La guerra, según Otto Dix: 100 años de sus postales del horror

En 1924, tras sobrevivir a la Primera Guerra Mundial, el artista alemán publicó 50 grabados que muestran “en forma precisa y grotesca la deshumanización de aquellos años”, según Germán Padinger

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"Tropas de asalto adelantadas con máscaras de gas" (1924)
"Tropas de asalto adelantadas con máscaras de gas" (1924)

Tenía 23 años cuando se alistó en el Ejército Alemán. ¿Qué pasaba por la cabeza de un tipo tan joven para ofrecerse como voluntario en la Gran Guerra? Otto Dix veía, como lo hacía toda su generación, tres posibilidades juntas: honor, dinero, aventura. Nadie imaginaba que duraría cuatro años. Tampoco él tenía una noción exacta —¿quién podría tenerla?— de lo que significaba batallar hasta la muerte. En una entrevista de 1966, tres años antes de morir, con la experiencia encima y la carrera desarrollada, dijo: “Nadie vio la realidad de esa guerra como yo: las privaciones, las heridas, el sufrimiento. Busqué mostrar la tierra destruida, los cadáveres, el dolor”.

“Fue destinado a la artillería, pero en 1915 lo transfirieron a la infantería, una de las ramas más peligrosas, y específicamente a una sección de ametralladoras. Peleó, además, en los frentes más activos y sangrientos”, escribe Germán Padinger en El arte en tiempos de guerra, publicado en 2023 por Editorial El Ateneo. Peleó en la batalla de Somme de 1916; estuvo en el frente oriental, contra Rusia, en 1917; al año siguiente participó de la ofensiva de primavera en Francia. Por las noches, en el campamento, sacaba su libreta y dibujaba. ¿Y qué podía dibujar un muchacho aterrado y fascinado por la violencia?

Se cumplen 100 años de "La guerra", las postales que abrieron el abismo
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Fue en la escuela. Un profesor de nombre Ernst Schunke le dijo que dibujaba muy bien, que no dejara de hacerlo nunca. Como hijo de herrero, no tenía posibilidad de pagar una universidad, pero una beca del Estado le permitió hacer los estudios superiores en la Escuela de Arte de Dresde. Llegó en 1909 y se le abrió un mundo. Acá, en este período previo a la guerra, es donde se abre la posibilidad de otro Dix. Padinger dice que en Dix “puede verse la cicatriz”. Se refiere a los que, de no ser por la guerra, “hubieran sido otros artistas”. ¿Y qué tipo de artista hubiera sido? ¿Qué clase de obra hubiese desarrollado sin esa impiadosa cicatriz?

La respuesta no es tan abierta ni las posibilidades son tan infinitas como uno imagina. Su identidad obrera le propició, tempranamente, una crítica a la burguesía. Esa crítica se expande y ramifica luego de vivir el trato que la sociedad le da a los excombatiente. Al dolor de la experiencia y su eterno retorno se le suma la lástima social. Esa tensión está trabajada en sus primeras pinturas de lo que suele llamarse el postconflicto. El mejor ejemplo es Los lisiados de la guerra, de 1920. Ahí está la potencia germinal de su gran ironía: una estética tan grotesca y tan exagerada que hace del dolor una amarga caricatura.

“Nadie vio la realidad de esa guerra como yo", dijo Dix
“Nadie vio la realidad de esa guerra como yo", dijo Dix

La guerra. Simple, conciso y frontal es el título de la serie de grabados que publicó en el año 1924, en el décimo aniversario de la Primera Guerra Mundial: cincuenta aguafuertes a punta seca y aguatinta en una edición berlinesa que incluía impresiones en folio de alta calidad y una versión de menor calidad con 24 impresiones unidas. Son varias las condiciones de producción de esta obra abismal. La primera, la fundamental es Los desastres de la guerra, de su admirado Goya: una serie de 82 grabados realizada entre 1810 y 1815 sobre la Guerra de la Independencia Española, que Dix había visto en un viaje a Basilea.

También forman parte de su influencia las obras de Urs Graf, un reconocido grabador suizo del siglo XVI, figura relevante del Renacimiento, así como también la serie Las miserias de la guerra de Jacques Callot sobre la Guerra de los Treinta Años, aquel conflicto entre 1618 y 1648 en el Sacro Imperio Romano Germánico. Esto significa que Dix estaba pensando su trabajo en el marco de una tradición, como parte de una gran línea histórica: estaba pensando su rol como artista y la función del arte en el mundo. Posiblemente haya visto también las fotografías de Ernst Friedrich publicadas bajo el título de Guerra contra la guerra.

"Cráneo" (1924)
"Cráneo" (1924)

“Dix escribió en forma precisa y grotesca la deshumanización de aquellos años”, dice Padinger, porque “en lugar de valerse del autorretrato, describió a los otros sin nombre, matando y muriendo, mutilados, agazapados como animales, y lo hizo en blanco y negro, y en un estilo propio”. Este ambicioso proyecto por la cantidad de postales ofrecidas fue una suerte de escape para afrontar la experiencia traumática y escapar, al menos por un rato, de una pesadilla recurrente: soñaba que se arrastraba entre casas destruidas. El procedimiento cíclico del grabado le daba la posibilidad de construir un paisaje que le hiciera frente al horror del recuerdo.

Los grabados, impresos sobre papel color crema de, miden 22 x 23 centímetros. Cada uno tiene un título. Uno de ellos, “Soldado y monja”, donde lo que se ve es un intento de violación, fue retirado antes de publicarse. A otro, “Soldado y puta”, se le incluyó un subtítulo: “Visita a la casa de Madame Germaine en Méricourt”. El impacto en la sociedad fue inmediato; el recuerdo seguía presente. Para entonces, el crítico Gustav Friedrich Hartlaub había colocado a Dix dentro de un movimiento naciente, Nueva Objetividad, en el ala de los Veristas: “rasgan la forma objetiva del mundo y representan la experiencia corriente en su tiempo y febril temperatura”.

“Dix escribió en forma precisa y grotesca la deshumanización de aquellos años”, escribió Germán Padinger
“Dix escribió en forma precisa y grotesca la deshumanización de aquellos años”, escribió Germán Padinger

Eva Karcher escribe en Otto Dix (1922) que “toda una generación practicó el objetivismo y cada cual lo interpretó a su manera” porque “parecía tomar prestado un carácter objetivo de la siempre subjetiva experiencia de la realidad”. “Conmovida por los horrores de la Primera Guerra Mundial, agotada moral y físicamente, aquella generación buscaba estabilizarse de esa forma, encontrando una identidad social válida”, y agrega que, “al igual que Nietzsche, Dix concebía el mundo como un ‘gigante de fuerza’, una fuerza más allá de las categorías del bien y del mal, una fuerza que nace y se consume en un círculo eterno del devenir y del desaparecer”.

La vida lenta duró poco: seis años después de conseguir una cátedra en la Academia de Arte de Dresde, los nazis llegan al poder y lo destituyeron. Inició su exilio por el país y en 1937 lo rotularon como “artista degenerado” porque su obra era un “sabotaje al espíritu militar de las fuerzas armadas”. Lo Gestapo lo metió preso dos semanas y luego lo enviaron a pelear otra guerra, la Segunda Guerra Mundial, donde cayó fue prisionero de Francia; fue liberado en 1946. Al volver, siguió pintando; lo hizo oponiéndose a las dos tendencias de la Alemania dividida: el arte abstracto y el realismo socialista. Murió de un ACV.