
I
Jean-François Millet nació en el campo. Ese detalle explica toda su obra. Fue en la aldea de Gruchy, municipio de Gréville-Hague, Normandía, el 4 de octubre de 1814, en una familia campesina. Fue el primogénito de Jean-Louis-Nicolas y Aimée-Henriette-Adélaïde Henry Millet. Dos sacerdotes de la comunidad se acercaron y le brindaron sus conocimientos: así aprendió el latín y leyó a los autores modernos.
A los 19 dejó el campo y se fue a Cherburgo en 1833. Quería estudiar pintura y eso hizo: el retratista Paul Dumouchel fue un gran maestro para él que, como una esponja, absorbía todo. Se perfeccionó hasta volverse una verdadera promesa y dos años después comenzó a tomar clases con Lucien-Théophile Langlois, un pupilo del barón Gros, en Cherburgo, quien lo apoyó económicamente para que pudiera viajar a París a la École des Beaux-Arts y estudiar con Paul Delaroche.
Y si bien sabía de sus destrezas, el primer cuadro que presentó en el Salón de París fue rechazado. ¿Qué hacer cuando, estando en la capital cultural de Occidente y en un punto altísimo de la cumbre, te tropezás? Levantarse y seguir escalando. Siguió estudiando, conociendo, perfeccionando su técnica y en 1849 se fue al bosque de Fontainebleau a reencontrarse con el paisaje de sus orígenes: el campo. Desde entonces su pintura se volvió fabulosa.
II
Junto a pintores como Narcisse Díaz, Théodore Rousseau, Jean-Baptiste Camille Corot y Charles-François Daubigny formaron un grupo: la Escuela de Barbizon. El objetivo era potenciarse y generar un nuevo estilo, una nueva estética, sin perder la tradición francesa. Fueron los precursores del impresionismo, le dieron un mayor vuelo al paisajismo y una gran solidez al realismo, contraponiéndose al romanticismo de Théodore Géricault y Eugène Delacroix.
Pero para Millet no se trataba sólo de un movimiento estético, también había algo político en retratar a la tierra y los campesinos que la trabajan. En ese entonces, el campo de Francia estaba concentrado y los trabajadores padecían duras condiciones laborales. Dibujar, pintar y poner en el lienzo a la clase campesina, a la cual él pertenece, es visibilizar a los más humildes. Así lo sentía y a eso se dedicó durante toda su vida: narrar con imágenes la historia de los explotados.
De esa época (1853) es La comida de los segadores, que lleva como subtítulo “Ruth y Booz”. ”Como excusa para presentarse al premio en el Salón de 1853 (que ganaría) cuenta la historia de Ruth, una joven que tras quedarse viuda tuvo que ganarse el pan trabajando como cosechadora en los campos de Booz, que admirado por el buen corazón de la mujer acabó casándose con ella”, escribió la historia del arte Emilia Bolaño.
III
Los segadores son las personas que se encargan de cortar la mies o la hierba y recogerla. Y allí están, en el cuadro, pero no trabajando, sino descansando. “Millet muestra a Booz invitando a una tímida Ruth a comer junto con el resto de segadores, pero queriendo dejar claro de qué iba su obra decidió cambiar el título ‘Ruth y Booz’ añadiendo eso de ‘La comida de los segadores’, pues consideraba a los campesinos dignos de una obra de arte con mayúsculas”, agrega Bolaño.
La comida de los segadores hoy está en el Museo de Bellas Artes de Boston, en Estados Unidos. Es una de las mejores de Millet, aunque es difícil elegir. Algunos se inclinan por El aventador, que se encuentra en el Museo del Louvre, o por El Ángelus, del Museo de Orsay, o por Las espigadoras, también en el Orsay, o incluso por Cazando pájaros de noche, atesorado en el Museo de Arte de Filadelfia. Todas son obras bellísimas.
Su legado fue enorme: inspiración para pintores como Vincent van Gogh, Claude Monet, Georges Seurat y Salvador Dalí pero también para escritores como Mark Twain y Edwin Markham. Murió en Barbizon el 20 de enero de 1875, tres semanas después de casarse con su gran amor y madre de sus nueve hijos, Catherine Lemaire. Dejó, más que una obra y una estética, una sensibilidad.
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