Es difícil no ponerse filosófico cuando, al alzar la vista, lo que se tiene delante es una inmensidad: imposible no descubrirse pequeño. Es lo que se lee, por ejemplo, en los diarios de los navegantes o en los escritores argentinos del siglo XIX, maravillados por la inmensidad de la pampa.

Algo de eso habrá sentido el intendente de Pinamar, Martín Yeza, cuando en la noche del martes, tras echar los fideos en la cacerola, se encontró con la transmisión en vivo de la empresa SpaceX. La compañía propiedad del excéntrico magnate nacido en Sudáfrica Elon Musk lanzó ayer el cohete más potente del mundo, que transporta un automóvil Tesla hasta -en caso de que la misión sea exitosa- la superficie de Marte.

"Momento ideal para preguntarnos si somos de izquiera o de derecha", reflexionó, tal vez con algo de ironía y ecos de Fukuyama.

En efecto, la incorporación de actores privados a la carrera espacial -impulsada por la administración de Barack Obama, en 2015, cuando firmó la Space Act que habilitaba la propiedad privada de objetos en el espacio- planteó un dilema que pronto podría dejar de ser sólo filosófico para convertirse en disputas algo más concretas: ¿de quiénes son los tesoros cósmicos que los privados encuentren?; ¿de la humanidad, de los países o de las empresas? Preguntas nada ociosas cuando algunas empresas ya proyectan capturar y comercializar agua de asteroides en los próximos 10 a 15 años.

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