
Cuando murió aquel 25 de febrero de 1983 en la suite en la que vivía en el Hotel Elyseé –un elegante departamento de casi 100 metros cuadrados con todos los servicios a la habitación– en el Midtown Manhattan, en Nueva York, se informó que la causa del deceso del escritor Tennessee Williams había sido el atragantamiento con la tapa de un envase de gotas para los ojos. Hubiera servido como una metáfora: el autor de Un tranvía llamado deseo, La gata sobre el tejado de zinc y El zoo de cristal –entre otras grandes obras maestras de la dramaturgia– había querido ver mejor, sin embargo, ya había visto tanto y de esas visiones había surgido una obra que ya no era necesario ver más y, así, el destino había actuado.
Te puede interesar: Los teatros de la utopía, de Barcelona a Buenos Aires
Pero no. Williams tenía 71 años, y esa noche como tantas otras noches y días había estado bebiendo y, sin poder dormir, recurrió a su frasco de barbitúricos y había tomado una, dos, tres, muchas pastillas y había comenzado un sueño del que ya no podría jamás volver. Otra metáfora. El hombre que había revestido de una poesía trágica a la vida y sus conflictos no requería para su propia muerte un embellecimiento artificial, y así había obrado el destino. En cualquier caso, Tennessee Williams había muerto. Había dejado toda una obra sobre la tierra.
El zoo de cristal es una de esas piezas maestras. Actualmente, se la puede apreciar los lunes en el teatro Picadero, donde la actriz Ingrid Pelicori devora el escenario con una gran actuación en la que interpreta a Amanda Wingfield, una madre dominante del sur de los Estados Unidos, cuyo rol de arquitecta de la vida de sus hijos Tom (Agustín Rittano) y Laura (Malena Figó) los asfixia día a día, sin que ella se percate de los tentáculos opresivos de los que es dueña. Pero sus hijos sí. Amanda está obsesionada con que exista un pretendiente, un candidato, para su hija Laura, que sufre una timidez patológica y que es renga, ostensiblemente. Encomienda a Tom, que es poeta pero cuyo empleo es el de vendedor en una zapatería, que lleve a alguno de sus compañeros de trabajo a una cena para presentar a Laura. Tom accede. Su compañero de trabajo y antiguo compañero en la preparatoria Jim O’Connor (Martín Urbaneja) irá a cenar. Será un evento de revelaciones.
La puesta orbita en torno a la fuerza del personaje de Amanda en una versión del texto realizada por Mauricio Kartún y, de conjunto, se logra una muy buena representación de esta “comedia de recuerdos”, como definía Tennesse Williams a la pieza en sus notas a la dramaturgia. Al dar indicaciones sobre la escenografía, el autor dice más que unos señalamientos sobre el decorado. Sobre el departamento, dice que es uno de aquellos “que florecen como excrecencias en los centros urbanos de la clase media inferior y son un síntoma del impulso que empuja a ese sector de la sociedad norteamericana, el más grande y fundamentalmente esclavizado, a evitar la fluidez y la diferenciación y a existir y a funcionar como una entretejida masa de automatismo”. Y agrega: “en todos esos enormes edificios arden siempre los lentos e implacables fuegos de la desesperación humana”.

Y es así. Una desesperación de Amanda por un pasado que no fue y que la condujo, por amar a un hombre equivocado en lugar de un rico heredero del sur, a vivir al borde del colapso económico y con la amenaza de tener una hija solterona en casa. La desesperación de Tom de trabajar en una zapatería mientras sueña con otros espacios, otros mundos y anota en sus cuadernos retazos de poemas que quién sabe si alguien alguna vez leerá; mientras va al cine, es decir, los bares, y donde habla con extraños. La desesperación de Laura, cuya fragilidad le impide conducirse por el mundo o aparentar hacerlo, al menos, y que se refugia en sus cristales de animalitos, una colección, un zoo. Y hasta Jim, que era una promesa, pero no es nada. O es, a lo sumo, un empleado de zapatería, como Tom. Se trata de una gran obra, una de esas representaciones que hay que ver.
Quién fue Tennessee Williams
Tennessee Williams fue bautizado como Thomas Lanier, pero en la universidad sus compañeros le cambiaron el nombre definitivamente por Tennessee, debido al purísimo acento sureño de su voz. Decidido a hacer carrera con el oficio de escribir, se mudó a la Nueva York de los años cuarenta del siglo XX, en la que Broadway era el centro de la dramaturgia del mundo. A los 34 años, en 1944, estrenó El zoo de cristal, que le valió el reconocimiento del público y de la crítica. En 1948 presentó el consagratorio Un tranvía llamado deseo, que lo eleva a las cimas de la gloria. La tremenda versión fílmica dirigida por Elia Kazan y protagonizada por un debutante y hermosísimo Marlon Brando y una madura Vivian Leigh es un clásico de todos los tiempos. Williams fue nominado al Oscar por el guión del film.

Decía: “Todos mis personajes se inspiran en mí. No puedo crear un personaje que no lleve adentro”. Abiertamente gay, Tennessee Williams produciría una obra en la que la cuestión del peso de la homosexualidad mostraría una faceta producida por años más oscuros. A pesar de que tuvo una pareja estable que colaboraba con él como asistente, Frank Merlo, y cuyo fallecimiento en 1961 marcó el inicio de una depresión de la que, tal vez, jamás saldría; también ofrecía un cúmulo de personajes desdichados, incapaces de amar, destinados al sexo pasajero o urdido por el comercio. Incluso en El zoo de cristal se puede inferir que cuando Tom le dice a Amanda que ambos tienen secretos, que no están obligados a decirse el uno al otro y que cuando cuenta qué se la pasa en bares hablando con extraños en las barras, también esté hablando de su propia sexualidad.
La obra de Williams es uno de los ejes de la cultura norteamericana (y, por lo tanto, mundial) que nos dejó el siglo XX. En sus memorias decía: “Pero no es al acto de morir al que temo: es al olvido. Nadie se va a acordar, realmente, de ese Thomas Lanier Williams, borracho, un poco loco, algo escritor, que nació en la dura ciudad de Columbus, Mississippi, un 26 de marzo de 1911 y se autobautizó Tennessee”. Seguramente, nadie recuerda al tal Lanier. En cambio, la cultura vuelve una y otra vez a esos seres desesperados, parte de la condición humana, creados alguna vez y para siempre por Tennessee Williams.
Seguir leyendo
Últimas Noticias
Sydney J. Harris, escritor estadounidense: “El verdadero peligro no es que las computadoras comiencen a pensar como los hombres, sino que los hombres comiencen a pensar como las computadoras”
Cuatro décadas antes del estallido de la Inteligencia Artificial, este periodista y ensayista anticipó el gran dilema de nuestra era: el riesgo de automatizar el espíritu humano en nombre de la eficiencia

Cómo se escribe: tostar(se), conjugación adecuada
La Real Academia Española se ha convertido en la institución más relevante para fomentar la unidad idiomática del mundo hispanohablante

Pablo Larraín, director de ‘Mis muertos tristes’: “Mi prioridad era trasladar la literatura de Mariana Enriquez a imágenes sugerentes y relevantes”
El cineasta chileno se acerca a la imaginería de terror sobrenatural de la autora argentina en esta producción de Netflix que ya ha sido alabada por Stephen King

Gabriela Margall, escritora: “Se puede vivir de la literatura si uno tiene disciplina, se compromete y entiende que a veces hay momentos buenos y a veces no tanto”
A veinte años de la publicación de su primera novela, la historiadora y referente de la narrativa histórico-romántica, relanza la saga “La princesa de las pampas” y habla del desafío de reconstruir el pasado desde la ficción, de sus miedos y obsesiones literarias y de por qué las mujeres atraviesan su obra

Las canciones de Babasónicos que vuelven extraño el idioma
El autor sostiene que la voz de Adrián Dárgelos transforma frases cotidianas en una experiencia de extrañamiento, frente a la lectura que reduce su repertorio a relatos románticos convencionales solamente




