Un estudio de la Universidad Nacional de Colombia (Unal) expone una crisis de salud pública crónica y evitable: los gases invisibles del tráfico y la industria en Bogotá están matando a miles de personas.
La investigación, que analizó una década de datos, calcula que solo la exposición al tóxico dióxido de nitrógeno es responsable de más de 1.100 fallecimientos anuales por causas naturales en adultos, superando con creces el impacto de muchas enfermedades visibles.
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La advertencia es clara: respirar el aire de la capital, incluso cuando cumple la obsoleta normativa colombiana, representa un riesgo letal que ya ha cobrado miles de vidas.
La investigación, realizada por Mónica Tatiana Herrera Escalante, magíster en Ingeniería Ambiental de la Unal, integró por primera vez miles de registros de la Red de Monitoreo de Calidad del Aire con modelos científicos de dispersión de contaminantes y el software de evaluación de impacto en salud de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
El foco no estuvo en el material particulado, usualmente vigilado, sino en dos gases peligrosos y omnipresentes: el dióxido de nitrógeno (que emanan principalmente los vehículos) y el ozono a nivel del suelo. Los hallazgos pintan un panorama alarmante.
Un enemigo invisible con un costo medible en vidas
Los números son contundentes. Entre 2013 y 2023, Bogotá respiró aire con niveles peligrosos de dióxido de nitrógeno durante 2.938 días, con episodios de hasta 87 días seguidos por encima del límite seguro de la OMS.
El estudio logró traducir esta exposición crónica en vidas perdidas: aproximadamente el 4.3% de todas las muertes naturales en adultos mayores de 30 años son atribuibles a este gas. Es decir, de cada 100 fallecimientos por causas naturales, más de 4 están vinculados directamente a la contaminación por dióxido de nitrógeno.
El impacto es aún más devastador en enfermedades respiratorias específicas. El análisis revela que hasta el 12% de las muertes por infecciones respiratorias agudas y el 6.3% de las por Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) pueden atribuirse a este contaminante.
El cruce de datos identificó a Kennedy como la localidad más afectada, con un estimado de 3.187 muertes atribuibles en el periodo de estudio, seguida por Engativá, Suba, Bosa y Ciudad Bolívar.
La prueba irrefutable y la vulnerabilidad de las mujeres
La relación causal entre contaminación y muerte quedó demostrada de manera dramática durante la pandemia. El confinamiento redujo el tráfico y las concentraciones de dióxido de nitrógeno cayeron hasta un 58%.
Simultáneamente, el modelo epidemiológico mostró cambios inmediatos en los patrones de mortalidad atribuible, confirmando que al bajar la exposición, se salvan vidas. Otro hallazgo crucial del estudio es la vulnerabilidad diferenciada por género: las mujeres se ven más afectadas que los hombres por ambos contaminantes, especialmente en la mortalidad general vinculada al dióxido de nitrógeno.
Aunque el ozono mostró un impacto menor en comparación, el estudio detectó que en años con picos agudos de este gas, como 2016 y 2020, hubo aumentos notables en muertes atribuibles a enfermedades cardiovasculares.
Prohibir el diésel salvaría 1.500 vidas al año: el mapa de soluciones
La investigación no solo diagnosticó el problema, sino que simuló soluciones. Utilizando modelos científicos, proyectó el efecto de distintas políticas públicas y las tradujo en vidas salvadas. El escenario más impactante probó la prohibición total del diésel en la ciudad, combustible responsable del 63% de las emisiones de dióxido de nitrógeno.
Los resultados son contundentes: esta medida reduciría las muertes atribuibles en un 65%, salvando aproximadamente 1.500 vidas al año. Los días con aire peligroso pasarían de 326 a solo 1 anual.
En contraste, una medida tímida como reducir solo el 10% de las emisiones diésel evitaría menos de la mitad de las muertes. La simulación más ambiciosa, una transición completa a una flota de transporte eléctrica y a gas natural, fue la única que llevó a Bogotá a cumplir plenamente con todos los estándares internacionales. En este escenario, las concentraciones del gas caerían un 77% y las muertes atribuibles prácticamente desaparecerían.