En medio de paisajes áridos, cultivos de cebolla y calles que conservan la arquitectura colonial, Sáchica se ha posicionado como uno de los destinos más curiosos del país.
No solo por su clima cálido —inusual en la región—, sino por una particularidad que lo ha hecho famoso: su estrecha relación con la cerveza, una bebida que aquí trasciende lo cotidiano y se integra a la identidad del territorio.
Lejos de ser un simple eslogan, el apodo de “el pueblo más cervecero de Colombia” nace de una práctica social visible en cada rincón, pues desde las primeras horas del día, trabajadores y habitantes se reúnen en tiendas locales para compartir una “pola fría”, una costumbre que responde tanto al calor del municipio como a las largas jornadas en el campo.
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En este escenario, la cerveza no es protagonista por sí sola, sino por lo que representa: encuentro, descanso y tradición.
Más que una ruta cervecera estructurada, en Sáchica la experiencia se vive de forma espontánea. Recorrer sus calles implica detenerse en tiendas tradicionales, donde las conversaciones fluyen al ritmo de las bebidas frías. Uno de los puntos más representativos es el establecimiento Mercafamiliar, reconocido por su alta rotación de cerveza y por ser un lugar de encuentro para locales y visitantes.
A esto se suman propuestas turísticas que integran la cultura local con actividades recreativas. Operadores como Bohío Travel han diseñado recorridos que incluyen experiencias como el tradicional juego del tejo, considerado patrimonio cultural en Colombia.
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En estos planes, los visitantes pueden participar en competencias amistosas, degustar gastronomía típica como el sancocho de gallina y conocer de cerca la vida rural del municipio.
La cerveza, en este contexto, aparece como un complemento natural de la experiencia: acompaña los juegos, las comidas y los recorridos, reforzando ese vínculo entre tradición y cotidianidad.
Aunque su fama gira en torno a esta bebida, Sáchica ofrece mucho más, ya que el municipio cuenta con una riqueza histórica que se puede explorar a través de recorridos guiados que narran su pasado desde tiempos prehispánicos hasta la colonización, según explican en las páginas especializadas de turismo en Colombia.
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Entre sus principales atractivos se encuentran la iglesia doctrinera, la plaza principal y monumentos emblemáticos como la Piedra del Castigo o el homenaje a la cebolla cabezona, cultivo insignia de la región y estos espacios permiten comprender cómo la agricultura y la historia han moldeado la identidad local.
Para quienes buscan planes más tranquilos, el destino también ofrece turismo rural, observación de aves, cabalgatas y experiencias de conexión con la naturaleza. Es un lugar ideal para bajar el ritmo, disfrutar del paisaje y conectar con las tradiciones.
Los termales en Sáchica
En medio del clima cálido que caracteriza a Sáchica, los visitantes también pueden disfrutar de espacios de descanso como los termales de la zona, una opción ideal para quienes buscan combinar turismo rural con bienestar. Estas aguas, reconocidas por sus propiedades minerales, se convierten en un plan perfecto después de recorrer el municipio o participar en actividades al aire libre. Sumergirse en ellas no solo ofrece un momento de relajación profunda, sino que también permite conectar con el paisaje boyacense, rodeado de montañas y tranquilidad, en una experiencia que equilibra cuerpo y mente.
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Cómo llegar a Sáchica
Llegar a este destino es sencillo. Desde Bogotá, los viajeros pueden tomar un bus con destino a Villa de Leyva y, desde allí, realizar un corto trayecto de aproximadamente 10 minutos hasta Sáchica.
Quienes prefieran viajar en vehículo particular pueden salir por la Autopista Norte en dirección a Tunja y el recorrido tiene una duración cercana a las tres horas, dependiendo del tráfico.
Sáchica no es únicamente un lugar para recorrer, sino para experimentar. Su relación con la cerveza, lejos de ser una simple curiosidad, revela una forma de vida donde las tradiciones, el trabajo y el descanso se entrelazan. En cada conversación, en cada tienda y en cada brindis, este pueblo boyacense demuestra que la identidad también puede construirse desde lo cotidiano.
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