¿Puede la tecnología generar el fin de los expertos?

Adelanto de “Postecnológicos: Habilidades para recuperar lo humano”, el nuevo libro del autor y divulgador tecnológico Joan Cwaik

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“Postecnológicos: Habilidades para recuperar lo humano”, el nuevo libro del autor y divulgador tecnológico Joan Cwaik

El mensaje detrás de estas ideas permea muy bien en la sociedad en la que vivimos. Todos nosotros crecimos escuchando que si queríamos triunfar en algo teníamos que esforzarnos y hacerlo “seriamente”. Cuando alguien empieza una carrera, la abandona y luego se inscribe en un curso para después desembocar en otra carrera, eso es percibido por buena parte de la sociedad como un “fracaso”. Como una falta de enfoque y una pérdida de tiempo. Desperdiciamos valiosas horas de nuestro día a día aprendiendo algo a lo que luego no nos terminamos dedicando profesionalmente. Horas que podrían haber sido dedicadas a aumentar la cuenta de las diez mil que necesitamos para ser unos fuera de serie en lo que hagamos. Pero, ¿es esto realmente así?

Roger Federer, a diferencia de Tiger Woods, no tenía claro desde tan chico que iba a jugar al tenis. De hecho, hasta los 12 años todo parecía indicar que su deporte favorito era el fútbol, aunque también jugaba al squash los domingos con su padre, practicaba ski, lucha libre, natación y skate.

En su libro Amplitud (Empresa activa, 2019), David Epstein postula la idea de que grandes fuera de serie no han seguido ese camino de las diez mil horas que señala Gladwell, sino que más bien han obtenido toda una serie de conocimientos de otros deportes, estudios y disciplinas que les sirven para ser “distintos” en aquello a lo que se dediquen. Epstein trabajó por primera vez este tema en su libro Sport’s gene (Current, 2013), para luego ampliarlo –valga la redundancia– a todas las áreas del conocimiento y especialización. Encontró, por ejemplo, que grandes inventores tecnológicos eran más exitosos y creativos cuando acumulaban experiencia en diferentes dominios, en lugar de profundizar en uno solo. A lo largo de su libro, Epstein presenta distintos casos de personas que se desarrollan y tienen éxito, no a pesar de sus intereses dispersos, sino más bien gracias a ellos.

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Resulta complejo poner esto en práctica en una sociedad que nos insiste en que tenemos que especializarnos cada vez más en las cosas. Sin embargo, podría llamarnos la atención saber que esta tendencia a la especialización es bastante reciente en términos históricos. Principalmente, viene asociada a la fordización de la educación y la formación que vivimos en los últimos 150 años.

Joan Cwaik

Benjamin Franklin no solamente fue un reconocido científico e inventor destacado en el campo de la electricidad sino que también publicó poemas, editó periódicos y cumplió un rol fundamental en la revolución americana, convirtiéndose en embajador, director del servicio postal y gobernador del estado de Pennsylvania, entre otras cosas. No fue licenciado en comunicación para editar periódicos, ni en ciencias políticas para volverse un sujeto relevante en términos de la discusión pública. Tampoco estudió relaciones internacionales ni hizo la carrera diplomática, pero, sin embargo, se convirtió en embajador. No cursó la carrera de ingeniería eléctrica, aunque hizo varios descubrimientos en ese sentido, y tampoco la Licenciatura en Letras, campo en el que también se desempeñó.

Amigo de Benjamin Franklin fue Thomas Jefferson, con quien compartió viajes a París, entre muchas otras cosas. Jefferson pasó a la historia por ser el redactor de la declaración de la independencia de los Estados Unidos y también el tercer presidente de ese país. Durante su gestión se realizó la famosa compra de Louisiana, incorporando el territorio que hoy representa el 23% de la superficie norteamericana, pero que por entonces significaba un territorio incluso mayor al de las 13 colonias. Además de todo esto, Jefferson fue arquitecto, paleontólogo, arqueólogo y músico, dejando incluso tiempo para fundar la Universidad de Virginia.

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Podemos irnos más atrás hacia casos como el de Leonardo Da Vinci, más bien recordado por sus obras de arte como la Gioconda, pero que incluso se destacó en el ámbito de la invención de armas y la automatización. Hay quienes le atribuyen incluso haber creado los primeros y muy incipientes antecedentes de los robots, para hacerlo, debía tener muy profundos conocimientos sobre la anatomía y la matemática, entre otras cosas.

El concepto que suele usarse para mencionar a personas como Jefferson, Franklin o Da Vinci es el de polímata, alguien que aprende o sabe cosas en abundancia. La raíz etimológica griega es similar a la de políglota (el que habla muchos idiomas) o poligamia (muchos matrimonios). Esta idea está presente principalmente desde el Renacimiento, a tal punto de que un posible sinónimo de polímata es hombre del renacimiento.

Pero, ¿por qué hoy no conocemos tantos polímatas y en la antigüedad era mucho más común encontrarlos? Alguien en el foro Quora hizo hace unos años la misma pregunta… Las respuestas son diversas, pero me resultó especialmente llamativa una enunciada por Louis Buff Parry donde atribuía esta situación a que hoy vivimos en un momento “de especialización en el que los conocimientos están divididos en silos aislados el uno del otro”. Bien se podría argumentar que otro de los puntos tiene que ver con la profundización de los conocimientos y la complejidad de los mismos. Así, por ejemplo, probablemente todos los conocimientos de electricidad que tenía Benjamin Franklin en su tiempo, podrían ser los mismos que tiene hoy un egresado de colegio técnico, pero como veremos el cruce de saberes tiene un rol fundamental a la hora de ser creativos y pensar en términos diferentes a los que estamos acostumbrados. Algo que puede resultarnos por demás útil en los tiempos que corren.

El desafío que enfrentamos en este complejo siglo XXI tiene que ver con cómo logramos mantener los beneficios de la amplitud, la experiencia diversa, el pensamiento interdisciplinario y el retraso en la concentración en un mundo que incentiva cada vez más, e incluso a veces nos exige, la hiperespecialización.

Les pido por favor a mis estimados colegas, expertos en gestión del tiempo y productividad, que consideren mis palabras no como una crítica, sino como un complemento a su trabajo.

En nuestra búsqueda colectiva de eficiencia y efectividad es crucial reconocer que la integración de distintas perspectivas y enfoques puede enriquecer enormemente nuestro entendimiento. Este esfuerzo conjunto no pretende restar valor a la especialización sino más bien busca armonizarla con una visión más holística e interconectada que refleje la complejidad de nuestro mundo actual.

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