A sus 13 años, Juan Pablo Sánchez Espinel se convirtió en una de las caras más visibles de las labores de rescate en Pereira. El adolescente, conocido como “el topito de Colombia”, desde el primer día del terremoto del 10 de agosto de 2026 se sumó a la remoción de escombros, a la entrega de mercados y a tareas de apoyo que, según dijo, marcaron su decisión de querer ser rescatista.
El niño relató a Noticias Caracol que el día del temblor salió de su casa en el barrio San Luis después de que una alerta de Google en un teléfono Android advirtiera sobre un posible sismo. Más tarde permaneció en la zona de la tragedia hasta cerca de las 9:00 p. m., aun cuando ya había toque de queda y cortes de energía en la ciudad.
En la entrevista emitida el 20 de agosto, explicó que en los días posteriores también participó ayudando a sacar pertenencias de un hombre de un edificio derrumbado en Los Álamos, removió escombros en sectores de San Luis y compró mercados con donaciones para entregarlos a damnificados y personas necesitadas.
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“Yo no me voy a quedar como un tonto ahí en la casa, ahí nada más que jugando videojuegos y acostado en la cama. Yo me salgo allá a sacar escombros y a dar mercados y todo. Es con lo que yo puedo ayudar a mi país”, afirmó.
El menor participó en el rescate de una mujer atrapada bajo los escombros
El episodio que más lo marcó ocurrió en Providencia, cuando se unió a un grupo que intentaba rescatar a una mujer identificada por él como doña Leticia. Según su relato al medio, llegó al lugar con poca protección: un tapabocas, una gorra y guantes que otras personas repartían en la zona.
Juan Pablo contó que al principio no querían dejarlo ayudar por ser menor de edad, pero insistió hasta integrarse a la cadena humana que retiraba baldes con escombros: “No me querían dejar y yo los regañé y les dije: ‘Déjeme, pues ayudar, que esta situación no está pa’ jodas, de que menores de edad, esta situación está pa’ que todos salgan con palas, picas, macetas y todo y ayudar a rescatar personas, déjeme ayudar que yo les estoy prestando mi servicio’. Y me dejaron ayudar”.
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Describió que golpeó placas con un mazo pequeño, llenó baldes con una pala más chica y retiró ladrillos y restos de concreto para abrir paso al rescate. “Al principio se veían solamente los pies de ella”, recordó. Explicó que una placa comprometía la caja torácica de la mujer y que, después de varias horas de trabajo, y con el apoyo del personal de Defensa Civil y otras personas lograron sacarla, pero ya sin vida.
“No puedo dar más detalles cómo la sacaron y todo por respeto a ella, porque eso es una muerte violenta”, dijo al explicar por qué evitaba describir la escena. Del mismo modo, indicó que la muerte de la mujer lo dejó “marcado” porque durante toda la labor mantuvo la esperanza de que saliera viva.
A partir de esa experiencia, aseguró que encontró una vocación que antes no tenía definida: “Yo voy a ser rescatista y ninguna persona que yo vaya a rescatar va a salir muerta”.
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Su madre lo buscó durante horas
El adolescente relató que estaba durmiendo cuando comenzó la emergencia. Su madre preparaba el desayuno y recibió primero la alerta del celular; enseguida, explicó, empezaron vibraciones leves que luego se hicieron más fuertes, hasta obligarlos a salir a la calle.
Dijo que su casa no se derrumbó y no tuvo heridos, aunque el susto fue mayor porque su padrastro permaneció dentro de la vivienda mientras ellos corrían a resguardarse. También describió que, ya afuera, vio caer una baranda de una cancha y observó el derrumbe de edificios a la distancia.
Sobre cómo reaccionó en ese momento, dejó una reflexión que presentó como regla de supervivencia: “Uno tiene que guardar la calma. Uno no puede entrar en pánico, porque el pánico lo que hace es que uno se traba”.
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Su madre, Johana, contó en la misma entrevista que ese día lo buscó durante horas sin saber dónde estaba. Recorrió Providencia y otros sectores de la ciudad mientras el niño seguía entre los escombros, cubierto con tapabocas y guantes, por lo que no logró reconocerlo entre los grupos de voluntarios y rescatistas.
Juan Pablo explicó que volvió a su casa cerca de las 9:00 p. m., después de haber pasado también por otra estructura afectada, una panadería donde ayudó a remover restos para sacar un carro atrapado.
El polvo de los escombros le causó problemas respiratorios
Entre las consecuencias físicas de esas jornadas, el niño dijo a Noticias Caracol que se enfermó por la exposición al polvo. Señaló que fue revisado por médicos en una estación de bomberos y que le dieron medicación para problemas respiratorios.
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“Me salieron hasta bultos en la nariz que me dolían. Eso hasta me dio fiebre”, contó. Aun así, sostuvo que regresó a la zona afectada para seguir ayudando.
También relató que la experiencia le dejó secuelas emocionales. Dijo que esa noche tuvo varios ataques de ansiedad, sobre todo por el recuerdo de la mujer fallecida, la oscuridad que dejó el apagón y la imagen de las casas destruidas en Providencia.
Antes del terremoto, explicó, ya trabajaba vendiendo dulces, una actividad que mantiene aunque, según contó, el comercio quedó paralizado tras la emergencia y las ventas bajaron. Sobre su futuro, dijo que quiere ser rescatista, boxeador y empresario, pero reiteró que su decisión más firme está integrar una brigada del cuerpo de bomberos de Pereira.
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