y de una perspicacia cautivadora— capta todas las contradicciones de la existencia humana. Con Hadley, uno sabe que hay un adulto en la sala”.

Hadley tiene fans entre las escritoras más jóvenes que ella como Zadie Smith o Chimamanda Ngozi Adichie y muchos ven en su modo de reflejar el flujo de la conciencia la influencia de Virginia Woolf, pero a partir de que narra la vida cotidiana y el mundo doméstico para explorar la existencia misma y la moral de su tiempo la asocian a otras grandes escritoras británicas como Elizabeth Taylor, la autora de Prohibido morir aquí.

"Dos mujeres sentadas", de Edvard Munch.

Problemas burgueses

Aunque habla de sus valores y su calidad literaria, en su reseña de Lo que queda de luz, que es la séptima novela de Tessa Hadley, el crítico Andrew Motion recurrió al concepto despectivo de “Hampstead novel” con el que cuestionan y se burlan de la ficción de adulterios y dilemas morales que transcurren en ambientes de clase media ilustrada londinense. La mayor crítica que le hace a la novela es que las historias matrimoniales ocupan demasiado espacio hasta que trata temas como el desplazamiento o la independencia de las mujeres.

Pienso que Motion escribió en influido por el que fue un momento muy rico para las mujeres, cuando la revolución de por los derechos estaba en marcha y sin grandes obstáculos a la vista. Cuando no imaginábamos ni en las peores pesadillas la era actual de desprecio y burla por esos mismos derechos. Sin embargo, y sin dejar de reconocer que la novela se ocupa de problemas burgueses en un ambiente burgués y en una ciudad europea, me atrevo a decir que es mejor dejar de abundar en tantas etiquetas para hablar de la literatura.

Y es que con esta historia Hadley consigue darles espacio a preguntas existenciales (cómo cambiar cuando ya es tarde o cómo conservar el entusiasmo vital cuando el tiempo va quedando corto) y esas preguntas, queridos lectores, van mucho más allá de los espacios físicos, sociales y simbólicos que las disparan porque son, en definitiva, las preguntas que nos hacemos todos los humanos que tenemos la fortuna de llegar a viejos.

Nick Drake (prensa Island Records).

Para ir terminando: hay una canción que me gusta mucho, que es de un artista que me gusta mucho. El tema es Day is done; el artista, Nick Drake, uno de los artistas más tristes de la historia. La letra de su canción habla de fiestas, partidos y carreras que están llegando al final, pero en realidad habla de la vida misma y del tiempo que nos queda para hacer y para cambiar cosas. Nick Drake consumió su vida muy rápido, por eso hablaba como alguien mucho mayor. Murió a los 26 años, pero hacía tiempo que su día, su fiesta, su partido y su carrera habían terminado.

El final de la letra dice así:

When the party’s through

Seems so very sad for you

Didn’t do the things you meant to do

Now there’s no time to start a new

Now the party is through

When the day is done

Down to Earth then sinks the Sun

Along with everything that was lost and won

When the day is done

……………………………….

Cuando la fiesta se acaba

Parece muy triste para ti

No hiciste las cosas que querías hacer

Ahora no hay tiempo para empezar de nuevo

Ahora que la fiesta se acaba

Cuando el día termina

El sol se hunde en la tierra

Junto con todo lo que se perdió y se ganó

Cuando el día termina

Si llegaste hasta acá, seguro, seguro, te quedaste pensando en esta pregunta: ¿hasta cuándo hay tiempo para tirar del mantel y empezar de nuevo?

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