
La Cultura de la cancelación (Cancel Culture) es un fenómeno social complejo, que atraviesa a los distintos estamentos de la sociedad. No hay una sola forma de llevarla a cabo, ni está dirigida a un espacio en particular.
Es de origen estadounidense, aunque sus efectos ya tienen ramificaciones en otras partes del mundo. Es, básicamente, una forma de boicot en el que alguien es expulsado de los círculos sociales o profesionales por haber realizado o dicho algo que afecta a otro grupo de personas. Esto puede suceder en redes sociales y/o en el mundo real.
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El ejemplo más conocido es el de J.K. Rowling. La autora de la exitosa saga de Harry Potter compartió un artículo en el que se referían a las mujeres con el término ‘‘personas que menstrúan’' y realizó una reflexión que fue considerada transfóbica. A partir de allí comenzó un raid persecutorio en redes, librerías que retiraron sus obras, escritores que abandonar la agencia que la representa porque ésta no se expresó en contra de sus comentarios, actores como Ema Watson y otros haciendo declaraciones públicas. Y así.

El mundo del arte tampoco está exento. Los caso más resonantes se dieron en EE.UU. Primero, Keith Christiansen, ahora ex presidente de pinturas europeas del Museo Metropolitano (Met), quien debió renunciar tras una entrada en su feed de Instagram: compartió una imagen de Alexandre Lenoir intentando salvar monumentos de los “zelotes” (NdP: témino hoy asociado al radicalismo militante) de la Revolución Francesa. En respuesta, el grupo de defensa de los trabajadores de las artes, Art + Museum Transparency: “Estimado @metmuseum, uno de sus curadores más poderosos sugirió que es una pena que estemos tratando de deshacernos de un pasado que nosotros no aprobamos ‘quitando monumentos’ y, lo que es peor, haciendo que un perro silbe una ecuación de activistas #BLM con ‘fanáticos revolucionarios’. Esto no está bien“. Además, lo hizo en Juneteenth, una festividad no oficial conocida como Día de la liberación o Día de la emancipación.
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El otro es el de Gary Garrels, ex curador principal de pintura y escultura del Museo de Arte Moderno de San Francisco (SFMOMA), quien realizó un comentario que indignó a algunos de los miembros del personal del museo. Garrels informaba a miembros del staff del museo sobre nuevas adquisiciones de obras de artistas de color y dijo: ”No te preocupes. Definitivamente seguiremos coleccionando artistas blancos”. De lo contrario, bromeó, sería “discriminación inversa”. Alguien abrió un pedido de renuncia en la plataforma Change.org aduciendo un uso de “lenguaje blanco supremacista y racista”.

Infobae Cultura dialogó con Gabriela Rangel, directora artística del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), quien tiene una experiencia de 15 años en el departamento de Artes Visuales de Americas Society, en EEUU, para conocer su perspectiva sobre este movimiento y sus consideraciones de derrame globalizador sobre esta parte del mundo en el ambiente del arte.
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- ¿Cómo explicarías este fenómeno? y ¿cuáles considera que son los peligros y los beneficios de esta tendencia?
-Este clamor de amplios sectores de la sociedad, sobre todo joven y urbana (de las metrópolis), más que tendencia, es una de las múltiples capas de la desobediencia civil que se desplegaron a partir del fallido movimiento Occupy y las marchas de las mujeres y el movimiento Metoo. Los beneficios son muchos, entre ellos los que aporta una revisión de las nociones de democracia, justicia social e inclusión en un país donde los ciclos históricos han comprendido una especie de “revolución blanda” si se quiere, un reformismo radical, que luego es reapropiado por el poderoso sistema económico que logra reinventarse y prevalecer.
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Cómo explicar que sin este movimiento de dados no hubiera llegado al congreso de los EE.UU una líder como Alexandra Ocasio Cortez. Fue gracias a Sanders y al activismo de hoy que ella fue electa, menos mal en manifiesta oposición contra el régimen de degradación ética de Donald Trump. ¡Ojalá los millennials vayan a las urnas! Pero las revoluciones, por muy blandas que sean, devoran a sus hijos con la voracidad de Saturno.
- En las últimas semanas se produjeron algunas renuncias como las de Keith Christiansen, presidente de pinturas europeas del Museo Metropolitano, y Gary Garrels, el curador principal de pintura y escultura del Museo de Arte Moderno de San Francisco. El primero por un tweet bastante controversial y el segundo por un comentario desafortunado, ¿considera que esto es parte de un cambio de paradigma que llegó para quedarse o que solo responde a una época de extrema observación de los comportamientos?
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-El cambio de paradigma está en pleno desarrollo y cuando esto sucede placas tectónicas se mueven colapsando la estructura del orden anterior. Leí en la prensa el caso del curador del Met, museo en general monocultural y conservador en términos de la diversidad de sus repertorios historiográficos y enfoques curatoriales. Sin embargo, el Met ha hecho un excelente programa de exhibiciones contemporáneas de artistas del llamado Sur Global, muy necesario para una capital como Nueva York, que se mantuvo indiferente a mucho de lo que estaba ocurriendo en las bienales, salvo casos excepcionales como en instituciones pequeñas y The New Museum.
En cuanto al SF MOMA conozco personalmente a Garrels y lamento mucho que se haya visto forzado a renunciar por un error de cálculo, hubris y, sobretodo, una enorme falta de sensibilidad hacia lo que está incendiando las calles de Brooklyn, Portland; LA y otras ciudades. Sin embargo, Garrels ha sido uno de los contados curadores institucionales norteamericanos que mostraron un sostenido interés por diversificar su práctica y decolonizar las colecciones a su cargo durante estos años.
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-¿Considerás que el fenómeno CC crecerá como tendencia global y tiene potencial de alcanzar a Latinoamérica?
-El problema es precisamente que este legítimo deseo de corregir las desigualdades se mueve, circula y moviliza grupos como tendencia, sin adoptar las alteridades contextuales y tomar en consideración las diferentes temporalidades sociales que transforman un movimiento social en una sociedad de bienestar y no en un purgatorio conventual. Los cambio deben ser situados.
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- No hace mucho cuando se trataba de “cancelar” la obra de un artista se hablaba de censura. Ejemplos hay muchos. Para citar dos en Argentina, podríamos hablar de la exposición de León Ferrari en el Recoleta, que generó una controversia que aún sigue latente. En otras ramas de la cultura, como la audiovisual, donde los casos son más evidentes y tienen mayor alcance mediático, son varios ya los directores, humoristas-guionistas, que hablan que hay cosas que ya hoy no se podrían hacer y hace una década, sí. ¿Cree que esto puede suceder en el arte?, ¿que se llegue a un punto en el que haya artistas u obras que no puedan presentarse en salas o -como sucedió en aquella muestra del Recoleta- todo deba estar acompañado de un cartel de advertencia para no herir susceptibilidades/creencias/dogmas?
-No sé si podría afirmar que aún se mantiene latente el lamentable incidente del Centro Recoleta, cuando León Ferrari es hoy una figura reconocida tanto local como internacionalmente. Discrepo de esta percepción y celebro que la obra de un artista tan potente y singular como Ferrari haya superado las barreras oscurantistas que intentaron censurarla, justamente, por tratarse de un artista que usó el humor corrosivo y la ironía. Es imposible interpretar la obra de Ferrari sin humor.
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Evidentemente el arte y la literatura son focos importantes de escrutinio de los movimientos sociales, donde habrá revisiones, recriminaciones e incluso ajustes de cuentas que, espero, no hagan que se pierda la brújula y comience un capítulo doctrinario y no emancipatorio, como lo esperamos.
- Por último, ¿cree que este tipo de comportamiento, en general generado a partir de redes sociales, puede llevar a la autocensura en los distintos eslabones (del artista, galerista, curador al director de un museo)?
-Desde hace rato que opera la autocensura, justamente. Soy usuaria activa de las redes sociales, por lo que me he forzado a pensar en este tipo de sistema de comunicación interpersonal. En mi caso, la afiliación a las redes obedece a que de esta manera me comunico con mi comunidad imaginaria, el exilio venezolano y sus ciudadanos dispersos en diferentes lugares del mundo (como le sucedió a los argentinos durante la dictadura). Ahora bien, las redes sociales, dependiendo cómo las utilicemos y quienes forman parte de nuestra(s) comunidad(es) pueden transformarse en una suerte de “gated communities”. Esto, sin duda, está relacionado con cierta tendencia contemporánea a creernos portadores de la verdad única e indivisible. El tema es complejo y amerita discusión más allá de nuestras categorías de lo público, puesto que el mundo digital ha transformado la esfera de la opinión pública weberiana.
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