
Es sabido hasta el hartazgo que, aproximadamente sesenta y seis millones de años atrás, un asteroide colisionó con la Tierra, y produjo la extinción masiva del setenta y cinco por ciento de las especies, incluida la más dominante de todas, los dinosaurios. La recuperación de este evento catastrófico por parte de nuestro planeta llevaría cientos de miles de años. Algunas investigaciones hablan de 700 mil. No sé si será éste el ejemplo más feliz para ilustrar la marca que dejó el meteorito llamado Nirvana en la historia de la música contemporánea, pero la analogía se aproxima.
Para empezar, no hubo en los últimos años una sola banda que haya producido un impacto semejante. Tras el crack producido por el disco Nevermind, nada quedó de la escena del rock de la costa oeste que predominaba por esos años. Ya no hubo lugar para las poses de niñato malo, las tachas y las costumbres machistas y homofóbicas de los clubes A go gó. Años después, Marilyn Manson fue solo un intento, lo mismo que The Strokes, portadores de una estética cheta-punk y un sonido demasiado anclado en el garage de los setentas. Por el lado de Inglaterra, la otra usina exportadora de música, solo Oasis fue una aproximación, no por sonido, claramente; si no tal vez por el espíritu adolescente representativo de miles de jóvenes. Pero no más que eso.
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Kurt Donald Cobain encarna el fantasma de esta época, es decir, un héroe romántico e idealizado que alza su voz contra las estructuras anquilosadas de la sociedad. Fue un subversivo que alteró un orden establecido que ya estaba rancio. La década del ochenta, tan rica en materia musical durante sus primeros años, había llegado a un punto de vaciamiento y superficialidad tan alto que nada importaba, sino solo la imagen que tenían las bandas. Bueno, ante eso, Nirvana: tres chicos del noroeste de Estados Unidos que, vestidos de manera desaliñada, sucios, con la barba crecida y una apenas aceptable ejecución de sus instrumentos, dieron vuelta el panorama con una música violenta y directa parida desde la ira y la angustia, y que mezclaba punk, heavy metal y el hastío existencial de la juventud post-Reagan.

Desde adolescente, el líder de Nirvana fue un lector voraz. De la insurrecta Generación Beat, William Burroughs fue su escritor favorito. Kurt lo consideraba un ejemplo del artista reconocido que se mantiene estoico ante la demanda del mercado. En algunas entrevistas nombró las obras El almuerzo desnudo y Queer como dos de sus libros de cabecera. Llegó a conocerlo personalmente, siendo adulto. Cuando se le consultó a Burroughs por la muerte de Cobain afirmó que ese pobre muchacho ya estaba muerto en vida. Vale recordar que el escritor fue también un héroe para Ian Curtis, de Joy Division, otra luminaria vanguardista y crucial para la música que terminó su vida con una soga al cuello. De otro Beat, Jack Kerouac, Cobain destacaba En el camino, el viaje sin rumbo que el autor hace junto a sus amigos a través de un Estados Unidos lejos de ser el escenario del sueño americano, y Los vagabundos del Dharma, una senda de descubrimiento que el personaje hace a través del budismo y la comunión con la naturaleza.
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Fue muchos años antes de estas lecturas que el mundo del niño Cobain se desmoronó por completo. El divorcio de sus padres puso en jaque la vida que llevaba. Kurt vivió primero con su madre, después con el padre, para luego hacerlo con unos abuelos abusivos. Cuando abandonó la casa de su padre, a la que había vuelto durante la adolescencia, su visión del mundo era completamente otra. Comenzó a probar drogas, a incursionar en delitos menores y a escuchar Black Sabbath. Quizás se haya sentido identificado con Henry Chinaski, el personaje de La senda del perdedor, la novela de Charles Bukowski contundentemente cruda que también estaba entre sus libros preferidos.
Son tres los discos de Nirvana en los que Cobain vuelca su posición antagónica a un mundo en el que no encajará jamás. En Bleach se ve la influencia de la lectura del Manifiesto SCUM, un escrito de la feminista radical Valerie Solanas. En el álbum, se planta bandera en contra de las actitudes sexistas y conservadoras de la gente de su pueblo natal, Aberdeen, machomen que se dedican al bullying y al licor barato. En el segundo álbum, Nevermind, la crítica es al capitalismo más salvaje (lo ilustra la reconocida tapa: un bebé detrás de un dólar). Este disco será el punto de inflexión en su vida, la piedra basal del subidón instantáneo de fama que lo convertirá en una estrella mundial. Como el personaje de El perfume, de Patrick Süskind, que es devorado por una turba parisina, Cobain entenderá con dolor que los fans lo ven como un mesías, un ángel que debe ser consumido hasta desaparecer.
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En el tercer y último disco, In Utero, Nirvana reflota el sonido denso y oscuro de sus inicios pero lo hace acompañado de un arte visual mucho más visceral que el de su antecesor. Un collage de su autoría muestra un cuerpo humano transparente con alas de ángel, fetos de plástico, intestinos y órganos, flores y hasta el caparazón de una tortuga. En esta etapa, sus diarios muestran el fantasma de su adicción a la heroína, una sustancia que lo hundía en un sopor maternal, casi uterino.
Hace treinta años, el meteorito Kurt Cobain decidió dejar este mundo. Hundido en una depresión profunda, sentía desprecio por sí mismo al haberse convertido en una pieza más de la maquinaria capitalista. Cobain era, a ojos de Kurt, un estafador. Ya había intentado suicidarse con pastillas un mes antes, en Roma. Sus úlceras estomacales habían hecho de la gira europea algo imposible de soportar, y a fines de marzo de 1994, escapó del centro de rehabilitación en el que estaba internado. Muchas fueron y son las teorías y diagnósticos que intentaron dar luz sobre su muerte.
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A la heroína se suma la contrariedad de su ethos punk vuelto un producto pop de consumo masivo. También su reciente paternidad lo ponía en un lugar que, sabría, no podría ocupar jamás. Quizás todo ese bagaje de cuestionamientos fue la razón que lo llevó a ese momento cúlmine: pasado de valium y heroína, apretó con fuerza el gatillo de la escopeta Remington calibre 20 en la soledad del invernadero de su casa. Fue el 5 de abril. Su cadáver sería encontrado por un electricista tres días más tarde, junto a la nota de suicidio.

El cráter producido por su muerte es hondo. Dejó un hueco de tierra arrasada demasiado profundo y muy difícil de rellenar. La recuperación, como la que provocó la extinción de los dinosaurios, es lenta y nada demuestra que pueda acelerarse si la escena actual muestra un refrito constante del pasado, una retromanía en palabras del crítico y periodista inglés, Simon Reynolds.
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Antes que a sí mismo, en un suicidio lo que se busca es matar “ese algo” que reside dentro de la persona y que transforma su vida en insoportable. El de Kurt Cobain fue un acto político, el más radical de todos, el más extremo, una declaración definitiva acaso como su última gran gesta. Como afirmaba el escritor Albert Camus, un acto semejante se prepara en el silencio del corazón, en la desolación del alma, quizás como las grandes obras de arte.
[Fotos: Jeff Kravitz (archivo), Kevin Mazur (WireImage), Frank Micelotta (Getty Images); Lucas Jackson/REUTERS; Lindsay Brice/Getty Images]
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