El número de estudiantes con autismo registrados por el Ministerio de Educación Pública de Costa Rica aumentó 167% entre 2019 y 2025, pasando de 5.911 a 15,781 alumnos.
Este incremento, equivalente a 9,870 estudiantes más, abarca desde preescolar hasta educación diversificada y refleja, según la propia cartera educativa, un cambio en el acceso a apoyos y no una variación clínica en la prevalencia del trastorno.
Las cifras incluyen a quienes asisten a centros de educación especial, aulas integradas y programas destinados a personas con discapacidad o riesgo en el desarrollo. El Ministerio aclaró que estos datos no representan estadísticas epidemiológicas, sino indicadores de atención educativa y acceso a apoyos.
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La política educativa actual busca avanzar hacia un modelo inclusivo, en el que la asignación de apoyos depende de la valoración de las necesidades de cada estudiante y no exclusivamente de un diagnóstico médico. Según el Ministerio, el objetivo es favorecer la participación, permanencia y aprendizaje de todos los alumnos, como informó El Observador.
Factores del crecimiento en los registros
El aumento en los registros de estudiantes con autismo en Costa Rica responde a cambios en los criterios de identificación y a una mayor disponibilidad de apoyos dentro del sistema educativo, sin que eso implique necesariamente una variación en la prevalencia clínica del trastorno.
Anthia Ramírez, académica de la Universidad Nacional, vinculó el incremento a un mayor conocimiento sobre el trastorno, procesos de detección más precisos y la identificación oportuna de necesidades de apoyo.
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Advirtió que no toda dificultad en la comunicación o interacción social significa la existencia de autismo y remarcó que el diagnóstico debe surgir de una valoración integral realizada por profesionales especializados.
“Las familias deben actuar con cautela ante señales aisladas y evitar asociarlas automáticamente con el TEA”, recomendó Ramírez.
Natalia Trejos Barris, docente de la Universidad de Costa Rica, explicó que el autismo se caracteriza por dificultades en la comunicación, la interacción social y patrones de comportamiento restrictivos o repetitivos.
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Señaló que estas manifestaciones varían entre personas y que solo la observación constante en distintos contextos justifica una evaluación especializada.
Trejos subrayó: “En ningún caso constituyen criterios suficientes para establecer un diagnóstico, el cual debe ser realizado mediante un proceso de evaluación integral por profesionales capacitados”.
Ambas especialistas coincidieron —según recogió El Observador— en que los docentes pueden identificar señales de alerta, pero no confirmar la condición.
Diagnóstico, manifestaciones y apoyos en la escuela
El diagnóstico de autismo en Costa Rica se basa en clasificaciones internacionales como el DSM-5-TR y la CIE-11, sin variaciones según la etapa escolar. Lo que cambia es la manera en que se expresan las características del trastorno a medida que avanzan el desarrollo y las demandas sociales.
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En etapas posteriores, algunos estudiantes pueden compensar o “camuflar” ciertas dificultades, sobre todo quienes tienen mayores habilidades cognitivas o lingüísticas, lo que puede retrasar la identificación.
Por eso, la evaluación debe considerar la historia del desarrollo, la observación clínica y el desempeño en diferentes contextos.
La valoración la realizan pediatras, neurólogos, psiquiatras, psicólogos clínicos y especialistas en neurodesarrollo. Entre las pruebas más utilizadas se encuentran la ADOS y la ADI-R.
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Sobre los apoyos, tanto Ramírez como Trejos coincidieron en que deben ser individualizados. Entre los recursos más efectivos figuran rutinas claras, apoyos visuales, lenguaje concreto, adecuaciones metodológicas, estrategias de regulación emocional y sensorial, y ambientes estructurados. Las especialistas destacaron la importancia de la colaboración entre docentes, familias y profesionales de apoyo.
Consecuencias de la falta de apoyos y la importancia de la identificación oportuna
La falta de atención adecuada puede traducirse en rezago escolar, ansiedad, frustración y baja autoestima, según advirtió Anthia Ramírez. La académica también señaló que muchas conductas pueden confundirse con problemas disciplinarios, cuando en realidad expresan necesidades no comprendidas o respuestas a una sobrecarga sensorial.
Ramírez indicó que la identificación oportuna y los apoyos adecuados mejoran el aprendizaje, la participación y la calidad de vida tanto del estudiante como de su familia. Natalia Trejos coincidió en la importancia de brindar estos apoyos dentro del sistema educativo y alertó sobre los riesgos asociados a no hacerlo.
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