Soy un lector apasionado, y si bien escribo a tiempo completo desde siempre, la mayor parte de mis palabras son para el derecho, no para la literatura. Siempre anhelé pero jamás pensé que lograría llegar a escribir y publicar algo que no fuera puro análisis jurídico. Pero aquí está.
Debieron pasar antes largos años de mucho trabajo profesional, de participar en proyectos políticos, de acompañar a mis hijos en su lento (o tan rápido) crecimiento, de viajar y experimentar.
Finalmente muchas cosas confluyeron para que el escritor pudiera hacerse oír por sobre el abogado: mis hijos ya grandes, la mudanza al Uruguay, la bendición de poder vivir junto al mar y la naturaleza (y enamorado), el aliento de los más cercanos que aplauden mis ocurrencias y me piden más cuentos. Todo para agradecer.
Dos veces recibí premios en concursos de letras: la primera en el colegio secundario (fui el único participante); la segunda en B-Arte 2022, con el cuento bitcoiner Vida de Raúl. No lo incluí en este volumen por preservar la unidad temática, pero espero que algún día encontrará compañía suficiente para integrar un libro.
Hoy continúo trabajando y escribiendo, con la esperanza puesta en poder aportar algo valioso, algo de belleza, algo de ternura.
Cómo nace y crece este libro
Los Cuentos de Amar y Mar los comencé a escribir en un avión, de regreso del Caribe. Había encallado sin remedio un hermoso catamarán de alquiler en un arrecife y me volvía con el sabor agridulce de la humillación y de la supervivencia. Unas horas antes había tenido que escribir un reporte para la compañía de seguros y me di cuenta de que había muchas cosas más que yo quería decir. Agarré la notebook, y a medida que escribía, el relato se me iba escapando hacia la ficción. Un poco a los desastres de lo que podría haber pasado, pero más a lo que podría estar sucediendo por debajo de cada una de las imágenes que iban así mutando. Si las cosas en la realidad se habían ido medio al demonio, en la ficción derrapaban más, pero iban adquiriendo también algún sentido. Aterricé en Ezeiza con un cuento (o con un borrador, porque las horas que tiene cada cuento son infinitas).
Después fue un poco repetir ese proceso de distorsión y encantamiento con cosas que me iban pasando o que me habían pasado. Y no es que me sucedan muchas cosas, o cosas muy extraordinarias; pero se tornan un poco extraordinarias cuando aparece una luz que les entra de determinada manera, y los hechos triviales producen reflejos que, al menos a mí, me parecen inusitados.
A veces tuve que explicar a protagonistas o testigos que esto es ficción y no mera crónica. No todos lo entienden, pero mi mujer por suerte sí. Ella —que con nombre artístico aparece muy maltratada en la ficción— entendió el juego enseguida. No solo se divierte (nos divertimos un montón) sino que se convirtió en mi primera y más exigente lectora. Aportando así su cuerpo y también su arte para estos cuentos.
Como soy una persona que llegó de grande a la navegación —también a la escritura— cometo algunas torpezas que tienen sello de autor, y me permito mirarlas como desde fuera de los tecnicismos náuticos y sin vergüenza alguna (“¡Cómo iba a confundir una driza con una escota! Pero yo cómo iba a saber”).
Para limar las torpezas de la pluma me he valido del trabajo en el Taller de Corte y Corrección, donde Marcelo di Marco actúa como un editor despiadado, obsesivo, reiterativo, casi sanguinario. Todo lo que se necesita para salir de la edad de los palotes y acercarse a la de las letras. Vale decir que no fue el único profesional que me acompañó en este proceso.
Durante más de un año tuve el libro casi terminado pero sabía que le faltaba un cuento. Ese relato me apareció en otro aeropuerto, en Auckland. Lo escribí con el corazón en la mano, tanto que no pude evitar darle mi propio nombre al protagonista. Entonces supe que el libro ya podía ver la luz.
La Editorial El Pulpo Negro era mi primera opción: me pareció que el libro iba a estar bien cuidado en esa pequeña editorial de nicho. Lo primero que hizo el editor fue mandarme a podar la mayor parte de las palabrotas del manuscrito. Resultó ser un gran consejo, porque muchas eran atajos fáciles. Y el proceso de revisión que hice dio al final un texto más puro.
La editorial descartó la tapa que yo traía, y con sus ideas me dio la oportunidad de recorrer un hermoso camino con mi hijo Tobías. Él es el delirante artista digital que pintó el velero navegando entre volutas de papel que resemblan los meandros de un cerebro humano.
El libro reúne historias que comulgan con el mar y con la navegación. Pero no todos los cuentos son aventuras náuticas, y creo que ninguno de ellos es estrictamente náutico. La navegación es más bien metáfora de otras cosas más universales. Y la terminología náutica, cuando ella es obligada, intenta tener su explicación en el mismo texto.
Alguien señaló que a lo largo del libro los cuentos se ordenan con una evolución, un crecimiento, en el navegante y también en el escritor. Ojalá que así sea. Y que la evolución continúe, porque vivirla es apasionante.