Como la gran mayoría de pintores de su época, el español José de Ribera tuvo una profusa producción santa y pagana: escenas de la biblia y de la mitología griega, aunque también, retratos.
Pero hay uno que, por su singularidad, por su extrañeza no sólo en la época, sino además en los tiempos por venir, continúa cautivando: La mujer barbuda (Magdalena Ventura con su marido), una obra de 1631 realizada en Nápoles, Italia, donde vivió hasta el final de sus días, en 1652, ya que como escribió en una carta a un amigo “España es madre piadosa de forasteros y cruelísima madrastra de los propios naturales”.
“El Españoleto” (Lo Spagnoletto), de quien hoy se cumple el 435 aniversario de su nacimiento en Valencia, comenzó de joven un viaje por Italia, que lo llevaría por Cremona, Milán, Parma y Roma, donde conoció las obras de los pintores que tendrían una notable influencia en su carrera, como los clasicistas Guido Reni y Ludovico Carracci y, sobre todo, al gran Caravaggio, a quien según algunos autores incluso podría haber conocido en persona; por supuesto, todas hipótesis.
Ya en Nápoles hizo una buena clientela, a fin de cuentas era entonces junto a Sicilia, Cerdeña y el Ducado de Milán parte de la Monarquía Hispánica, con la Iglesia católica y coleccionistas demandando obra suya. Allí vivió con el pintor Giovanni Bernardino Azzolini y, con su hija, Caterina Azzolino, quien con 16 años se convertiría en su esposa.
Sin embargo, de acuerdo a los especialistas, el reconocimiento no lo llegó tanto por su pintura, sino por sus grabados, los cuales eran admirados hasta por Rembrandt.
El caso de La mujer barbuda nació a partir del encargo del Duque de Alcalá y Virrey de Nápoles, quien invitó a Magdalena Ventura a posar en su palacio debido a la rareza de su naturaleza. Era común, en esos tiempos, que las personas con diferentes condiciones médicas, como el enanismo o la acondroplasia, fueran retratadas en diferentes puntos de Europa.
En este caso, la mujer, que tenía 52 años al ser pintada, padecía de hirsutismo: el crecimiento de vello siguiendo un patrón masculino en zonas como patillas, barbilla, cuello, areolas mamarias o tórax, entre otras.
Sin embargo, para que no quedarán dudas del género de la retratada, Lo Spagnoletto agrega en la escena a su marido y al bebé de ambos, dejando un pecho expuesto, como otro más cercano a la simbología del arte que se observan sobre la lápida de la derecha: un huso y una concha, que representan el concepto tradicional de hermafroditismo y la frase en latín “el gran milagro de la naturaleza”.
En la lápida, además, hay también una enorme declaración de la autoestima del pintor que, vista en estos tiempos, tiene cierta simpatía: “Pintó maravillosamente al natural, por encargo del virrey de Nápoles, el 16 de febrero de 1631”. Además, se identifica como miembro de la Orden de la Cruz de Cristo y se autodenomina “el otro Apeles”, evocando al legendario pintor griego, y ensalza, obviamente, a su mecenas Fernando Afán de Ribera y Téllez-Girón.
Desde el punto de vista técnico, Ribera recurrió a intensos contrastes de luz y sombra caravaggistas, que otorgan una naturalidad y dignidad que no deja indiferente. Así, el pintor, crea una escena de humanidad distante, no solo una documentación de la rareza.
Hay, en el gesto del hombre, cierta resignación, y en el de ella una seriedad inusitada. No es una escena familiar per se, no hay tampoco una búsqueda de utilizar los códigos de la “santa” maternidad, la mirada tierna hacia el infante o una postura de brazos que revele afecto. Están allí, para ser inmortalizados, pero en ese acto no hay alegría. Es lo que les tocó.
El cuadro, que actualmente se encuentra en el Museo del Prado, estuvo marcado por traslados y cambios de propietario. Tras pasar a la colección del Duque de Medinaceli por herencia, en 1808 viajó al Musée Napoléon de París. Cinco años después, Luis XVIII ordenó su devolución a España, siendo albergado en la Academia de San Fernando hasta 1829, cuando los legítimos herederos recuperaron la pieza. Hoy, sigue perteneciendo a la Fundación Casa Ducal de Medinaceli, que la dio en préstamo al espacio madrileño.
El estilo naturalista con la persistencia del claroscuro de Caravaggio marcó la primera etapa de su obra, ya que progresivamente comenzó a abrirse hacia otra iluminación y un uso del color más cercano a Van Dyck y otros contemporáneos.
Sin saberlo, el giro El Españoleto ayudó a fundar una nueva escuela italiana, la napolitana, donde fue maestro de Giovanni Lanfranco, Massimo Stanzione y Luca Giordano, como así también en su país natal, inspirando a artistas como Velázquez y Murillo.