
En el Diccionario filosófico de Voltaire, el pensador francés, uno de los principales impulsores de la Ilustración, incluye una curiosa entrada llamada “Cambios sucedidos en el globo”, en la que enumera inundaciones, fuegos, maremotos, elevación de la altura promedio de las aguas y una serie de fenómenos climatológicos que sólo describe, ya que no les encuentra explicación.
Se debe recordar que la Ilustración, en su denodada lucha a favor de la razón, la ciencia y contra la superstición religiosa; precedió al positivismo, que haría del avance de las fuerzas del “progreso” un mantra que evadiría pensar en las consecuencias de la fuerza de la máquina en el orden de la naturaleza . Sin embargo, la entrada sobre los “Cambios sucedidos en el globo” culmina de la siguiente manera -debe leerse con la acostumbrada ironía de Voltaire al referirse a las cosas de la religión, pero también tal vez deba enfatizarse una pregunta que el párrafo mismo encierra:
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“El diluvio de Noé es un milagro incomprensible, que realizó sobrenaturalmente la Providencia, queriendo destruir al culpable género humano y crear un nuevo género humano inocente. Si la nueva raza humana fue más perversa que la primera y sigue siendo más criminal de siglo en siglo y de reforma en reforma, también esto es un misterio de la Providencia cuyas profundidades es imposible de sondear, y a la que adoramos los pueblos de Occidente, desde hace algunos siglos, por alguna traducción latina de las Setenta.”
¿No termina la enumeración de los cambios climatológicos con una referencia a la perversidad de la humanidad?

¿Y por qué este comienzo para comentar la obra Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra, escrita por la española María Velasco (que ganó el Premio Max 2022 a la mejor autoría teatral por este texto), en versión y dirección de Emilio García Wehbi y protagonizada por Elvira Tanferna?
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Una joven lee Orlando, de Virginia Woolf, en un escenario a cielo abierto, apoyada en un árbol, mientras el público termina de ingresar a la sala. Comenzará un monólogo de una fuerza demoníaca a lo largo de casi una hora de representación, sólo interrumpido por una voz amistosamente paternal del árbol, que establece un vínculo con esa mujer.
Quizás 50 minutos quedan comprimidos ante el vendaval de temas que desarrolla la obra -por otro lado, tales coordenadas temporales inducen al espectador a revisitar ese Jardín de las delicias, pintado por El Bosco.
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Ella contará en una catarsis física, las imposiciones familiares del propio patriarca nuclear a su incursión en la prostitución con el fin de establecer una tesis para la academia; mientras en las habitaciones de los hoteles provee de sus servicios (su cuerpo cosificado) a los propios docentes que después tendrían que evaluarla. El monólogo es un in crescendo cuyo devenir lógico es que el cuerpo mismo acompañe a la voz del desasosiego.
Pero allí está el árbol. Que vuelve a hablar. Que también ha sido mutilado por los hombres. Que es también una víctima, pero que no será una víctima pasiva, como no lo será la joven.
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Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra es una línea y un programa de venganza, frente a aquello que se ha roto.
A diferencia de la multitud de obras que plantearon temáticas feministas o que sólo exhibían la anécdota superficial de una opresión, la obra de Velasco une a la naturaleza amenazada el medio ambiente en su caída. Por eso la ambigüedad de la línea-título-programa-venganza: ¿se dirige al género masculino o ese “los hombres” implica también a la humanidad como destinatario del talar? Una elección u otra es importante respecto a aquel programa político.
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Que viene más a tiempo que nunca, cuando no sólo amenazan los gobiernos de los hombres y las mujeres a las masas en cada uno de nuestros países (y en particular el nuestro) sino que el apocalipsis climatológico nos acecha. James Lovelock, el científico que esbozó la teoría Gaia que le otorgaba a la tierra un carácter de “ser viviente” era pesimista sobre las posibilidades de revertir el desastre ecológico planteado en el planeta.
Aun así, no cejaba en su lucha por dotar de las herramientas posibles a los hombres para detener esta locura criminal. Esto incluso a pesar de haber dicho: “No son personas malas que cometen genocidio, todos somos capaces de ello. Es nuestra historia evolutiva” -inquietante pero probable razonamiento. Seguramente hubiera visto con ternura el intercambio entre el árbol y la joven. Y esa promesa de vindicación.
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La interpretación de Elvira Tanferna es apabullante y se come el escenario en ese monólogo en el que el cuerpo habita el texto de la representación. La dirección de García Wehbi no defrauda, sino todo lo contrario, expone al director a su vena más radical y desafiante. Las luces y el sonido son correctos de la mano de Martín Antuña.
*Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra se presenta los viernes, sábados y domingos a las 21:30 hs. hasta el 3 de marzo, en Fundación Cazadores, Villarroel 1440.
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Crédito fotos: Andrés Manrique
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