Teniendo en cuenta que en Colombia se celebra el Mes del Padre en junio (14 de junio), el Ejército Nacional ha expuesto historias sobre uniformados que, además de defender al país, han buscado ser un ejemplo para sus hijos.
Una de las destacadas es protagonizada por el capitán Carlos Andrés Ortiz Rosero, que está próximo a convertirse en mayor tras superar la amputación de una pierna durante el conflicto armado en San Vicente del Caguán, en 2010.
Lejos de abandonar la carrera, el oficial se mantuvo activo y se transformó en un ejemplo para su familia y la institución. La continuidad de este legado se refleja en su hijo, el ahora teniente Carlos Miguel Ortiz López, que eligió la vida militar a pesar de haber vivido de cerca las consecuencias del conflicto.
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La trayectoria de Ortiz Rosero comenzó mucho antes del incidente que cambió su vida. Proveniente de una familia con varios miembros retirados de las fuerzas armadas y la policía, creció en un ambiente marcado por la disciplina y el sentido del deber. Durante una operación militar en 2010, el capitán sufrió la pérdida de una extremidad a causa de un artefacto explosivo improvisado, un episodio que definió su carrera y su perspectiva sobre el servicio a la patria.
Según relató en una entrevista a la que tuvo acceso Infobae Colombia, Ortiz Rosero encontró en el apoyo institucional y familiar la base para su recuperación y continuidad profesional. “La fuerza para seguir adelante vino de la familia y de mis compañeros de armas”, indicó el uniformado, que recibió una prótesis y se integró a programas de readaptación del Ejército Nacional.
El impacto de este proceso no solo marcó a Ortiz Rosero, sino también a su hijo, que desde pequeño convivió con las cicatrices y los desafíos propios de una familia militar. Carlos Miguel Ortiz López decidió unirse al Ejército, graduándose como subteniente hace un año, a pesar de las preocupaciones de su madre por los riesgos asociados a la profesión. La decisión del joven fue impulsada por el ejemplo y la motivación transmitida por su padre. “Crecí viendo la fortaleza de mi papá, entendí que servir es un honor”.
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Según el testimonio de los entrevistados, el orgullo, la resiliencia y la fortaleza interna son esenciales para cualquier soldado; ambos hablaron de la importancia de la vocación y la formación en valores.
En la entrevista hablaron de cómo el deporte adaptado en la recuperación del capitán fue clave, incluido el levantamiento de pesas, lo que se transformó en una herramienta de rehabilitación física y mental, así como en una vía para inspirar a otros militares en proceso de recuperación. “El deporte me permitió demostrar que se puede seguir dejando huella en la institución, incluso después de una lesión”, sostuvo Ortiz Rosero.
La relación entre padre e hijo aparece en el relato como un vínculo de apoyo y admiración mutua, donde el ejemplo personal se traduce en motivación para la nueva generación de oficiales. “Ver a mi hijo portar el uniforme me llena de orgullo, es la confirmación de que el sacrificio no fue en vano”, manifestó el capitán, mientras que desde la perspectiva del joven oficial, la decisión de ingresar al Ejército representa la continuidad de una tradición familiar, pero también el compromiso personal de asumir los riesgos y desafíos del servicio activo.
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Ambos uniformados insistieron en la importancia del acompañamiento institucional y familiar, así como en la necesidad de honrar y recordar a quienes han sido afectados por el conflicto armado.
Indicaron que con su testimonio buscan transmitir un mensaje de esperanza y superación para otros soldados y sus familias. “La familia es el motor que impulsa a seguir adelante, incluso en los momentos más difíciles”, concluyó el capitán Ortiz.