
En la mañana del pasado jueves, un grupo de jóvenes músicos se reunía a vocalizar en la Sala Roberto García Morillo del Departamento de Artes Musicales y Sonoras (DAMus) de la Universidad Nacional de las Artes (UNA). A los solistas y coreutas, pronto se fueron sumando instrumentistas, maestros y asistentes: unas 50 personas en total, en un clima de expectación y sinergia. Se trataba del ensayo pre general de El niño y los sortilegios, la ópera de Maurice Ravel que la semana próxima podremos escuchar en el Teatro del Globo, en dos funciones con entrada libre y gratuita.

Milagro de la autogestión en tiempos del desfinanciamiento, la Compañía de Ópera del DAMus pone el acento en la intención pedagógica. A sus integrantes los guía la convicción de que el escenario puede funcionar a la manera de un aula expandida. Por eso se proponen garantizarles a los alumnos la experiencia de atravesar todas las etapas de un montaje operístico, y también la posibilidad de actuar, cantar e interactuar con el público, no sin cuestionar los protocolos solemnes que suele adoptar la interpretación lírica.
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Ese ideario pudo verificarse durante todo el ensayo: mientras Marta Blanco, a cargo de la dirección musical general, seguía partitura en mano cada detalle de la interpretación vocal y de la pronunciación francesa, Bea Odoriz se encargaba de preservar la fluidez y el dinamismo de la acción escénica. Por su parte, Santiago Cano pulía la afinación de los números corales y el director Sergio Ganza ajustaba entradas, tempi y demás detalles del ensamble vocal e instrumental. (La obra se interpreta según una reducción para piano a cuatro manos, flauta y violonchelo que ideó Didier Puntos; en esta ocasión, la versión se enriquece con el añadido de un conjunto de percusión.)

El niño y los sortilegios fue la segunda y última incursión de Ravel en el terreno de la ópera, después de la comedia La hora española (1911). El libreto pertenece a Colette y, originalmente, nació como un poema en prosa titulado Ballet para mi hija. La autora lo escribió en ocho días, a petición de Jacques Rouché, director de la Opéra de París, hacia 1914. Pero tuvo que pasar más de una década para que su argumento se convirtiera en una ópera: bautizada como "fantasía lírica", la pieza recién se estrenaría en Montecarlo en 1925.
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Es casi una "ópera de bolsillo" –dura apenas 45 minutos– y se compone de una extraordinaria sucesión de escenas breves. Tiene como protagonista a un niño que, hastiado de sus tareas escolares, se rebela contra su madre y descarga su cólera en todo lo que encuentra a su alrededor. Entre otras cosas, rompe una tetera y una taza, pincha con una estilográfica a la ardilla que tiene cautiva en una jaula, tira una olla, se cuelga del péndulo del reloj de pared… No sabe que, mágicamente dotados de vida, cada uno de esos objetos y animales volverán más tarde para exigirle que rinda cuentas por sus desmanes.

Si algunos pasajes valseados de la ópera recuerdan los Valses nobles y sentimentales, la atmósfera general evoca el maravilloso mundo de la infancia que Ravel retrató en las piezas de Mi madre, la Oca. Aquí también recurre al lenguaje del music hall -es la época en que empezó a componer su jazzística Sonata para violín y piano-, y así el dúo entre la taza china y la tetera de porcelana negra sigue un ritmo de ragtime, seguido de una melodía orientalizante que el compositor no duda en superponer en una danza politonal.
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En uno de los episodios bufos, un viejito estrafalario acosa al protagonista con cálculos matemáticos de todo tipo: pronto descubrimos que representa el espíritu de la Aritmética. En otras escenas prima la melancolía: es el caso de los pastorcitos salidos de un tapiz que el niño desgarró en su ataque de furia, y que ahora vuelven para cantar una triste pastoral; o el momento en que una princesa encantada líricamente resurge entre las páginas de un libro destruido.

Esta obra de Ravel demanda una extrema precisión interpretativa que haga justicia al arte de miniaturista que el compositor pone en juego en cada recodo de su partitura. La pieza es un catálogo de posibilidades vocales: si los personajes masculinos a menudo deben recurrir al falsete, los roles del Fuego o del Ruiseñor contienen complicados pasajes de coloratura. Los gatos tienen un inolvidable dúo maullado y a los coreutas se les pide que imiten el croar de las ranas mediante ingeniosas onomatopeyas.
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La historia llega a una conclusión satisfactoria: al final, el niño se redime mediante la buena acción de curar a una ardilla accidentada. Todos se apiadan y cantan un apacible coro final, una de las páginas más inspiradas del compositor, que culmina con la reaparición de la madre, rubricada por dos acordes que funcionan al modo de un escueto leitmotiv.
Pero El niño y los sortilegios no sólo nos transmite la imagen reconciliada de una infancia burguesa: entre bromas y fantasía, también nos ofrece un retrato del sadismo infantil. Sin haber escuchado la ópera ni haber leído su libreto, la psicoanalista Melanie Klein reparó en este aspecto de la ópera de Ravel. A partir de la reseña de una función de la obra en Viena, escribió un ensayo que tituló "Las situaciones infantiles de angustia reflejadas en una obra de arte y en el impulso creativo" (1929). Entre otras cosas, allí sostiene que es imposible concebir la infancia dejando de lado el primitivo placer de la destrucción.
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En cuanto a Colette, nunca imaginó que su humilde historia se convertiría en una operita desbordante de imaginación, verdadera joya musical de la época de entreguerras. Más tarde, escribió: "Yo no había previsto que una ola orquestal, constelada de ruiseñores y de luciérnagas, elevara hasta tales alturas mi modesta obra".

* La Compañía de Ópera del DAMus interpretará la ópera "El niño y los sortilegios", de Maurice Ravel, el martes 17 y el miércoles 18 de septiembre a las 20:00 en el Teatro del Globo (Marcelo T. De Alvear 1155), con entrada libre y gratuita. Las localidades se retiran por boletería desde una hora antes de la función. Participan el Coro "Carlos López Buchardo", un conjunto instrumental y el Ensamble de Percusión del DAMus. La dirección escénica es de Bea Odoriz y el vestuario de Mariela Daga. Sergio Ganza está a cargo de la dirección musical y Marta Blanco de la dirección musical general. Se alternan dos elencos, compuestos por Candela Gotelli, Mailén Bilezker, Maia Wierzwinsky, Alonso Tipacti, Daniela Ruesja, Jorge Torraco, Andrés Medus, Paula Mangini, Julieta Nicoletti, Mercedes Hochmuth, Ana Laura García, Myriam Rojas y Cristian Chun, entre muchos otros.
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Fotos: Noelia Pirsic
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