"La hija del criptógrafo", la nueva y magistral novela de Pablo de Santis, es a la vez un arquetípico producto De Santis (intriga y educación sentimental, precisión clasicista e ironía inglesa) y algo completamente diferente dentro de su obra: una indagación sobre la violencia política setentista y una refutación de lo maravillosa que era la juventud que tomó las armas persiguiendo utopías revolucionarias.

De Santis, de 54 años y una carrera que ya lleva más de tres décadas, es uno de los escritores argentinos contemporáneos más admirados (los innumerables premios, lectores fieles y hasta la reciente admisión en la Academia Argentina de Letras así lo prueban) pero rara vez sus libros o declaraciones viraron hacia lo político o lo actual (el debate sobre los 70 es, tal vez trágicamente, la discusión política con máyor reverberación en el presente).

De visita en los estudios de Infobae, el autor de "El enigma de París" y "Crímenes y jardines" habló sobre los desafíos de escribir una novela de misterio abordando la historia reciente, su propia visión sobre la convulsionada época y  por qué los rumores y no los hechos inspiraron su último libro.

—¿Cuál es el origen de "La hija del criptógrafo"? Tengo entendido que parte de un cuento que publicaste hace algunos años.

— Si, el germen es una novelita muy corta -o cuento largo- que apareció por entregas durante un verano en el diario ABC de Madrid. Era la historia de un profesor de literatura que tenía algo en el pasado que lo perseguía. De todas formas, el libro no se parece en nada a esa versión inicial.

—¿La intención al escribir algo que notoriamente se aleja de tus novelas anteriores, más en el tema y el contexto histórico que en tono, era abordar la época de los 70?
—A mí se me ocurren los argumentos. Y sabía que este argumento se apartaba bastante de lo que suelo escribir, cosas generalmente más vinculadas al mundo de la imaginación y a la literatura de género. De todas formas, creo que cuando escribimos siempre enfrentamos la gran duda de hasta qué punto una novela tiene un vínculo con la realidad o no.

—¿Hiciste una investigación previa sobre la época o releíste algo sobre la Dictadura u organizaciones guerrilleras para escribir la novela?
— No, solamente trabajé con mis recuerdos. Yo tenía 13 años cuando fue el golpe pero recuerdo la época, recuerdo lo que se comentaba, recuerdo las noticias. Entonces es una novela que le presta mucha más atención a lo que se decía en las casas, en las familias, más que al desarrollo de los hechos. Y a cómo ciertos hechos de violencia impactaron más que otros en la imaginación popular.

—Los criptógrafos en la novela colaboran con la guerrilla codificando y descifrando mensajes. ¿Algo de esto ocurrió de verdad? 
—Me inspiré más en rumores que en historias verdaderas, en realidad…

—¿Por ejemplo?
Me acuerdo de rumores que decían que en los avisos de los santos aparecían mensajes, mensajes que aparecían en los diarios de agradecimientos a San Cayetano, al Sagrado Corazón de Jesús… Y existía la fantasía de que eran mensajes secretos. También en las historietas, estaba la fantasía de que en "El Eternauta", en la segunda parte, por ejemplo, había ciertos mensajes secretos. Y algo posterior, en las cartas que se mandaban los presos políticos también había cierta escritura encriptada. En el mundo de lo clandestino siempre hay alguna voluntad de secreto y de la escritura secreta, empezando por los nombres, ya que nadie llevaba su nombre real.

—Miguel Dorey, el narrador y protagonista de la novela, es muy escéptico y desconfía de los miembros de organizaciones guerrilleras que comienzan a copar su círculo de criptógrafos. No es muy difícil asociar su actitud a tu propia visión política…
—Sí, mi relación con la militancia política ha sido sin duda de mucha distancia, de mucha crítica. Crítica sobre todo no hacia los hechos que creo que todo el mundo repudia, sino también al relato que se montó muchas veces sobre eso, a la manera en la que se lo adornó. En muchos casos, la violencia terrible de la Dictadura, totalmente tremenda, inhumana, hizo que se borraran las culpas de la guerrilla y los crímenes que cometió. Hubo mucha gente que perdió familiares en manos de la guerrilla, y esa memoria no es tan respetada, pese a que debería merecer todo nuestro respeto también.

—¿Pensaste la novela como una intervención en el debate político, como una toma de posición entonces?
—Las novelas nunca dan una versión definitiva y dicen "esto es la realidad esto es lo que pasó"; más bien, uno juega a ponerse en el lugar de los otros, juega a ser otros. Pero lo que intenté que estuviese en la novela es algo que creo está oculto en el relato sobre la guerrilla que es que había un deseo de hacer esas cosas, que había un goce, un disfrute de esa vida clandestina. Aunque siempre se lo quiera presentar como una obligación, una pesada obligación que toman, es evidente que había algo que pertenecía al orden del entusiasmo. También creo que hago hincapié en la fuerza de la época, en cómo una época arrastra a las personas a hacer lo que hacen. Es decir, siempre nos creemos más individuales de lo que somos, pero uno siempre depende completamente del lugar y el tiempo en el que está.

— Hablando del tiempo, las historias en tus libros se desarrollan generalmente en el pasado, y no el pasado reciente, sino muchas décadas atrás. ¿Es imposible escribir un policial situado en el presente y mantener la elegancia, el misterio?
—En cierto modo sí, porque es un género que exige un cierto realismo al menos al narrar la investigación. Yo no podría hacer una novela y que empezaran a aparecer todos los instrumentos científicos. Los microscopios, la fibra de ropa y todo eso no me interesa. Me gusta el pasado porque es un mundo mucho más cerrado, no es el pasado real sino es un pasado imaginario, una fábula. Si uno pone una novela en un pasado más o menos lejano no tenés que competir con la experiencia del lector que va a decir "no, no era así", salvo que sea un especialista en crímenes del siglo XIX (risas).

—De todas formas, este no es un libro de misterio clásico. A diferencia de tus novelas anteriores, en "La hija del criptógrafo" no hay un enigma principal, son más bien varias intrigas entrelazadas, y nunca está demasiado claro hacia donde va la historia. Vos dijiste en una entrevista que tu intención inicial con este libro era hacer un policial más convencional pero que luego fue mutando…
—Sí, esta es una novela que más que ser como una película es una miniserie. Por otra parte, las miniseries tienen el modelo de las novelas del siglo XIX, no dependen tanto de una estructura cerrada sino que las novelas realistas, Stendhal o Balzac, van contando años en la vida de un personaje y con distintas intrigas. Creo que ese es el mundo de las miniseries, que no hay un momento, un pico de tensión, sino muchos picos de tensión en oposición a lo que es el cine que está todo mucho más concentrado. Y yo creo que esta novela tiene que ver con un poco de ese mundo, el paso de los años, distintos picos de tensión, como si fuera un conjunto de pequeñas novelas que van contando la vida del protagonista y a la vez la historia de amor.

—Varios de tus trabajos, ya sean cómics o novelas, han sido adaptados para el cine o la televisión, más recientemente la miniserie "El hipnotizador" de HBO con Leonardo Sbaraglia. ¿Pensás visualmente la historia y los personajes cuando escribís?
—Las pienso visualmente pero no porque piense que las vayan a hacer en cine, sino porque para mí el aspecto visual de una novela es algo que hace a la memoria de la novela, nuestra memoria como lectores. Cuando recordamos una novela no recordamos palabras, a veces podemos recordar alguna frase, pero en general recordamos escenas, el personaje va a tal lado, el personaje hace esto. Por ejemplo "Crimen y castigo" tiene un montón de páginas y situaciones pero si me preguntás qué me acuerdo yo de la novela, te digo de la trabita que tenía el abrigo de Raskólnikov para poner el hacha, una imagen visual. Creo que esas son las cosas que recordamos de las novelas. Así que para mí es importante este aspecto visual para la memoria del lector. Y esto todavía es más importante en las novelas policiales que en general tienen más personajes. Porque el policial necesita la galería de sospechosos.

—Por último. Se te suele asociar generalmente con escritores clásicos del pasado, pero me intriga saber qué escritores nacionales contemporáneos te gustan o qué novelas argentinas nuevas leíste recientemente que te hayan gustado.
— Bueno, las noveles policiales de Guillermo Martínez son fantásticas, "Crímenes imperceptibles" o "La muerte lenta de Luciana B". Marcelo Birmajer tiene una novela policial lindísima, "Las nieves del tiempo". Gonzalo Carranza es un escritor que me gusta muchísimo, publicó novelas para jóvenes pero policiales. "El sistema de vida de la cucaracha" es una novela preciosa. Me gusta mucho un escritor cordobés, Sergio Aguirre, que es un escritor del que he leído todos sus libros, están publicados en colecciones juveniles pero son libros que si salieran en cualquier colección no tienen ningún tipo de marca. Y tiene una novela que es muy popular en los colegios que se llama "Los vecinos mueren en las novelas", una especie de policial inglés. Y, por supuesto, las novelas de [Juan] Sasturain, que es un poco mi maestro, mi sensei.

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