Juliana estuvo la semana previa a su viaje haciendo listas: la ropa que quería llevar, los hoteles en los que se iba a alojar, los recorridos que iban a hacer, los días gratis en los museos que querían visitar. Pero había una lista a la que volvía todo el tiempo: la de los pros y contras de subirse o no a ese avión. “Yo estaría feliz si fuera vos”, le dijo una compañera de trabajo cuando le contó que le daba tanto miedo volar que estaba pensando en suspender todo y tratar de recuperar algo de dinero de los pasajes.

100 preguntas a un piloto de línea aérea
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El día del vuelo casi que sintió alivio porque pensó que por fin iba a poder dormir cuando llegara a Madrid. Hacía días que dormía entrecortado, siempre pensando en el avión. Se subió, se sentó en su asiento en el pasillo —aún no se anima a la ventana— y cuando el avión empezó la carrera de despegue sintió que al final no era para tanto. Veinte años sin volar y, pensó, de verdad había exagerado. Pero de repente, empezó a sentir palpitaciones cada vez más aceleradas cuando algo cambió en el ruido del avión. “¡Se apagaron los motores!”, le dijo a su novio. ¿Eran los únicos en darse cuenta de lo que pasaba? ¿Y las azafatas? ¿Por qué no se levantaban para ir a explicarles lo que estaba pasando? Al final, se hubiera dejado llevar por su instinto y se hubiera quedado en su casa. Hasta que el piloto anunció que ya habían alcanzado los 10.000 pies, aparecieron los tripulantes de cabina por el pasillo sonriendo, conversando entre ellos como ella conversa con sus compañeros de trabajo y de a poco su corazón se fue normalizando.
Lo que le pasó a Juliana me pasó a mí no una, sino cientos de veces. Durante años creí que era la única que se sentía así, que había algo defectuoso en mí. Cada ruido, cada movimiento que yo percibía como inesperado activaba mi alarma interna de “algo está mal” y me preguntaba “quién me manda a hacer este viaje”. Nunca nadie me explicó que, después del despegue, cuando el avión empieza a ascender, ya no necesita tanta potencia. Por eso escuchamos como si un motor se apagara. Me hubiera encantado saberlo antes y, por ejemplo, poder ir al casamiento de una de mis mejores amigas, pero tampoco uno puede subir a un avión con un bloc de notas lleno de preguntas y tocar la puerta de la cabina. Salvo que… esas dudas estén concentradas en un libro y que sean respondidas por un piloto.
Así se me ocurrió la idea de 100 preguntas a un piloto de línea aérea: todo lo que siempre quisiste saber sobre aviones pero nunca tuviste a quién preguntarle.
El título ya lo tenía. Faltaba saber si mis dudas coincidían con las de mis seguidores. Entonces, publiqué en Instagram la pregunta: “¿Qué le preguntarías a un piloto?” Llegaron cientos de preguntas. Muchas se repetían. Ahora, solo faltaba encontrar un piloto que fuera lo suficientemente generoso para querer ayudar a las personas con miedo, que escribiera en su tiempo libre y que tuviera disciplina para poder publicar el libro en un plazo no tan largo.
Cuando conocí a Nicolás Labat, supe que era el indicado. Primero porque no me hizo los chistes a los que estaba acostumbrada de parte de algunos pilotos del tipo: “pero por qué no probás con una copita de vino y después te dormís”. Segundo, me contó que cuando el jefe de cabina le informaba que había un pasajero con ansiedad o miedo, él intentaba hacer anuncios largos, para dar tranquilidad. No siempre se hacen en el mismo momento, a veces cuando se termina el embarque y todos los pasajeros ya están en sus asientos. O a veces ya en el ascenso. En el descenso, nuevamente es frecuente escuchar el anuncio de los pilotos. “Hemos iniciado nuestro descenso para aproximar en la ciudad de San Carlos de Bariloche, les actualizo las condiciones, tenemos 25 grados de temperatura, el viento está alineado con la pista, óptimo para el aterrizaje, esperamos que hayan tenido un vuelo placentero, les agradecemos que hayan volado con nosotros y queremos transmitirles que es un placer poder compartir con ustedes esto que para nosotros es una pasión y ojalá lo hayan disfrutado tanto como nosotros”.
Le conté de la idea del libro y enseguida dijo “sí”. Coincidimos en ordenar las preguntas por fase del vuelo: el despegue, aviación en general, aterrizaje, turbulencias y meteorología y, por último, los pilotos. Y nos reunimos varias veces para delinear un esquema de trabajo. Fueron 12 meses de idas y vueltas, obviamente el que tenía la información era él pero yo quería asegurarme que sus explicaciones fueran fáciles de entender por los que no tenemos nada que ver con la aviación. Lo que aprendí durante ese tiempo es difícil de sintetizar. No solo de los aviones, sino de la vida de un piloto. Todo lo que estudian cada vez que tienen que ir al simulador, cómo se organizan cuando están de guardia o incluso cómo impacta esa profesión en su vida personal y familiar.
Algo que a muchos les sorprende es que tener miedo a volar no es incompatible con amar los viajes o incluso con sentir fascinación por los aviones. Al 71 % de quienes tienen temor a volar les gusta sentarse en el aeropuerto a ver aviones, mientras esperan en la puerta de embarque. Parece una contradicción, tal vez lo sea: miedo y fascinación conviviendo en la misma persona. Otro hábito típico es “espiar” al piloto antes de subir al avión: el 80 % de los seguidores de Volar sin miedo confiesan hacerlo.
Pero el momento favorito de los que tienen miedo a volar es cuando el piloto se presenta cuando hace el anuncio de bienvenida y resume cómo va a ser el vuelo: al 92 % le da mucha tranquilidad escuchar al piloto. Es la voz de alguien que no conocemos, pero en ese momento, durante el tiempo que dure el vuelo, se vuelve la más importante del mundo.
Finalmente, el libro nos llevó 12 meses de escritura, correcciones, revisiones. No son tantas páginas pero no es un libro cualquiera: las respuestas —en su mayoría sobre temas técnicos— debían ser lo suficientemente claras para que cualquier persona pudiera comprender y debían aportar tranquilidad. Con una disciplina casi aeronáutica, cumplimos al pie de la letra con el método de trabajo que nos habíamos propuesto y finalmente pudimos tener en nuestras manos el libro impreso.
Muchas respuestas fueron reescritas tres o cuatro veces hasta que sonaran como si un amigo me las estuviera explicando en un café.
Las editoriales que habíamos contactado nos habían dicho que les gustaba mucho la idea, que estaba bien planteada pero que no les parecía que hubiera tanta gente con miedo a volar. Paradójicamente, ese miedo es el motor de toda mi comunidad y también el motivo por el que existe este libro. De hecho, les llamó la atención cuando les dijimos que se estima que 1 de cada 3 personas siente algún tipo de ansiedad al volar. No nos desanimamos y buscamos encarar el proyecto en forma independiente con un sueño en común: que el libro sea una especie de compañero de viaje de esas personas que, como le pasó a Juliana, tienen muchas dudas y no tienen a quién preguntarle.