Aunque Verónica ama a su bebé siente que robó su libertad: así escribí “Las brujas de Monte Verità”

Nuevos horizontes para entender la maternidad, la libertad y la vocación en el siglo XXI. La autora cuenta sus motivaciones para escribir esta novela y todo lo que aprendió al hacerlo

Paula Klein cuenta cómo escribió "Las brujas de Monte Verità" (Lumen, 2024)

Verónica es una profesora argentina radicada en París que acaba de tener un hijo y está profesionalmente estancada. El amor incondicional que siente por su bebé no alcanza para borrar la sensación de que ser madre quebró su libertad. En medio de esa crisis, decide indagar en un tema sobre el que piensa escribir un libro: las vidas de unas mujeres que la interpelan. Ellas formaron parte de un suceso real poco conocido: la creación de una comunidad naturista a inicios del siglo XX en Suiza que promovió movimientos tan vigentes hoy como el feminismo, la libertad sexual, el poliamor o el antibelicismo. Ellas también buscaron una utopía, fueron hippies antes del 68, se dedicaron al arte, a la danza y a la literatura. Para avanzar con su investigación y alejarse de casa, Verónica viaja con dos amigas a las montañas de Ascona. Allí, una serie de descubrimientos la llevan a replantearse su camino y a reflexionar sobre las trampas de la vocación, el amor y la maternidad.

La idea de la novela surgió en plena pandemia. Nuestro primer hijo acababa de nacer y con mi pareja nos encontramos aprendiendo a ser padres en ese clima de fin del mundo. Estábamos confinados en París, donde vivimos desde hace más de diez años, en un pequeño departamento que intentábamos transformar en un cascarón para cuidar a nuestro bebé recién nacido. Los días pasaban demasiado rápido y a, al mismo tiempo, no podíamos dejar de imaginar qué iba a pasar después. Era un momento en el que muchos amigos con o sin hijos empezaron a plantearse que, cuando terminara el encierro, iban a dejar la ciudad.

En algún momento en medio de esa situación tan distópica, me dio por leer sobre utopías de regreso a la naturaleza y, al cabo de unos meses, di por casualidad con un programa de radio en el que hablaban de los monteveritanos. Monte Verità fue una comunidad protohippie fundada a inicios del 1900 en las orillas del lago Mayor, en Ascona, un cantón de la suiza italiana. Los fundadores eran un puñado de jóvenes que buscaban escapar de la vida en las ciudades. Muy rápido, el lugar se transformó en un foco de experimentación de modos de vida alternativos que terminó siendo la semilla del flower power. Históricamente, los monteveritanos fueron los “abuelos” de la generación de Woodstock y del movimiento hippie que se inició en los años 60 en la costa oeste americana.

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La idea de la novela surgió en plena pandemia, cuenta Klein

Al principio eran tres hombres y tres mujeres que querían vivir en contacto con la naturaleza, en una libertad simple y total. Entre otros experimentos, se proponían instaurar un matriarcado primitivo y testear el amor libre, el veganismo y el nudismo. Para subsistir, el lugar empezó a funcionar como un sanatorio naturista y, con el paso de los años, se transformó en una escuela de danza y de artes de vida. Muchos grandes intelectuales y artistas de la época pasaron una estadía ahí: los psicoanalistas Gustav Karl Jung y Otto Gross, los sociólogos Max y Marianne Weber, escritores como Hermann Hesse, D. H. Lawrence, Franzizka von Reventlow o Hugo Ball, poetas y anarquistas como Erich Mühsam, Rainer Maria Rilke o Ernst Bloch. Hesse, por ejemplo, había ido al lugar esperando curarse de su adicción al alcohol. Allí conoció al poeta nómade Gusto Gräser, y después de pasar unas semanas con él en una gruta, el mito dice que se curó. Otro personaje importante fue Otto Gross, un brillante discípulo de Freud y de Jung, que había llegado a la comuna intentando curarse de su dependencia a la cocaína. El clima de libertad sexual lo llevó más bien a promover el consumo “terapéutico” de droga, el sexo con pacientes, e incluso las terapias orgiásticas.

Cuando terminé de escuchar la emisión sentí como si estuviera frente a la punta de un iceberg. Era algo que conocía –ya había oído hablar de los monteveritanos en la universidad–, pero sentía que había mucho más abajo del agua, una historia que adquiría un nuevo sentido a partir de lo que estábamos viviendo. Por suerte, tuve acceso a gran parte de los archivos de Monte Verità a distancia, pude consultar libros de historiadores y de críticos de arte y, cuando abrieron las bibliotecas, pude ver documentales sobre el tema y leer las ficciones inspiradas del lugar.

Fue importante hacer esas lecturas antes de ir a Ascona. Todo ese material alimentó la novela, pero también fue central viajar y ver el lugar con mis propios ojos, cosa que hice en el verano de 2021. Era raro porque sentía que todavía estaba atravesando una fase larga de posparto. Me fallaba la memoria, no me sentía lista para ponerme a escribir, así que trataba de registrar todo lo que podía: llevaba un diario, tomaba notas, sacaba fotos. También en lo personal fue un momento raro. Era la primera vez que dejaba a mi hijo tanto tiempo, pero estaba feliz: había logrado irme a un lugar de sueños, muy cargado de sentido y, además, estaba con dos grandes amigas y con tiempo para investigar. Esa semana de viaje era oro en polvo.

Ella transitó un viaje, como la protagonista de la novela, para conocer más acerca de los monteveritanos

Cuando volví a casa y empecé a imaginar la estructura del libro, me di cuenta de que lo que más me molestaba era que, por lo general, se hablaba de los hombres visionarios o de los “profetas” del lugar, pero a las mujeres prácticamente no se las mencionaba. Incluso Ida Hofmann o Mary Wigman quedaban eclipsadas detrás de sus parejas o mentores. Las mujeres de Monte Verità suelen aparecer como las que inspiran a los hombres o como las víctimas de los experimentos del lugar. Me parecía necesario revisar eso. Hubo muchas víctimas, pero también visionarias y creadoras que tuvieron vidas largas y llenas de logros.

En la novela esto aparece a través de Mary Wigman, una figura mayor de la danza moderna. Es ella quien, contra todos los que le aseguraban que era imposible iniciar una carrera de bailarina rayando los treinta años, creó en Ascona su célebre “Baile de la bruja”. En sus escritos, Mary Wigman se pregunta si no hay en cada mujer una semilla de bruja. A partir de su historia, la novela reconstruye las vidas de las hermanas Ida y Jenny Hofmann y de Lotte Hattemer, las fundadoras de Monte Verità que, en su afán de saber y de conexión con la naturaleza, también fueron tildadas de brujas.

Al momento de empezar a escribir tenía en claro que el desafío era crear un puente entre esa experiencia de inicios del siglo XX y nuestra época. El eslabón iba a ser la vida de ciertas mujeres, lo que les pasaba con sus deseos y con su vocación artística y la manera en la que la maternidad y el amor eran vividos como obstáculos o como estímulos para construirse a sí mismas. Decidí que el inicio iba a ser un homenaje a Mary Wigman y que el motivo de la bruja, del fuego, de las mujeres que desaparecen, iban a ser constantes que me iban a hacer avanzar, casi como en una novela policial.

En su novela, Paula Klein reivindica el rol de las mujeres

También me interesaba plantear qué tanto de los preceptos ecologistas de aquel entonces están presentes en la utopía neorrural actual que me parece algo más escapista, más “sálvese quien pueda”. En la novela, Verónica, la protagonista, tiene un hijo pequeño y atraviesa una crisis laboral y afectiva. Está muy perdida y, en medio de esa confusión, su mejor amiga y su marido la confrontan con dos proyectos de vuelta a la naturaleza. Por un lado, el de Adrien, el esposo, que intenta convencerla de instalarse con su hijo en un ecopueblo de los Pirineos, en el sur de Francia. Por el otro, el de Lucía, una amiga que se separa de su pareja francesa y se vuelve a Argentina queriendo fundar una comunidad con sus amigas en La Pampa. Verónica está boyando entre esos sueños ajenos y decide hacer un viaje a Ascona y buscar inspiración en los monteveritanos para pensar qué hacer con su vida.

La novela retoma la pregunta fatídica: ¿toda utopía está destinada a fracasar? Seguramente, pero no por eso vamos a dejar de intentar, como dirían los monteveritanos.

Quién es Paula Klein

  • Nació en Buenos Aires en 1986.
  • Es doctora en literatura comparada, licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y máster de la École des Hautes Études en Sciences Sociales.
  • Reside en París y ha enseñado literatura latinoamericana y comparada en distintas universidades de Francia.
  • Desde el año 2022, es profesora titular de la Université Clermont Auvergne. Sus investigaciones se centran en la literatura documental y los vínculos entre ficción y no ficción en la narrativa latinoamericana contemporánea.
  • Su primera novela, La luz de una estrella muerta, fue publicada en 2021. El mismo año, Classiques Garnier editó su ensayo Petites mémoires et écriture du quotidien. Cortázar, Perec et leurs échos contemporains (Premio a la edición PSL-Translitterae). Su segunda novela es Las brujas de Monte Verità (Lumen, 2023).
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