Por Mariano del Mazo

Enrique Symns
Enrique Symns

Es un instante, una chispa, y sus ojos vuelven a tener ese brillo intenso y perverso que reveló hace más de 35 años el lado oscuro de la primavera alfonsinista. Esa mirada nerviosa que se adhería a una gestualidad de arlequín andrajoso y punk podía llegar a ser temeraria. El brillo es casi imperceptible, ocurre ante ciertos estímulos: la mención de un amigo, un apellido, un recuerdo determinado. Enseguida los ojos se vuelven a apagar. En la tarde más calurosa de marzo, poco antes de la tormenta, Enrique Symns tiene los párpados a media asta y dice que ya no espera nada. "Solo morirme lo antes que pueda. No sé cómo se hace. Parece fácil morirse, pero es mentira. A mí me está costando". Está tirado en un catre como Onetti, como Charly, como un ciruja VIP, rodeado de discos, libros, un control remoto y un cenicero lleno de puchos a medio fumar. Pasa la tarde con la mirada fija en la pantalla de un televisor apagado.

Está vivo de milagro, y lo sabe. El milagro lo apuntala un selecto grupo de amigos: el escritor Rodolfo Palacios, por caso, que lo sacó de una de las tantas siniestras pensiones en las que vivió en la última década, le puso este departamento en Balvanera y se prodiga en quehaceres varios, con esa clase de cariño viril que suele producir la admiración. Otro amigo es el periodista Juan Mendoza, que va y viene de Derqui, lo cuida, le compra los Camel y ahora mismo está llamando al SAME. "Que lo vean, que le tomen la presión. Está un poco caído. Desde que le conté que ibas a venir se puso un poco mejor. Le gusta que lo visiten. Pero viene barranca abajo", dice Mendoza.

“Fantasmas de luz”, de Enrique Symns
“Fantasmas de luz”, de Enrique Symns

Enrique Symns siempre estuvo a la altura de su leyenda. Por donde se lo aborde, su figura condensa el gesto más noble con la actitud más canalla, traiciones, miserias y épicas se mezclan en un torbellino en el que resulta imposible no marearse. Pero siempre, por sobre todas las cosas, lo que lo salva es la palabra. Symns es un hechicero de la palabra y uno de los grandes narradores de un mundo en descomposición. Su último libro, Fantasmas de luz (Sudamericana), recopila "crónicas malditas de márgenes y fronteras" que salieron en épocas y publicaciones distintas: desde el origen de todo —El Porteño y Cerdos & Peces hasta Orsai, Un Caño, Anfibia, THC y otras. También hay inéditos. Pero esencialmente lo que destaca es un único y largo texto: el que Symns escribió magistralmente a lo largo de al menos 40 años. Una única y larga indagación sobre el dolor, la soledad y el sinsentido.

Si en un momento esa obra literaria disfrazada de periodismo ostentaba el vertiginoso ritmo de la deriva cocainómana, en los últimos años ese mismo ritmo condescendió a una melancolía feroz. Symns sabe que se está muriendo y hasta hace pocos meses se dedicó a contar, puntualmente, en notas y más notas, su largo adiós. Es su especialidad: narrar su devenir. Convertir en palabra, en lenguaje, su experiencia vital. Ya no. Le acaba de poner punto final a su obra. "Ya está. Esto es la muerte. Tengo 72 años, diabetes, tuve un ACV, me operé de la próstata, no puedo coger más. La curtí, pero ya está. Como dijo Maradona: 'De nada sirve el triunfo si estás jodido para siempre'".

Enrique Symms, actualmente, en su departamento de Balvanera
Enrique Symms, actualmente, en su departamento de Balvanera

La muerte es una omnipresencia en tu obra. Siempre has hablado de la muerte. En Mi panteón personal, que publicó Orsai, hacés una lista de tus muertos admirados como Luca Prodan, Néstor Perlongher, Liliana Maresca, José Sbarra…

—Sí… Mi cabeza no para, la muerte está ahí. Tengo tiempo. En donde vivía antes tenía cable y veía a River, películas… Pero ahora estoy sin cable. Veo DVDs. Acabo de ver Zama… una garcha. Pienso, no puedo dejar de pensar en un montón de pelotudeces: en cosas que pasaron, en la soledad y en la muerte, sí. ¿Pero qué es la muerte? La nada. ¿Y qué es la nada?

La pregunta queda suspendida. Su voz se escucha cansada y por momentos resulta inaudible. Su dicción siempre estuvo detrás de una lucidez implacable. Cita a Sartre, a Freud, a Heidegger, como un eco algo tardío y confuso de aquellos monólogos desbordados de los conciertos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. O como un acto reflejo de las notas apócrifas de Cerdos & Peces, que proponían por caso islas perfectas con nativos que ofrecían sus mujeres a los viajeros.

A Symns se lo ha comparado, no sin pereza intelectual, con Bukowski y en menor medida con Hunter Thompson. Más allá de que cada analogía merecería un despliegue específico, como las de Bukowski y Thompson la poética de Symns no resiste estos tiempos de revolución feminista. Su incorrección política feroz era parte de un plan ideológico. En su propuesta libertaria abismal fue tan provocativamente repugnante en la apología a violadores, asesinos y dealers como pionero en la puesta en foco de lo que después fue el colectivo LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales).

Siempre jugó a tirar vinagre en las llagas de la sociedad, con una honestidad extraña pero real, una honestidad en la que podía caber la traición más infame pero no la claudicación. Fue compañero generacional y transitó un mismo circuito intelectual y vital de gente que tomó el under y los márgenes de la sociedad como un peldaño hacia otra instancia, gente como Jorge Lanata, Gabriel Levinas, el Indio Solari. Symns jamás abandonó ese territorio romántico y destructivo. Fue testigo y parte de una bohemia de carcajadas duras que degeneró en éxito o en un fárrago de caídos por el sida y los excesos. De eso habla en Mi Panteón Personal. "Ocurrió lo peor que podía pasar —dice ahora, en un suspiro—, que es la globalización de la moral. Creo que fue Freud el que dijo que la moral es la peor de las perversiones sexuales, porque nunca acaba. Nosotros en los '80 considerábamos que la libertad sexual era fundamental".

Antes que habitar este cubículo de la calle Perón sobrevivió en el Hotel América, en Constitución. Con la movilidad reducida, rara vez salía del perímetro de su colchón. Logró dar algunas charlas por monedas en el hall del hotel: sobre literatura y sobre ese personaje fantástico que es él mismo. El estado de salud le impide ahora dar esas ponencias y vive de una pensión otorgada por el Gobierno de la Ciudad y de exiguas regalías. Lee con torpeza, otro puñal en su rutina cotidiana: "Lo primera consecuencia de la diabetes es la pérdida de la vista. Veo nublado. Es una cagada no poder leer".

Fuma, y dice que para él la tragedia es haber tenido que dejar el alcohol y la cocaína. Habla por arriba de viejos amigos como Fernando Almirón ("murió joven… pobrecito") y Tom Lupo, de Maxi Prietto y de Vera Land, el amor de su vida. Habla de los sitios donde vivió en la última década: El Bolsón, Chile, Mar del Plata, Once, San Telmo, Derqui. Evocamos antológicas partidas de ajedrez. Cuenta con tono neutro que la otra noche se cayó: "Estuve desde las dos de la mañana hasta las cuatro de la tarde tirado. Tengo una estabilidad de mierda", dice. Al lado del colchón, un andador subraya su frase. "Hasta hace poco íbamos a almorzar a la fonda de la esquina. Pero está cada vez más débil de gambas", dice Mendoza.

Se hace un silencio que no incomoda. El calor es intolerable.

¿Te gusta Nick Drake? me pregunta de golpe.

Sí, mucho.

"Tomá", dice, estira la mano, tantea sin mirar entre el cenicero y el control remoto, y me regala un CD de un tributo indie a Drake. Todo tiene un aura onírico, irreal. Le comento que me tengo que ir, que si quiere vuelvo a visitarlo en un par de semanas. "Dale, volvé, sí", susurra. Mendoza se para a acompañarme al ascensor. En un gesto cariñoso paso la mano por su cabeza, esa cabeza que tatuó a miles de lectores. Nos miramos a los ojos y vuelvo a ver esa ráfaga, el brillo. La despedida se estira.

¿Quién te gustaría que te visitara, Enrique?

El Indio.

¿El Indio?

—El Indio. Pero no va a venir. Él no va a ningún lado.

¿Y Poli y Skay?

No, ellos no. Me gustaría que viniera el Indio. Nunca me voy a olvidar que él donó sangre sin que yo me enterara cuando mi viejo estaba internado. Nunca me voy a olvidar nuestras conversaciones. Nos peleamos mucho, yo me mandé muchos cagadas con él. Pero lo extraño.

Suena el timbre. Es el SAME. Aprovechamos que me estoy yendo para bajar y abrirles. A las pocas horas Juan Mendoza me dice por mail que "el viejo" está más o menos, que no se quiso dejar atender, que lo querían llevar al hospital, que sacó carpiendo a los médicos.

 

______

SEGUÍ LEYENDO