En esta oportunidad, las consultas interpartidistas que se realizan hoy domingo, 8 de marzo, han generado más conversación y controversia que en elecciones anteriores. La razón es clara; esta vez es más evidente su potencial para alterar la contienda presidencial.
En 2018, Iván Duque no lideraba las encuestas. Aunque era el ungido de Álvaro Uribe, necesitaba un impulso para alcanzar reconocimiento nacional y lo consiguió con la consulta en la que derrotó a Marta Lucía Ramírez y a Alejandro Ordóñez. Ese mismo día, Gustavo Petro ganó la de su sector. Ambos llegaron a la segunda vuelta; mientras que Sergio Fajardo y Germán Vargas Lleras quedaron relegados.
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Ese episodio afianzó la idea de que las consultas podían definir la carrera presidencial, hasta el punto de que en 2022 se realizaron tres, con la participación de un grupo más numeroso de precandidatos; sin embargo, solo el ganador de una de ellas, Gustavo Petro, llegó a la segunda vuelta. Así quedó claro que las consultas no siempre deciden la elección. ¿Qué tienen de distinto las de 2026?
En el Pacto Histórico, la ausencia de Iván Cepeda en el tarjetón de este domingo —por decisión del CNE— ha generado inquietud ante la posibilidad de que surja un rival que divida el voto de la izquierda y ponga en riesgo el paso de este bloque político a la segunda vuelta. Sin embargo, las encuestas muestran que ni Roy Barreras ni Daniel Quintero superarían la votación que Cepeda obtuvo en la consulta interna de octubre de 2025. No debe subestimarse la maquinaria de Barreras, pero tampoco sobredimensionarla. Además, Cepeda podría salir fortalecido si el pacto se consolida como primera fuerza legislativa. No tendría competencia clara por el voto petrista.
Previendo escenarios adversos, el Pacto y el propio presidente Petro han llamado a no votar en esa consulta (ni en ninguna). Lo mismo hacen, por la derecha, los seguidores de Abelardo de la Espriella frente a “La Gran Consulta”, que lidera Paloma Valencia, mientras que los partidos Liberal, Conservador y Cambio Radical piden a sus militantes que se abstengan.
Ese “boicot” no expresa desdén, sino un reconocimiento tácito del potencial de las consultas
Los seguidores de Abelardo y los de Cepeda quieren evitar la fragmentación del voto, mientras que los grandes partidos están esperando la posibilidad de anunciar nuevas candidaturas si las consultas son lánguidas; por ejemplo, si la competencia de Paloma con Vicky Dávila, Juan Manuel Galán y otros seis precandidatos suma menos de 3 millones de votos.
El llamado “abelardista” a la abstención genera dudas. De la Espriella es un candidato de nicho, que necesitaría ampliar su base para competir con Cepeda; por eso, la adhesión en segunda vuelta de alguien capaz de atraer al centro y a la centro derecha podría resultar decisiva. En su campaña preferían una adhesión temprana del Centro Democrático y otros grupos y figuras, pero eso no ocurrió, y ahora tampoco les conviene que potenciales aliados salgan debilitados.
La discusión sobre las estrategias está abierta, y el impacto de los llamados a no votar es incierto, aunque las encuestas sugieren que pesa más el sabotaje petrista a la consulta de Roy que el de los seguidores del Tigre contra “La Gran Consulta”.
Por el lado de “La Consulta de las Soluciones”, Claudia López tiene asegurada la victoria, pero necesita alcanzar el millón de votos para que su apuesta no sea vista como un fracaso, y logre quedarse con el voto de centro al desplazar a Fajardo. No es fácil obtener ese resultado: lo más probable es que el centro se desvanezca en un escenario cada vez más polarizado.
En suma, más que definir a los finalistas, las consultas de 2026 podrían reordenar la competencia. No definen la elección, pero sí pueden alterar el rumbo de la campaña.