El testimonio de integrantes de la comunidad emberá en las montañas de Risaralda expone la persistencia de la mutilación genital femenina en Colombia, una práctica ancestral que sigue cobrando vidas.
De acuerdo con estimaciones de organizaciones no gubernamentales, solo entre 2020 y 2025 se llevaron a cabo más de 200 ablaciones en el país, casi siempre aplicadas a recién nacidas, utilizando navajas o clavos calientes, lo que conlleva altos riesgos de hemorragias e infecciones.
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La médica Sarita Patiño, del Hospital San Rafael, indicó a AFP que las consecuencias pueden ser letales: “El problema es que uno ve, incluso los pacientes entran en sepsis y pueden incluso llegar a morir por el tipo de prácticas, pues lo que les produce”.
Además, Patiño explicó que la mutilación severa afecta de por vida, especialmente durante el parto, ya que “cuando lo que les digo que les quitan los labios y que solo queda la entrada del uréter y de la vagina, obviamente eso puede tener muchos problemas de complicaciones en el parto, específicamente porque los bebés no pueden salir”.
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Colombia es el único país de América Latina donde persiste la práctica de la ablación. Naciones Unidas calcula que unas 230 millones de mujeres han sufrido algún tipo de mutilación genital a nivel mundial, especialmente en los 33 países africanos donde la costumbre tiene mayor arraigo. La teoría más aceptada plantea que la mutilación llegó a los pueblos indígenas colombianos por influencia africana.
Según explicó Alejandrina Guazorna en la comunidad “a todos nosotros que somos mujeres nos hicieron eso. Antiguamente, las abuelitas hacían eso a nosotros, sí”.
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Los relatos exponen cómo el silencio rodea las muertes de niñas tras la intervención. Guazorna recuerda: “Cada momento traían niñas muertas”. El tabú y la negación han dificultado durante generaciones que las sobrevivientes comprendan el origen de sus heridas y malestares. En palabras de Etelvina Queragama, el dolor físico aparece desde la adolescencia y marca la sexualidad de por vida: “Nunca sentí nada más que dolores desde mi primera relación sexual”.
En los territorios donde sobrevive la mutilación genital, la justificación habitual sostiene que, si no se realiza, las niñas “se crecían como hombre”, según Guazorna. Por ese motivo, “mutilaban” los órganos genitales femeninos, bajo la superstición de que, así, evitarían que desarrollaran conductas vistas como masculinas o “chicas fáciles”.
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Un proyecto de ley que busca prevención y educación, no castigo
Por primera vez, un grupo de mujeres emberá y legisladoras presentó un proyecto de ley al Congreso de Colombia que propone erradicar la mutilación genital femenina, pero sin cárcel para las parteras. Consideran que las ejecutoras de la práctica son también víctimas de la desinformación.
Según Francisca Giraldo, portavoz emberá, “siempre nos victimizan, nos critican, que somos peores porque asesinamos nuestras propias hijas, pero no ven que fue algo impuesto, que fue algo que nos impusieron, que no es algo de nosotras”.
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La iniciativa legal prevé acciones para prevenir la mutilación, formación para el personal de salud y educación dirigida a las comunidades indígenas, especialmente en zonas remotas. El objetivo es que esta práctica desaparezca hasta el punto de no ser reconocida ni bajo el eufemismo de “curación”.
Francisca Giraldo, indígena emberá y madre de una niña de doce años, resumió el cambio de conciencia en las nuevas generaciones: “Yo le digo: ‘Mija, gracias a Dios a usted no le tocó pasar por ahí, pero de pronto hay muchas compañeritas que usted tenga que sí y que ellas no lo pidieron’”.
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Los datos de Naciones Unidas confirman la gravedad del fenómeno: 230 millones de mujeres han sufrido mutilación genital. En Colombia, el lento reconocimiento y la acción legislativa buscan romper décadas de silencio y evitar nuevas muertes entre las niñas indígenas.