“Oye guapa”, el audio viral que despertó el debate sobre la seducción

La frase de Luciano Castro puso en el centro de la conversación la manera en que los hombres seducen y el eterno regreso de Don Juan, esta vez en clave contemporánea

Con su ya famosa frase, el actor Luciano Castro disparó el debate sobre la seducción (Foto: Alejandra López)

Hace poco un hombre se volvió viral por la manera en que invitaba a una mujer a partir de fingir un acento extranjero. “Oye guapa”, es la frase que se popularizó.

Hablar de la vida de los demás no es algo interesante. La cuestión es pensar si hay algo relevante en el fenómeno. ¿Qué es la seducción? ¿Cuándo un hombre adquiere el estatuto de “mujeriego”? ¿Se puede seducir sin ficción, sin un personaje o impostura? ¿Don Juan es un histérico?

Estas son algunas de las preguntas que quisiera compartir y conversar con ustedes, queridos lectores. Primero, hablaremos de la seducción en psicoanálisis; luego, iremos hacia la figura de Don Juan, a partir de algunas ideas de Jacques Lacan. En la tercera parte, leeremos un clásico: Diario de un seductor, de Søren Kierkegaard.

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Psicoanálisis de la seducción

La seducción no es un tópico especialmente considerado por el psicoanálisis. Quizá porque se la podría considerar parte de la vida amorosa calificada como “normal”. No obstante, desde Freud sabemos que no es necesario esperar a que un fenómeno se vuelva “patológico” para reclamar la atención del psicoanalista.

En efecto, la obra freudiana apunta, precisamente, a trazar una relativa indistinción entre la salud y la enfermedad. Pero este argumento no parece ser el más eficiente para justificar el particular descuido de la cuestión, porque, de modo ocasional, nos encontramos con sujetos cuya posición de seductores “natos” es particularmente incómoda.

La mayoría de las veces se trata de hombres que no pueden dejar de inmiscuirse en diversos deseos con los que se cruzan, al punto de que luego, no pocas veces, terminan quejándose del particular esfuerzo que les requiere estar a la altura de lo que han generado. En última instancia, y como contrapunto, es una queja corriente de las mujeres de nuestra época hablar de una “histeria” masculina, como un modo de referirse a esos hombres que solo se erotizan preliminarmente –que disfrutan de la seducción– y, luego, en el momento de condescender al deseo, desaparecen.

Asimismo, si la cuestión de la seducción no ha despertado demasiado interés en la teoría psicoanalítica, esto puede deberse también a un motivo estructural: por lo general, cuando se interroga la vida amorosa, se intenta esclarecer las condiciones del objeto deseado, y no tanto la posición del deseante.

La mayoría de las veces se trata de hombres que no pueden dejar de inmiscuirse en diversos deseos con los que se cruzan

Don Juan no es un seductor

Ahora bien, si se trata de pensar en la posición del deseante, ¿coincide la seducción con el donjuanismo? Don Juan es aquel que sería capaz de ver la singularidad de cada mujer; o, dicho de otro modo, ese hombre que podría apreciar a cada mujer como única, para el cual solo existirían las mujeres y nunca buscaría en una los rastros de otra.

No obstante, este hombre no existe. Y, según Lacan, habría que entreverlo como un fantasma femenino:

“Si el fantasma de Don Juan es un fantasma femenino, es porque responde al anhelo de la mujer de una imagen que desempeñe su función, función fantasmática –que haya uno, un hombre, que lo tenga– lo cual, en vista de la experiencia, es un desconocimiento de la realidad –todavía más, que lo tenga siempre, que no pueda perderlo. Lo que implica precisamente la posición de Don Juan en el fantasma es que ninguna mujer puede arrebatárselo, he aquí lo esencial. Es lo que él tiene en común con la mujer, a quien, por supuesto, no puede serle arrebatado porque no lo tiene.”

Traduzcamos a Lacan, dentro lo posible: la mujer imagina que podría haber un hombre que no estuviese atravesado por la castración (uno que no sea “igual a todos”). Sería un hombre, entonces, al que nada le faltaría… como a la mujer –he aquí por qué Lacan dice que se trata de un fantasma femenino, aunque sería más correcto decir que se trata de un fantasma neurótico que imagina en el hombre un goce simétrico al de la mujer.

Jacques Lacan, psicoanalista francés (1801-1891)

De este modo, puede verse cómo el donjuanismo no está asociado a la delicadeza o al mero coqueteo de que puede hacer gala el hombre. En todo caso, estas actitudes remiten al pavoneo fálico con el que un hombre puede “vestirse” –su relativa impostura– para demostrar su interés por una mujer. Pero el caso del Don Juan, como fantasía, remite a ese punto en que ese hombre –que se supone que existe– no estaría interesado por ninguna en particular: “le gustan todas”, como se dice.

La función del donjuanismo no nombra lo que habitualmente llamamos un “Don Juan” –el mujeriego–, sino una condición estructural:

“La huella sensible de lo que les planteo acerca de Don Juan es que la compleja relación del hombre con su objeto está borrada para él, pero a costa de aceptar su impostura radical. El prestigio de Don Juan está ligado a la aceptación de dicha impostura.”

Dado que para él está borrada la relación con el objeto, por lo tanto, Don Juan no es un hombre deseante. De este modo, cumple –como todo fantasma– una función defensiva:

“Hay que decirlo, no es un personaje angustiante para la mujer. Cuando sucede que una mujer siente que es verdaderamente el objeto en el centro de un deseo, pues bien, créanme, de esto es de lo que en verdad huye.”

A algunas mujeres las atraen los Don Juanes precisamente porque ostentan mucha escena, pero su deseo es mínimo. En definitiva, el fantasma de Don Juan es una forma de defensa contra el interés (y el deseo) que un hombre podría manifestar por una mujer. Algunas mujeres lo dicen así: “¿Por qué me gustan los que no me dan bola y ese que quiere estar conmigo no me gusta?”.

Una deriva de este ponerse a resguardo se da a través de la idealización del hombre, al cual se le supone que podría tener a todas las mujeres, como un modo de indeterminar el carácter singular del deseo. Otra deriva podría estar en un fantasma de celos y, en este caso sí, en la suposición de que el hombre es un mujeriego, como una manera de salir del “centro”.

A algunas mujeres las atraen los Don Juanes precisamente porque ostentan mucha escena

Sabido es que muchas veces los celos son un modo de reclamar el amor de aquel a quien no se desea; pero, sobre todo, los celos son un modo de atribuirle un deseo a quien no es deseante.

Ahora sí, pasemos al seductor.

¿Es la seducción una perversión ilustrada?

El Diario de un seductor pertenece a los escritos del momento estético de la obra de Kierkegaard (que debería ser superado por el momento ético y, luego, por el religioso) y, junto con el comentario de Don Juan, de Mozart, constituye uno de los capítulos centrales de la obra O lo uno o lo otro (1843).

En el centro del momento estético se encuentra la noción de placer, pero no se trata aquí de una noción unívoca: mientras que Don Juan encarna la sensualidad en su sentido más inmediato, el seductor se inclina por una conquista “intelectual”. Si para el primero el placer se confunde con la posesión de la mujer amada, el seductor busca montar un escenario de signos desde el cual alcanzar el deseo de la mujer amada.

Según Kierkegaard, el momento estético debería ser superado en función de su propia abolición, a partir de su límite intrínseco en el aburrimiento. Podría pensarse, para el caso, en esa posición habitual de la histeria (en hombres y mujeres) que, de insatisfacción en insatisfacción, se desplazan en “deseos vacíos” –hoy el gimnasio, mañana la danza, pasado el ikebana– que les permitan evitar el peso de la existencia.

En el Diario, el protagonista –cuyo nombre también es Juan–, se encarga de conquistar a una joven muchacha, que encarna una condición de amor bastante precisa:

“… porque una chiquilla que tome parte en muchas diversiones, en general, no merece ser cortejada. Normalmente le falta esa ingenuidad que es y seguirá siendo, para mí, conditio sine qua non.”

Esta ingenuidad es elevada al nivel de un rasgo ideal, es decir, se trata de una muchacha que debe desconocer el mundo del erotismo, a la cual el seductor debe enseñarle a amar, encontrando en este artificio su propio límite:

“Una vez que haya dispuesto todo de forma que ella haya aprendido qué significa amar y qué significa amarme, entonces el noviazgo, como forma imperfecta se romperá.”

Una representación artística del filósofo danés Søren Kierkegaard (1813-1855)

De esta indicación podría pensarse que –en el deseo de ser amado– el seductor es aquel que busca edípicamente el lugar de falo del Otro; no obstante, avanzar en este derrotero, como suele ocurrir con las interpretaciones edípicas, sería un empeño reduccionista, ya que la estructura de deseo del seductor tiene una complejidad mayor.

En todo caso, más que ser amado, el seductor se propone despejar cierto deseo en la muchacha desde el cual hacerse amar. Ahora bien, este deseo tiene, a su vez, un tercer rodeo, ya que el protagonista sostiene que “me limito a enseñarle continuamente lo que de ella tuve que aprender”.

Entonces, el deseo de ser amado, como forma de hacerse amar desde un deseo, tiene como propósito final restablecer en la muchacha ciertas condiciones de deseo que ella desconocería de sí misma. Así lo sostiene el protagonista cuando, por ejemplo, sostiene que “aprendí a bailar por la primera jovencita que amé, aprendí francés por una bailarina”.

De este modo, el seductor apunta no meramente a buscar un Otro del deseo–cuestión que podría emparentarlo con una forma de la histeria–, sino que también hay cierto goce supuesto en esta dirección, algo que la muchacha desconocería de sí misma y debe aprender a través del ejercicio de la seducción. ¿Es la seducción una perversión ilustrada?

No vayamos tan rápido. No condescendamos al impulso actual de ver perversos por todos lados. Quizá podría pensarse que esta última determinación acerca la posición del seductor a la del perverso, que busca reintegrar al Otro un goce al que se encuentra consagrado. No obstante, en este caso la función del objeto en el deseo no es la misma que en la perversión: en esta última el sujeto se convierte en instrumento del goce del Otro. En la seducción, en cambio, el objeto se encuentra cedido al Otro, se le supone, en todo caso, una función de causa del deseo.

La misión del seductor sería adelantarse a esa función y, antes que tentar al deseo, restarse para que la muchacha descubra un goce que ignora… pero un goce con el que puede causar el deseo. Quizá podría decirse que el seductor es aquel que conserva del histérico su interés por el deseo del Otro; y que asume la posición de competir con la función de la causa; pero que su modo de suponer el goce implica una versión fantasmática de la feminidad: si bien en su caso no se trata del deseo de poseer, este deseo apunta a un goce que interpreta fálicamente.

El seductor apunta no meramente a buscar un Otro del deseo, sino que también hay cierto goce supuesto en esta dirección (Prime Video/Captura de pantalla)

El fantasma del seductor sostiene que la mujer necesita del hombre para descubrir su feminidad, es decir, que se trata de un deseo que necesita del falo como llave maestra y que, además, el goce femenino puede enseñarse y compartirse. El interés del seductor por muchachas ingenuas puede ser esclarecido de acuerdo con este último lineamiento.

Si el seductor se presenta como alguien que estaría en una posición excepcional –“yo no me preocupo nunca de escribir mi nombre donde muchos otros han escrito el suyo”– es porque su estrategia es la de ser ese hombre que podría amar a cualquiera, pero que no demostraría interés en ninguna en particular y, por lo tanto, el correlato de la ingenuidad estaría en que se trate de una mujer que no podría ser degradada (en el deseo): “Cuanto más entrega se pueda aguantar en un amor, más interesante se hace… [Es el] goce auténtico”, dice Kierkegaard.

En función de estos términos es que puede entenderse que junto a la condición de ingenuidad se destaque una condición de idealidad en las muchachas elegidas:

“La imagen que conservo de ella oscila vagamente entre su verdadera figura y la ideal. Y yo dejo que esta figura se me muestre, ya que su fascinación consiste precisamente en la posibilidad que tiene de ser la misma realidad […] Esta posibilidad es condición para que su imagen, la auténtica, se me pueda mostrar.”

De este modo, la fascinación en la ingenuidad, asociada al efecto de idealización de la muchacha, es una manera de investir a esta última con cierto valor fálico:

“Si desde la primera mirada una joven no nos causa una impresión tan profunda que nos evoque el Ideal, entonces, en general, la realidad no es particularmente digna de ser deseada.”

Asimismo, como esta última indicación demuestra, la fascinación se encuentra enlazada al dominio de la mirada. De hecho, podría decirse que todo el territorio de la seducción se reparte en signos dedicados a la mirada. El seductor es aquel que se aproxima al deseo en función de pequeños índices que se dan a ver. Diversas afirmaciones del protagonista del Diario exponen esta particular captación, por ejemplo, cuando el protagonista sostiene que “una mirada de soslayo es mucho más peligrosa que una gerade aus [de frente]”; o bien, que “daría cien taleros por ver la sonrisa de una jovencita en la calle…”.

Sin embargo, lo fundamental es que dichas mostraciones obedecen a un principio fundamental: “cuando se quiere ver algo, no se debe bajar totalmente el velo”. Todos estos gestos y manifestaciones tienen como propósito conservar el goce supuesto de la mujer como algo invisible, siendo también esta invisibilidad la posición misma del sujeto, el punto de desvanecimiento en que el seductor busca ver sin ser visto –“intentaba verla sin que me viera”–, por ejemplo, cuando rechaza acompañar a las muchachas en un paseo y se presenta, luego, sorpresivamente, dejándose ver como un paseante más.

El seductor, entonces, no es el caballero que se ofrece a la muchacha con el afán de conquistarla a partir de sus emblemas fálicos, más o menos interesantes, sino que es quien busca implementar una “trampa” (dice Kierkegaard), que muchas veces tiene como hilo conductor el fingimiento de la indiferencia. El seductor se da ver a condición de no ver –con el velo del soslayo–, atento al gesto esquivo que hablaría de un goce escondido.

De este modo, el seductor cultiva su invisibilidad –“mientras yo estoy visiblemente presente es invisible y cuando estoy invisiblemente presente es visible, soy yo”– como una forma de convertirse en “enigma”, cuyo correlato es el misterio del goce femenino, al que trata de hacer condescender a una formación de la mirada (el velo), y del que abjura cuando lo supone hecho de la misma materia que el goce masculino.

Para concluir, podríamos aventurar una pregunta que no tiene una respuesta precisa: los hombres ¿se han vuelto menos donjuanes y más seductores? Don Juan es una escena sin deseo, el seductor un deseo con escena en fuga. La queja generalizada actual podría ir en esta dirección, pero llegar a una conclusión sería decir menos que dejar planteada la inquietud.

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