Colombia tiene las cuentas públicas en rojo y no hay atajo. Esa es, en términos simples, la conclusión del análisis de crédito soberano que Fitch Ratings publicó para América Latina, y en el que el país figura entre los casos de mayor preocupación de la región.
El diagnóstico no depende del color político del próximo gobierno: quien tome posesión en agosto deberá ordenar las finanzas del Estado en un proceso que, según la calificadora, ocupará prácticamente los cuatro años completos del mandato.
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Para entender la magnitud del problema, hay que partir de una cifra: el ajuste fiscal necesario equivale al 3% del Producto Interno Bruto (PIB).
En términos cotidianos, eso significa que el próximo gobierno tendrá que gastar menos o recaudar más —o ambas cosas a la vez— en una proporción equivalente a tres pesos de cada cien que produce toda la economía del país en un año.
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Richard Francis, director sénior de Soberanos de Fitch Ratings, lo dijo sin rodeos durante un webinar de la calificadora: “Independientemente de quién gane, creemos que va a ser muy difícil tener un ajuste significativo en la política fiscal. Va a ser un proceso de varios años”.
El problema no llegó de un día para otro. Colombia pasó de tener un balance fiscal cercano a la mediana de países con calificación BB —la categoría de riesgo moderado en la que se ubica el país— a registrar déficits muy por encima de ese grupo de referencia.
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La deuda pública como porcentaje del PIB, que también estaba cerca de esa mediana hace algunos años, lleva ya un camino de divergencia que Fitch espera que continúe. “El déficit aumentará este año, la carga de intereses aumentará este año y la relación deuda/PIB aumentará este año”, precisó Francis.
La carga de intereses —lo que el Estado paga cada año solo por el dinero que debe— ya era históricamente más alta que la de países comparables, y la tendencia apunta a que esa brecha se amplíe.
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Junto con Brasil, Colombia aparece en el informe de Fitch como uno de los países de la región con los balances fiscales más deteriorados para 2026.
A ese panorama se suma un motor de crecimiento apagado. La inversión como porcentaje del PIB cayó durante la pandemia y, aunque tuvo una leve recuperación, se mantiene por debajo del promedio histórico del país y por debajo de la mediana de la categoría BB.
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El resultado es que el potencial de crecimiento de largo plazo se ha erosionado. “Colombia históricamente ha crecido por encima del promedio de América Latina. Ahora pensamos que está por debajo del 3% con seguridad y hay riesgos a la baja”, advirtió Francis. La calificadora, que antes estimaba ese potencial entre el 3% y el 3,5%, lo considera hoy un retroceso de carácter estructural.
La inflación añade otra capa de dificultad. El aumento del salario mínimo en un 23% durante el gobierno de Gustavo Petro presionó los precios al alza y llevó al Banco de la República a subir su tasa de interés en 200 puntos básicos entre enero y marzo de 2026 —100 puntos en cada reunión—.
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Esas alzas encarecen el crédito para empresas y hogares, lo que a su vez frena las perspectivas de crecimiento.
Fitch también encendió una alerta institucional. La calificadora señaló que la salida del ministro de Hacienda de la última reunión de la junta del Banco de la República genera dudas sobre la autonomía de esa entidad.
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“Claramente eso señala que posiblemente podría haber un deterioro en el marco de la política macroeconómica en general”, afirmó Francis.
Desde 2018, Colombia acumula tres rebajas de calificación soberana consecutivas, más que cualquier otro país de tamaño comparable en la región, y hoy se ubica en BB/Estable, dos escalones por debajo del grado de inversión.
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Fitch no anunció cambios inminentes, pero sí ofreció un margen de esperanza mínimo: espera que el nuevo gobierno adopte algún tipo de medida de ajuste relativamente pronto tras su posesión, lo que podría traducirse en un déficit “ligeramente inferior” a partir de 2027. Eso no modifica la trayectoria de fondo.
Los tres candidatos con mayor visibilidad —Iván Cepeda, Abelardo De la Espriella y Paloma Valencia— enfrentarán la misma aritmética fiscal sin importar quién llegue a la Casa de Nariño.
Francis estimó que Cepeda encabeza las encuestas de intención de voto, pero que una eventual segunda vuelta luce muy reñida. La calificadora no apostó por ninguno: para Fitch, el resultado electoral cambia el cómo, pero no el qué.