Fui a ver Stop Making Sense, la película de Jonathan Demme sobre un show de Talking Heads que data de 1984, un lunes por la noche de 2024. Cuarenta años después. La sala no estaba llena pero bastante poblada de jóvenes adultos y algunos adultos un poco mayores acompañados por adolescentes. Son unas pocas funciones entre la semana pasada y esta semana, en contados cines. Tampoco se puede pretender un lanzamiento de tanque. Como sea, es una obra maestra del cine musical de todos los tiempos, sentada a la mesa de The Last Waltz de Martin Scorsese, Sign O’ the Times con Prince o Amazing Grace con Aretha Franklin (por citar solo algunas, y por supuesto se aceptan sugerencias).
La película fue filmada durante tres noches en The Pantages Theater de Los Ángeles, cuando la banda estaba promocionando su álbum Speaking in Tongues (el que contenía el hit “Burning Down the House” y también otras grandes canciones como “Slippery people”, “This must be a place” y “Girlfriend is better”). La estrella del show es, por supuesto, David Byrne, en ese momento un señor con aspecto de estudiante universitario con posgrado en la new wave del art-rock. Hace el paso del pato como si fuera un entusiasta imitador de Chuck Berry, salta, hace caras y se mueve por todo el escenario. El show que registra la película es una idea suya, coreográfica, audiovisual y conceptual. Además que todas las canciones le pertenecen en letra y música: él las toca en guitarra y las canta, también. Queda claro que es la estrella de una banda de inspirados músicos que conectaron en el mundo justo y el lugar apropiado.
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Antes de continuar. Mucho tiempo me he preguntado a qué responde exactamente la expresión que da título al film de Demme, una línea extraída de la canción “Girlfriend is better” (algo así como “tener novia es mejor”). La letra habla, obviamente, de una chica pero la reflexión se dispara a ciertos pensamientos de la vida de quién narra. Y en un momento, alude a “dejar de hacer lo que tiene (supuestamente) sentido”. Descontracturarse y bailar. Cortarla con “lo que hay que hacer” o lo que te dicen que “hay que hacer”. Y sentir, y bailar.
40 años después, el film ha sido restaurada a partir de sus negativos originales perdidos hace tiempo. Esta nueva versión se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Toronto, y desde ese momento se está proyectando en todo el mundo. Los compromisos comerciales de este relanzamiento contribuyeron a que la banda -cuyos cuatro integrantes están vivos y en buen estado de salud- se vuelva a reunir para entrevistas promocionales más o menos formales y amables. Pero no hay miras de una posible reunión (nunca se sabe, claro).
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Luego de la separación en 1991, más bien, abundaron dardos y otras declaraciones, sobre todo de los tres cuartos de la banda que no son David Byrne. Ni Chris Frantz y Tina Weymouth (pareja) ni Jerry Harrison han revelado amor o al menos, simpatía, por el músico escocés criado en Estados Unidos. No debe haber sido fácil la convivencia, cabe aventurar llevándose por antecedentes de otras bandas con un “líder” de fuerte personalidad y exposición. No importa, nadie reclama ni se vuelve loco por un regreso del tipo “Oasis”.

Está claro, por otra parte, que él tiene otros planes para su futuro de siempre activo artista multimedia.
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Junto con el regreso de la película, un álbum con audio remasterizado y ampliado fue editado en septiembre e incluye todo el set del concierto, con dos pistas omitidas de la película: “Cities” y un popurrí de “Big Business” e “I Zimbra”. Renovando su actuación de un momento prime, la banda se muestra en todo su esplendor, con irresistibles ritmos funk y una profundidad conceptual en las letras que nacen de una celebración de los atributos de la vida moderna. La mayoría de las canciones de la banda hacen, en apariencia, un relato fascinante de la rutina positiva que tiene american way of life pero en verdad, esconden una mirada sardónica, oscura inclusive, sobre esa misma vida moderna.
Un disco de la banda de 1978, en pleno auge del pospunk que la banda contribuyó en potenciar desde el club CBGB’s de Nueva York (entre The Ramones, Blondie y Television), se titula More songs about buildings and food (Más canciones sobre edificios y comida). Las canciones de Talking Heads, en sí, son microdramas dinámicos y cautivadores, enigmáticamente encerrados dentro de su propio universo que, sin embargo, invitan a ingresar. Sus letras se centran en objetos concretos y personas corrientes con la intensidad microscópica de una lente de precisión. Esta precisión es servida por el traqueteo de palabras simples, monosílabos golpeando el aire a través del registro staccato de Byrne.
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La combinación con el ritmo polifónico de la banda resulta explosiva. Los músicos afroamericanos agregados al elenco estable de los cuatro integrantes originales, potencian esa sensación. Bernie Worrell (teclados), Alex Weir (guitarra, voces), Steve Scales (percusión) y las vocalistas Ednah Holt y Lynn Mabry brillan en la alocada seguidilla de canciones funk con tambores, teclados y líneas de bajo que empujan -casi que obligan- a moverse. El espectáculo coreográfico que ofrecen, si bien es simple resulta ampliamente efectivo. La mayoría de las canciones están llenas de una energía nerviosa que, tal vez por eso mismo, son contagiosas. Así vivimos, parece.
Cuarenta años después, en el mundo de la conectividad y el “qué dirán” de las redes sociales, Stop Making Sense transmite un tipo de energía inusual, mientras estalla desde los instrumentos, bocas y extremidades de los músicos de la banda. Jonathan Demme (quien luego firmó las oscarizadas Filadelfia y El silencio de los inocentes) capturó esos pequeños momentos de magia con una dirección minimal. En el corazón del escenario, las luces parecían respirar al ritmo de los músicos, mientras las sombras dibujaban rostros que no miraban al público.
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En buena medida, la responsabilidad creativa de este enfoque corresponde al notable director de fotografía Jordan Cronenweth (suya es Blade Runner, nada menos), maestro de la luz y la textura. Nada de planos repetitivos sobre multitudes en éxtasis. La cámara estuvo en busca de capturar lo esencial. La idea de “traducir” un concierto en vivo a cine no era nueva, pero lo que Demme y Cronenweth lograron, fue trascender el espacio del escenario para crear una película que transmite el lenguaje íntimo de un show de una banda en su pico creativo. La paleta visual de Cronenweth resaltó la teatralidad orgánica del espectáculo: los colores son nítidos, pero nunca invasivos; la luz se mueve como si conociera la coreografía de los músicos.
La vuelta de Stop Making Sense a los cines del mundo es una buena noticia para los fans de Talking Heads, pero también para quienes quieran acercarse al arte de una banda de “rock inteligente”. Cuatro universitarios blancos que se metieron a diseccionar el sentido del cacareado “modo de vida americano” al ritmo de música negra para bailar. La combinación era, es, será irresistible. Esta película también, aún en la aparente levedad de un lunes aburrido de fin de año.
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[Fotos: Jordan Cronenweth/A24 via AP]
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