Hubo un momento, ya sobre el final de la misión, en el que al general de brigada en la reserva Yossi Pinto le llegó una noticia que todavía lo emociona. “Uno de los momentos más emotivos para mí fue recibir el reporte de que habíamos encontrado a las dos últimas personas desaparecidas, de las 29 que faltaban cuando empezamos la misión, exactamente en el lugar donde dijimos que estarían”, cuenta a Infobae, tres días después de haber regresado a Israel. “Fue importante para mí saber que no quedaba nadie atrás, que ninguna familia iba a vivir sin su hijo o su hija después de algo tan devastador. Que todos tendrían un lugar adonde ir, y estar con sus seres queridos: ahí supe que habíamos cumplido la misión para la que habíamos ido”.
Esa frase resume, mejor que cualquier cifra, lo que Pinto —Jefe de la delegación de las FDI en Colombia y Comandante de la Unidad Nacional de Búsqueda y Rescate, General de Brigada — define como el cierre de la misión de “Alianza de Hermanos”: doce días en Cali, tras el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el centro y el oeste de Colombia el 10 de agosto.
La ventana que se cerraba
Pero para llegar a ese momento, la delegación de unos 80 rescatistas, ingenieros, analistas de inteligencia y técnicos antes tuvo que lidiar con la incertidumbre. Cuando llegaron a Cali, unas 96 horas después del terremoto, todavía trabajaban bajo la premisa de que había gente con vida bajo los escombros. “La razón por la que corríamos tan rápido como podíamos, del aeropuerto directo al terreno, era esa suposición básica: que había una chance de rescatar a gente con vida. Y cuando llegamos a algunos de los sitios, todavía escuchábamos ilusiones de que había señales de gente con vida bajo el hormigón y los escombros”, cuenta Pinto.
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Esa expectativa se sostuvo varios días más. En una sesión informativa realizada el octavo día tras el sismo, Pinto todavía estimaba que la posibilidad de hallar sobrevivientes se agotaría en un plazo de entre 40 y 72 horas más. Consultado ahora sobre qué ocurrió después de esa segunda ventana, no endulza la respuesta: la revisión de los sitios, con más de doce horas de trabajo en algunos de ellos, apoyo tecnológico y “una investigación muy profunda”, llevó al equipo a concluir que las probabilidades de encontrar a alguien con vida eran, para entonces, “muy, muy bajas”. Aun así, dice Pinto, el objetivo no cambió: “Nuestra misión era, si no podíamos rescatar a los desaparecidos con vida, encontrar a todos los desaparecidos que hubiera en el sitio. Y por suerte, lo logramos en esos tres sitios, y después también en el cuarto”.
La delegación terminó trabajando en cuatro de los cinco puntos activos que había en Cali y, junto con equipos locales y delegaciones de Estados Unidos y otros países, logró localizar a las 29 personas que figuraban como desaparecidas en esos sitios. “Cuando dejamos Cali no había más personas desaparecidas en ninguno de los sitios activos”, subraya Pinto.
A nivel nacional, según el último balance oficial de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), con corte al 25 de agosto, el terremoto deja hasta el momento 331 personas fallecidas, 4.439 heridas y 240 desaparecidas.
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La sombra de Venezuela
Semanas antes de viajar a Colombia, Pinto había comandado una delegación de 23 días en Venezuela, tras el terremoto que devastó La Guaira, la más larga que Israel había enviado hasta entonces fuera de sus fronteras. La diferencia entre ambas misiones, dice, fue sobre todo de escala: “En Cali hubo unas pocas docenas de edificios colapsados; en Venezuela, miles. Fue mucho más devastador”. Eso explica, en parte, que Venezuela recibiera delegaciones de unos 30 países, frente a las tres o cuatro que llegaron a Colombia. A esa diferencia se sumó el tiempo de reacción: la falta de relaciones formales entre Israel y Venezuela retrasó la coordinación del envío y llevó a diseñar una delegación centrada en ingenieros y tecnología, sin equipos de rescate propiamente dichos, a diferencia del despliegue mucho más veloz que llegó a Cali.
En ambos países, sin embargo, el trabajo de localizar a los desaparecidos se apoyó en un método similar: cruzar información de inteligencia sobre quiénes estaban en los edificios al momento del colapso, datos de ingeniería sobre cómo estaban construidas esas estructuras, y tecnología de detección acústica, sísmica, cámaras y radar. “Fusionamos toda esa información hasta construir un cuadro que finalmente nos dice el punto exacto donde deberíamos buscar”, explica Pinto. En paralelo, cinco equipos de ingenieros de la delegación clasificaron, junto con especialistas colombianos, escuelas, hospitales y cientos de edificios de la ciudad, en un esfuerzo por restablecer los servicios públicos y devolver cierta normalidad a Cali.
“Encontramos socios, encontramos amigos”
Si hay una idea a la que Pinto vuelve una y otra vez en la conversación, es la de la calidez con la que fueron recibidos. Durante los doce días que la delegación permaneció en Cali, trabajó en plena cooperación con el alcalde, la oficina de bomberos y la unidad de rescate local. Pero lo que más lo impactó, admite, fue algo más personal: “Me impresionó mucho la cooperación y el cariño que recibimos de la gente colombiana. Los encontramos en las calles, en cada uno de los sitios donde trabajamos, siempre con un número masivo de voluntarios. Fue asombroso”.
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Ese vínculo se sostuvo también en otro plano: durante la misión, la delegación tomó contacto con la comunidad judía colombiana de Cali, que Pinto también describe como importante para el equipo. Preguntado por lo que esta experiencia significó a nivel personal, no duda: encontraron socios tanto en los equipos de rescate colombianos como en la propia gente de la ciudad. “Si me preguntás cuál fue mi sentimiento personal sobre esta cooperación, es que encontramos socios, encontramos amigos”, resume, y anticipa que esa relación podría convertirse en un campo de cooperación permanente entre los equipos de rescate de ambos países.
Ese mismo clima ya había sido descrito, semanas antes, por otra integrante de la delegación. La mayor Ilil Comay-Dror, que trabajó en los primeros días de la misión en Cali, había contado a este medio que uno de los aspectos más intensos del despliegue fue el contacto con las familias de las víctimas, que colaboraron activamente aportando información para la búsqueda, y había resumido el clima que encontró en la ciudad con una sola palabra: “hermandad”.
Semanas más tarde, ya con la misión concluida, Pinto llega a una conclusión similar desde su lugar de comandante: lo que empezó como cooperación operativa terminó convertido, para él, en una relación de amistad entre ambos países. Pinto lo resume, ya al final, en una idea: “Sé que si en algún momento el Estado de Israel necesitará apoyo colombiano, lo vamos a tener”.
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