Cada inicio de año, Colombia y varias regiones de América Latina recuperan una antigua práctica que tenía como objetivo predecir el rumbo del clima: las cabañuelas.
A pesar de que la meteorología moderna no reconoce validez a este método, en el cual las familias y comunidades rurales e indígenas observan los primeros 12 días de enero, considerando que esa tendencia les permite anticipar las condiciones meteorológicas de todo el año.
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Durante el ciclo anual de las cabañuelas —práctica ampliamente extendida en Latinoamérica—, el análisis no solo cubre el periodo del 1 al 12 de enero, donde cada día representa, respectivamente, el clima previsto para los meses de enero a diciembre.
Bajo esta premisa, el comportamiento del cielo, la temperatura y el viento durante el 1 de enero define el clima del primer mes del año, el 2 de enero corresponde a febrero, el 3 de enero a marzo y así sucesivamente hasta llegar al 12 de enero, que representaría diciembre.
Sin embargo, esta práctica tiene variables de acuerdo con el país. De hecho, una variante de la cabañuela es recurrente en buena parte del territorio colombiano: consiste en extender la observación a las fechas entre el 13 y el 24 de enero, invirtiendo la secuencia: el 13 anticipa diciembre y el 24 nuevamente enero, con el propósito de ajustar o validar las predicciones iniciales.
Incluso, hay quienes extienden las observaciones hasta el 30 de enero por franjas horarias para perfeccionar las estimaciones, y asignan al 31 de enero una interpretación integradora de todo el año.
Las familias que mantienen viva esta práctica —frecuentemente encabezadas por abuelos o personas mayores— detallan factores como la nubosidad, la presencia de lluvias, la dirección del viento o inclusive la actividad animal. Un día de temperaturas bajas o humedad persistente se convierte, para los cabañuelistas, en indicio de un mes lluvioso o frío; mientras que uno despejado refuerza expectativas de sequía o calor.
El origen de las cabañuelas tal y como se les entiende en la actualidad tiene dos fuentes que para los historiadores parecen claras: las observaciones realizadas en las comunidades mesoamericanas (como la maya y azteca), y las que se realizaban en civilizaciones mesopotámicas (derivando en la fiesta judía de los Tabernáculos).
En ambos casos, dicha práctica tenía por objeto la planificación de siembras y cosechas en sociedades principalmente agrícolas. Con la llegada de los europeos al continente americano entre los siglos XIV y XV, la tradición de las cabañuelas cobró la forma que se conoce en la actualidad en América Latina, al fusionar ambas tradiciones ancestrales.
La postura de la comunidad científica frente a las cabañuelas
Durante siglos, la tradición convive con los pronósticos formales de las entidades meteorológicas. Durante los primeros días del año, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) advirtió precipitaciones dentro o por encima de los niveles normales para sectores como la región Andina, Caribe y Pacífica al inicio de 2026, mientras que zonas como la Orinoquía y la Amazonía registrarían valores próximos a su media histórica.
Según el Ideam, resulta fundamental seguir los canales oficiales para contar con información precisa y actualizada, dado que las proyecciones respaldadas científicamente toman en cuenta variables complejas y múltiples factores globales que no se toman en cuenta al recurrir a las cabañuelas.
Aunque la predicción científica del clima rechaza la validez de esos métodos, las cabañuelas mantienen su peso cultural en América Latina y, de modo especial, en Colombia y México. Para los practicantes, la actividad ofrece no solo un intento de anticiparse al clima, sino también un vínculo con el pasado y un ejercicio colectivo de memoria.